Tres horas para dormir, 21 para gobernar: el caso Sanae Takaichi y la obsesión laboral de Japón
La primera ministra japonesa Sanae Takaichi, dice que desde que llegó al cargo duerme entre cero y tres horas por noche. La declaración, que pretendía describir la intensidad de su agenda, terminó poniendo sobre la mesa qué valor tiene para una economía avanzada convertir la falta de sueño en evidencia de productividad.
La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, necesitó una frase sobre su descanso para abrir una conversación mucho más amplia sobre el trabajo.
En julio, durante el Día del Mar, una festividad nacional japonesa, Takaichi contó en X que había conseguido dormir cinco horas seguidas por primera vez en mucho tiempo. Desde que asumió como primera ministra en octubre de 2025, explicó, dormir entre cero y tres horas se había convertido en algo habitual.
La publicación no describía únicamente una agenda política exigente. Takaichi también habló de las tareas domésticas que intenta resolver cuando regresa a la residencia oficial: bañarse, cenar, lavar los platos, poner la lavadora, limpiar y, especialmente, planchar. La imagen terminó siendo casi más poderosa que la declaración política, al revelar a la primera mujer que ocupa la jefatura del Gobierno japonés describiendo una vida comprimida entre documentos oficiales y ropa pendiente de planchar.
La reacción fue inmediata.
El comentario alcanzó decenas de millones de visualizaciones y convirtió una experiencia aparentemente personal en una discusión sobre qué significa trabajar demasiado y, sobre todo, si la privación de sueño puede convertirse en una insignia de eficiencia.
El jefe del gabinete japonés, Minoru Kihara, defendió a Takaichi señalando que se trataba de una publicación personal y que la primera ministra continuaría haciendo todo lo posible por cumplir con sus responsabilidades.
Tres horas de sueño no son simplemente una jornada larga
Hay una diferencia importante entre trabajar muchas horas y dormir sistemáticamente tres horas. La primera es una cuestión laboral. La segunda empieza a convertirse en una cuestión fisiológica.
La recomendación de consenso de la American Academy of Sleep Medicine y la Sleep Research Society establece que los adultos deberían dormir siete o más horas por noche de manera regular para proteger su salud y su funcionamiento durante el día. Dormir menos de siete horas de manera habitual se ha asociado con un mayor riesgo de problemas metabólicos, cardiovasculares, depresión, errores y accidentes.

Tres horas representan menos de la mitad de ese mínimo recomendado.
Eso importa especialmente en un trabajo como el de una primera ministra. Gobernar no consiste únicamente en permanecer despierto. Exige interpretar información incompleta, distinguir prioridades, anticipar consecuencias, negociar, recordar antecedentes, evaluar riesgos y tomar decisiones bajo presión.
La privación crónica de sueño afecta precisamente algunas de esas funciones.
El problema, por tanto, no se trata de decidir si Sanae Takaichi es más disciplinada que otros políticos. Tampoco de asumir que una persona que duerme poco necesariamente trabaja mal. La ciencia reconoce diferencias individuales en las necesidades de sueño.
Una persona puede acostumbrarse a dormir poco y dejar de percibir con claridad cuánto ha disminuido su rendimiento. Esa es una de las características particularmente incómodas de la deuda de sueño, que el organismo puede adaptarse a la sensación de cansancio antes de recuperar las capacidades que necesita para funcionar bien.
Para una persona cualquiera ya es un problema. Para quien debe responder ante una crisis nacional, resulta una pregunta legítima de gestión pública.
El caso Takaichi llega en un momento incómodo para Japón
La controversia adquiere mayor relevancia porque Japón lleva años intentando modificar precisamente la cultura laboral que hace posible jornadas excesivas.
El país incluso tiene una palabra para uno de sus extremos: karoshi, la muerte relacionada con cargas laborales excesivas. El concepto forma parte de la legislación y de una política pública específica de prevención; el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar publica anualmente un informe sobre las muertes y enfermedades asociadas a sobrecargas laborales y psicológicas.
Japón ha desarrollado reformas para reducir las jornadas excesivas, limitar las horas extraordinarias y promover formas de trabajo más compatibles con la vida fuera de la oficina. El problema es que las leyes pueden cambiar más rápido que las normas sociales.
Durante décadas, la permanencia prolongada en el lugar de trabajo estuvo vinculada con compromiso, responsabilidad y pertenencia corporativa. El trabajador que se quedaba hasta tarde podía ser percibido como alguien que cumplía con su deber, mientras que marcharse antes que el jefe podía tener un costo cultural aunque la jornada formal hubiera terminado.
La paradoja es que Japón está intentando modernizar su economía mientras todavía negocia con una idea antigua de productividad, en la que estar disponible durante más tiempo equivale a aportar más. El caso Sanae Takaichi vuelve visible esa contradicción desde el lugar menos habitual posible: la oficina de la primera ministra.
La paradoja laboral de las mujeres japonesas
La transformación laboral femenina japonesa es significativa.
La tasa de empleo femenino ha aumentado de manera sostenida durante las últimas dos décadas. En el primer trimestre de 2026 llegó a 75,7% entre las mujeres de 15 a 64 años, según la OCDE, mientras Japón enfrenta simultáneamente una escasez estructural de trabajadores provocada por el envejecimiento y la disminución de su población.
Es una de las grandes transformaciones económicas del Japón contemporáneo: más mujeres están trabajando precisamente cuando el país necesita ampliar su fuerza laboral. Pero incorporación no significa igualdad.
La brecha salarial de género llegó a 22% en 2023, casi el doble del promedio de la OCDE, que se situaba alrededor del 11%. Japón ocupaba el puesto 35 entre 36 países de la organización.
Esto ayuda a explicar por qué el debate sobre Takaichi no puede reducirse a una discusión sobre una mujer que trabaja demasiado.
Existe una tensión estructural mucho más profunda, donde las mujeres japonesas han aumentado su participación en el mercado laboral, pero las reglas informales de la carrera profesional todavía premian comportamientos que históricamente han sido más fáciles de sostener para trabajadores sin una carga doméstica equivalente.
El tiempo también tiene género
La economía suele contabilizar horas trabajadas, salarios, productividad y empleo. Cuenta con mucha menos precisión las horas que ocurren después.
Cocinar no aparece como empleo. Lavar ropa tampoco. Coordinar citas médicas de los padres, organizar las actividades de los hijos, hacer compras, limpiar o recordar qué falta en la casa tampoco.

Sin embargo, todas esas tareas consumen el mismo recurso escaso: tiempo.
El Gobierno japonés reconoce esta desigualdad. Los datos de la Oficina de Igualdad de Género muestran que, incluso en hogares donde ambos miembros de la pareja trabajan, las mujeres continúan asumiendo una proporción considerablemente mayor de las tareas domésticas y de cuidado. Entre parejas con hijos menores de seis años, las mujeres aportaban 77,4% del tiempo dedicado a tareas domésticas y relacionadas con el hogar incluso cuando ambos cónyuges tenían empleo.
La paradoja de Sanae Takaichi
Hay algo especialmente simbólico en que esta discusión la protagonice una mujer. Takaichi no llegó a la primera magistratura japonesa a través de una trayectoria breve. Su carrera política se extendió durante décadas antes de convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra.
Precisamente por eso su rutina puede interpretarse de dos maneras. Para algunos, representa la demostración de que una mujer puede desenvolverse en el mismo universo de exigencias que los hombres que dominaron históricamente la política japonesa.
Para otros, plantea una pregunta menos cómoda: si para llegar hasta allí una mujer tiene que demostrar que puede trabajar hasta dejar de dormir, ¿qué tipo de sistema estamos reproduciendo?
La respuesta no está en Takaichi como individuo. Está en la estructura que hace que una agenda así pueda parecer admirable antes de parecer insostenible.
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