Yolanda Díaz quiere dirigir la OIT y plantea una reforma
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Yolanda Díaz quiere dirigir la OIT y plantea una reforma para una institución en crisis

El despacho principal de Ginebra entra a en su fase final para elegir quién estará a cargo de la Organización Internacional del Trabajo. Y esta desición marcará el rumbo de las políticas para afrontar la IA, la informalidad, la fragmentación productiva y una nueva disputa por el financiamiento multilateral.

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Como una abanderada del cambio, Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social de España, presentó este 23 de septiembre su candidatura a la Dirección General de la OIT con una propuesta que combina una crítica a la gestión financiera actual con una reivindicación del diálogo social como herramienta para gobernar las transformaciones del mercado laboral.

Durante la sesión pública de candidatos, Díaz llegó con una propuesta algo controversial. La OIT atraviesa una situación financiera e institucional bastante delicada, por lo que planteó frente a todos la diversificación de los ingresos de la organización, ampliar su interlocución con los bancos regionales de desarrollo y devolverle un papel más central dentro de la arquitectura económica internacional.

La elección no será inmediata. El Consejo de Administración de la OIT celebrará las audiencias privadas de los candidatos el 9 de noviembre y votará en secreto el 16 de noviembre. La persona elegida asumirá el cargo el 1 de octubre de 2027. Los otros dos aspirantes son el actual director general, el togolés Gilbert Houngbo, y el exministro peruano de Relaciones Exteriores Javier González-Olaechea.

Quién es Yolanda Díaz y por qué su candidatura llega desde España

Esta candidata nació en Fene, A Coruña, en 1971. Su elección académica le llevó a convertirse en abogada, comenzando su trayectoria profesional en el ámbito laboral antes de entrar en la política institucional.  Su trayectoria resulta interesante, ya que fue concejala y primera teniente de alcalde de Ferrol, diputada en el Parlamento de Galicia y posteriormente diputada en el Congreso español.

Desde enero de 2020 ocupa la cartera de Trabajo y Economía Social; y desde marzo de 2021 forma parte de la vicepresidencia del Gobierno y actualmente es vicepresidenta segunda.

Esto deja en evidencia que su principal argumento para aspirar a dirigir la OIT no procede únicamente de su posición política, también contiene la experiencia acumulada durante uno de los periodos más complejos para el mercado laboral europeo reciente.

Su músculo laboral se fortaleció durante la pandemia, cuando el Gobierno español implementó los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, conocidos como ERTE; un mecanismo que permitió mantener vinculados a millones de trabajadores con sus empresas durante el shock económico. Una fase que según la Comisión Europea, llevó el programa a proteger a 3,6 millones de trabajadores y más de medio millón de empresas.

Después llegó la reforma laboral de 2022, negociada con las organizaciones sindicales y empresariales. La transformación redujo de manera sustancial el peso de los contratos temporales y convirtió el diálogo tripartito en una de las principales credenciales que Díaz está utilizando en su candidatura internacional. La OCDE y organismos europeos han documentado la evolución favorable del mercado laboral español durante este periodo, aunque los resultados también deben leerse dentro de un contexto económico más amplio y no atribuirse exclusivamente a una sola política.

Ese historial explica buena parte de su argumento ante la OIT: llevar a escala internacional una experiencia política construida alrededor de la negociación entre Estado, empresas y trabajadores.

La OIT que Díaz encuentra en Ginebra

La organización que aspira a dirigir tiene una particularidad que la diferencia del resto del sistema multilateral: es tripartita.

Gobiernos, empleadores y trabajadores participan formalmente en su estructura de decisión. Esa arquitectura fue concebida como una manera de incorporar al mundo del trabajo dentro de la elaboración de las normas internacionales y constituye una de las características fundacionales de la institución creada en 1919.

Pero el contexto económico en el que nació la OIT resulta radicalmente distinto al actual.

La organización enfrenta una presión financiera relacionada, entre otros factores, con el incumplimiento de contribuciones por parte de Estados miembros. Durante su intervención, Díaz señaló particularmente el impacto de Estados Unidos y sostuvo que la dependencia de una única fuente de financiación no explica por sí sola la vulnerabilidad institucional de la OIT.

Según datos citados por EL PAÍS durante la jornada, la deuda estadounidense con la organización ronda los 257 millones de francos suizos, aproximadamente 280 millones de euros, equivalente a cerca del 70% de las cantidades adeudadas por los distintos países.

La dimensión del problema es importante porque las finanzas determinan la capacidad de una institución multilateral para producir investigaciones, asistencia técnica, estándares internacionales y programas de cooperación.

La OIT ya ha tenido que atravesar crisis financieras severas. Su propia historia recuerda que, tras la retirada estadounidense de la organización entre 1977 y 1980, el presupuesto sufrió una pérdida de alrededor de una cuarta parte.

En la actualidad, la competencia por recursos multilaterales es mayor y las instituciones internacionales deben demostrar que pueden convertir sus presupuestos en influencia concreta.

Diversificar el dinero para preservar la autonomía

Una de las propuestas centrales de Díaz consiste precisamente en ampliar las fuentes de financiación de la OIT.

La candidata ha planteado buscar una mayor participación de los bancos regionales de inversión en el financiamiento de la organización. Durante su intervención mencionó como referencia a organismos multilaterales que ya mantienen relaciones financieras con bancos de desarrollo.

La idea tiene una implicación institucional más profunda: si la OIT pretende intervenir en las grandes discusiones sobre crecimiento, productividad, transición tecnológica o inversión, necesita recursos suficientes para hacerlo sin quedar limitada por la volatilidad de las contribuciones de sus miembros.

Díaz también cuestionó la respuesta de la organización a la crisis financiera y criticó el plan de reducción de empleos que se ha planteado internamente.

Aquí aparece uno de los puntos más sensibles de su candidatura. Su propuesta no se limita a conseguir más dinero; plantea revisar cómo se gobierna una institución que precisamente tiene como misión promover mejores condiciones de trabajo.

La pregunta, por tanto, es incómoda pero inevitable: ¿cómo puede una organización dedicada a defender el empleo gestionar una crisis presupuestaria mediante ajustes internos sin que el proceso contradiga los principios que intenta promover hacia afuera?

De los algoritmos a la nueva economía del trabajo

La segunda gran dimensión de la candidatura de Díaz se encuentra en un terreno mucho más contemporáneo: la inteligencia artificial.

Su propuesta es que la OIT tenga un papel más activo en la gobernanza de los algoritmos y en la discusión sobre cómo se distribuyen las ganancias de productividad derivadas de la automatización.

No se trata únicamente de decidir qué trabajos desaparecerán. La cuestión económica más importante es quién captura el valor creado por las nuevas tecnologías.

La propia OIT advierte que el mercado laboral mundial mantiene una estabilidad frágil. Para 2026 proyecta una tasa de desempleo global de 4,9%, pero estima que la brecha mundial de empleo (personas que desean trabajar y no pueden acceder a un empleo remunerado) llegará a 408 millones. El organismo también señala que la mejora de la calidad del empleo se ha estancado y que persisten profundas desigualdades.

En ese contexto, la IA introduce una variable adicional: puede elevar la productividad sin garantizar que los beneficios de esa productividad lleguen automáticamente a los trabajadores.

Díaz propone que la OIT participe en esa discusión desde una perspectiva de supervisión humana y distribución de los beneficios tecnológicos. Su planteamiento conecta con una pregunta que empieza a ocupar el centro de la economía internacional: si la tecnología permite producir más con menos trabajo, ¿cómo se distribuye el excedente generado?

La respuesta determinará no solo las relaciones laborales, sino también cuestiones fiscales, de competitividad y de desigualdad.

Una agenda que también mira a la informalidad y la formación

La candidatura española incluye además una agenda tradicional de la OIT que adquiere nuevas dimensiones en una economía más fragmentada.

Díaz ha planteado reforzar la protección social, combatir la informalidad, ampliar la formación de jóvenes y promover el aprendizaje durante toda la vida. También ha defendido una mayor cooperación técnica entre países.

El énfasis en la formación resulta especialmente relevante ante la aceleración tecnológica. Si las habilidades demandadas por las empresas cambian más rápido que los sistemas educativos y de capacitación, la brecha entre trabajadores preparados y trabajadores desplazados puede convertirse en uno de los principales problemas económicos de la próxima década.

La discusión deja de ser entonces únicamente laboral. Es también una discusión sobre productividad, capital humano y competitividad nacional.

¿Qué cambiaría si una mujer llegara por primera vez a la Dirección General?

Hay un dato que convierte la candidatura de Díaz en un acontecimiento institucional incluso antes de conocer el resultado.

La OIT nunca ha tenido una mujer como directora general.

Desde que Albert Thomas asumió el primer cargo en 1920, la organización ha estado dirigida por hombres. Su historia registra once directores generales hasta el actual titular, Gilbert Houngbo, quien asumió en 2022 como el undécimo.

Por eso, si Díaz fuera elegida, no se trataría de una alternancia de género dentro de una sucesión equilibrada. Sería la primera mujer en ocupar la máxima responsabilidad ejecutiva de la organización en más de un siglo de existencia.

El dato resulta particularmente significativo por la naturaleza de la institución. La OIT fue creada para establecer estándares internacionales sobre cuestiones como salarios, jornadas, protección social, seguridad y salud laboral, igualdad y condiciones de empleo. Su propio mandato afecta de manera directa a la participación económica de las mujeres.

La paradoja histórica es evidente: una organización que ha incorporado progresivamente la igualdad de género a su agenda nunca ha colocado a una mujer al frente de su estructura ejecutiva.

Eso no significa que la experiencia femenina constituya, por sí misma, una garantía de mejores resultados institucionales. Pero sí convierte una eventual elección de Díaz en un cambio histórico de representación dentro de una institución cuyo trabajo tiene consecuencias particularmente importantes para las mujeres en el mercado laboral.

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