El autocuidado podría generar 50% más valor económico
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El autocuidado podría generar 50% más valor económico y social hacia 2040: ¿qué significa para las mujeres?

Una nueva investigación estima que el autocuidado ya genera US$ 144,000 millones en ahorros para los sistemas sanitarios y podría ampliar su impacto hasta 50% hacia 2040. Para República Dominicana, la discusión adquiere otra dimensión: una población que envejece, una elevada carga de enfermedades crónicas y millones de horas de trabajo de cuidado no remunerado obligan a pensar la salud preventiva como parte de la infraestructura económica del país.

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Hay una idea del autocuidado que durante años quedó confinada al terreno de los hábitos personales como dormir mejor, alimentarse adecuadamente, hacer ejercicio, vacunarse o atender a tiempo una condición de salud. Pero una nueva estimación económica plantea una lectura mucho más amplia.

El autocuidado ya produce un valor cuantificable para las economías y los sistemas sanitarios. Y, de acuerdo con la segunda edición del estudio Global Social and Economic Value of Self-Care, de la Global Self-Care Federation (GSCF), todavía existe un margen considerable para ampliar ese beneficio.

La investigación calcula que, con políticas adecuadas, el valor económico y social asociado al autocuidado podría aumentar hasta 50% hacia 2040. La precisión importa, aunque no significa que las personas vayan a ganar 50% más dinero por cuidarse ni que el sector del autocuidado vaya a crecer automáticamente en esa proporción. Se trata de un escenario de potencial adicional derivado de mejoras en productividad, calidad de vida, tiempo de pacientes y médicos y contención de costos sanitarios.

El autocuidado también es una cuestión de tiempo femenino

El valor económico del autocuidado adquiere otra dimensión cuando se observa desde la economía de los cuidados. Para las mujeres, cuidar su salud no depende únicamente de conocer los beneficios de la prevención: depende también de disponer del tiempo necesario para hacerlo. Y el tiempo, a diferencia de muchos otros recursos, continúa distribuyéndose de manera desigual.

En República Dominicana, los datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) muestran esa brecha con claridad. Las mujeres dedican 16.4 horas semanales al trabajo de cuidado no remunerado, frente a 9.6 horas de los hombres. Cuando se suman el trabajo remunerado y el no remunerado, ellas acumulan 66.3 horas de trabajo total a la semana, frente a 56.9 horas en los hombres.

La diferencia importa porque el cuidado de terceros puede desplazar el cuidado propio. Una consulta médica que se posterga, una jornada de descanso que desaparece o una condición que se atiende cuando ya presenta complicaciones no son únicamente decisiones individuales: también pueden ser consecuencias de una economía doméstica en la que el tiempo de las mujeres está sometido a mayores demandas.

Aquí la proyección global del autocuidado hacia 2040 adquiere una lectura particularmente relevante para las economías donde las mujeres concentran buena parte de las tareas de cuidado. Si las intervenciones preventivas permiten reducir enfermedad, recuperar tiempo productivo y evitar parte de la presión sobre los sistemas sanitarios, el beneficio potencial no debería medirse únicamente en costos médicos evitados. También puede medirse en horas de vida que las mujeres recuperan para trabajar, generar ingresos, estudiar, descansar o atender su propia salud.

Qué significa realmente que el autocuidado pueda generar 50% más valor

La Organización Mundial de la Salud define el autocuidado como la capacidad de personas, familias y comunidades para promover y mantener su salud, prevenir enfermedades y afrontar problemas de salud, con o sin apoyo de profesionales sanitarios. Incluye hábitos cotidianos, pero también intervenciones basadas en evidencia, como determinados diagnósticos, dispositivos y medicamentos que pueden utilizarse fuera de los servicios sanitarios formales.

Esa definición es importante porque separa el autocuidado de la idea comercial de wellness. En términos de política sanitaria, cuidarse puede significar desde actividad física y alimentación saludable hasta vacunación, higiene, prevención, detección temprana, manejo de algunas condiciones y uso responsable de medicamentos de venta libre.

El estudio de la GSCF estima que esas acciones ya generan US$ 144,000 millones anuales en ahorros para los sistemas sanitarios a escala mundial. También asocia el autocuidado con 43,600 millones de días productivos adicionales, 2,200 millones de horas de tiempo médico liberadas y 13,000 millones de horas que las personas dejan de perder en desplazamientos y esperas. Sin autocuidado, según el modelo, haría falta el equivalente a más de 800,000 médicos adicionales para absorber esa demanda.

El valor también puede medirse en términos de bienestar. La investigación calcula 24 millones de años de vida ajustados por calidad (QALY) ganados anualmente gracias al autocuidado. Hacia 2040, el escenario de mayor adopción contempla hasta 46 millones de QALY, 82,100 millones de días productivos y 3,400 millones de horas de tiempo médico ahorradas. El modelo sitúa además el potencial de contención de costos en US$217,800 millones y el valor económico asociado al bienestar en casi US$3 billones.

Hay una distinción que conviene preservar: estas son estimaciones modeladas, no dinero que vaya a ingresar directamente a las arcas públicas. Su importancia está en mostrar cuánto valor económico puede quedar atrapado en algo aparentemente cotidiano: evitar una enfermedad, detectarla antes, reducir una consulta innecesaria o recuperar antes la capacidad de trabajar.

La economía detrás de una consulta que nunca ocurre

La forma más intuitiva de entender el fenómeno está en el tiempo.

Cuando una persona puede resolver responsablemente una condición menor mediante una intervención de autocuidado respaldada por evidencia, el ahorro no termina en el precio de una consulta. También puede desaparecer el tiempo de traslado, la espera, la ausencia laboral y parte de la carga administrativa del sistema.

En sentido inverso, cuando una enfermedad prevenible progresa hasta requerir hospitalización, tratamiento prolongado o incapacidad laboral, el costo se multiplica y se distribuye entre familias, empleadores, aseguradoras y Estado.

Por eso la prevención tiene una dimensión macroeconómica.

La OMS proyecta un déficit mundial de 11 millones de trabajadores sanitarios para 2030, principalmente en países de ingresos bajos y medianos. La escasez de personal coincide con otro proceso difícil de revertir: el envejecimiento poblacional y el aumento de las enfermedades no transmisibles.

En este contexto, cada hora médica liberada para atender a un paciente complejo adquiere valor. Cada día laboral recuperado también.

República Dominicana tiene una razón demográfica para tomarse en serio esta discusión

El país está entrando precisamente en la etapa en la que la prevención puede adquirir mayor importancia fiscal y social.

Las nuevas proyecciones de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) muestran que República Dominicana alcanzó poco más de 10.8 millones de habitantes en 2026 y podría llegar a 12.3 millones en 2050. Pero el cambio más profundo está en la composición de esa población.

La proporción de personas de 65 años o más pasaría de 9% en 2025 a 17% en 2050. Para entonces, la población infantil de 0 a 14 años representaría 18%, frente a 25% en 2025. El país tendría, por primera vez, más adultos mayores que niños y niñas.

La esperanza de vida también ha cambiado radicalmente: pasó de 44 años en 1950 a 75.7 años en 2026, y las proyecciones de la ONE la sitúan en 91.5 años para 2100.

Vivir más años es un logro sanitario. El desafío económico consiste en conseguir que una mayor longevidad no venga acompañada de una expansión proporcional de los años vividos con enfermedad y dependencia.

Ahí el autocuidado puede tener una función relevante: prevención cardiovascular, actividad física, alimentación, adherencia a tratamientos, vacunación, salud mental, detección temprana y manejo adecuado de enfermedades crónicas pueden contribuir a retrasar complicaciones y preservar autonomía.

Autocuidado no significa trasladar la responsabilidad sanitaria a las familias

Una interpretación equivocada podría convertir el autocuidado en una fórmula para que las personas asuman individualmente costos que corresponden al sistema de salud.

La OMS es explícita que las intervenciones de autocuidado complementan y no reemplazan la interacción con los servicios y profesionales sanitarios. Para que funcionen, se necesita un entorno regulatorio seguro, productos de calidad, información confiable, privacidad, acceso asequible y profesionales capaces de orientar a los pacientes.

Esto tiene especial relevancia en un país donde el gasto directo de los hogares sigue siendo un componente importante del financiamiento sanitario. La OPS reportó que en 2021 el gasto público en salud equivalía a 3.29% del PIB y que el gasto de bolsillo representaba 23.59% del gasto total en salud.

La frontera entre autonomía y abandono puede ser estrecha. Un sistema que fomenta el autocuidado sin garantizar alfabetización sanitaria puede aumentar la automedicación irresponsable, la desinformación o el diagnóstico tardío.

Por eso el activo más importante quizá no sea el producto de autocuidado, sino la alfabetización en salud: la capacidad de una persona para encontrar, comprender, evaluar y utilizar información sanitaria de manera adecuada. La OMS la considera un determinante de la salud.

La verdadera apuesta está en convertir el autocuidado en infraestructura

La proyección de 2040 no debería leerse como una invitación a que cada persona se convierta en su propio médico. Su verdadero significado económico es otro.

El autocuidado puede convertirse en una infraestructura distribuida de prevención con millones de decisiones cotidianas que, respaldadas por evidencia y conectadas con el sistema sanitario, reducen riesgos antes de que se conviertan en costos mayores.

Para República Dominicana, la oportunidad coincide con un momento particularmente sensible. El país todavía atraviesa una ventana demográfica que, según la ONE, podría extenderse aproximadamente hasta 2065. Después, el envejecimiento aumentará el peso de la población dependiente y modificará la demanda de servicios públicos.

La cuestión, entonces, no consiste únicamente en cuánto puede ahorrar el autocuidado. La pregunta más importante es cuánto desarrollo puede preservar.

Una sociedad que enferma menos, detecta antes, envejece con mayor autonomía y recupera más rápidamente su capacidad de trabajar libera recursos que pueden dirigirse hacia educación, infraestructura, innovación y bienestar.

En última instancia, la cifra del 50% habla de algo más profundo que de salud: habla del precio económico de llegar tarde.

La prevención tiene una característica poco visible en las cuentas nacionales: su éxito suele medirse por lo que nunca ocurrió. Una hospitalización que no fue necesaria. Una complicación que no llegó. Un día de trabajo que no se perdió. Una persona mayor que conservó su autonomía. Una cuidadora que pudo atender también su propia salud.

Ese valor no siempre aparece como crecimiento en una estadística. Pero puede ser una de las formas más concretas en que un país transforma salud en desarrollo.

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