¿Por qué nacen menos niños? La economista Goldin apunta a un problema que va más allá de la economía
Durante décadas, el debate sobre la caída de la natalidad giró alrededor de una explicación aparentemente suficiente: tener hijos es demasiado costoso. Vivienda más cara, salarios estancados, educación privada, incertidumbre laboral y una creciente dificultad para conciliar trabajo y familia parecían conformar una ecuación completa. Sin embargo, una de las economistas más influyentes del siglo XXI sostiene que esa explicación está incompleta.
La premio Nobel de Economía Claudia Goldin plantea que uno de los factores menos discutidos del descenso de la natalidad es la dificultad creciente para encontrar hombres dispuestos a asumir una relación igualitaria y un compromiso sostenido con la vida familiar. No habla únicamente del matrimonio como institución, sino de la corresponsabilidad cotidiana de compartir el cuidado de los hijos, las tareas domésticas, la estabilidad emocional y el costo de construir un hogar.
Su tesis desplaza el foco desde las políticas económicas tradicionales hacia un fenómeno mucho más complejo: la velocidad con la que cambiaron las expectativas de las mujeres ha sido considerablemente mayor que la transformación de los roles masculinos.
La consecuencia no solo afecta a las parejas. También modifica la estructura demográfica, el mercado laboral, los sistemas de pensiones y la capacidad futura de crecimiento económico.
Una revolución femenina que avanzó más rápido que la masculina
Goldin lleva décadas estudiando la incorporación de las mujeres al mercado laboral y la evolución de las brechas económicas entre hombres y mujeres. Sus investigaciones muestran que las mujeres jóvenes alcanzaron mayores niveles educativos, incrementaron su participación profesional y retrasaron decisiones familiares para consolidar sus carreras.
Mientras tanto, la adaptación masculina ha sido menos uniforme.
En numerosos países desarrollados, las mujeres esperan relaciones donde ambos miembros compartan responsabilidades económicas y domésticas. Sin embargo, diversos estudios muestran que el reparto del trabajo no remunerado continúa siendo profundamente desigual.
Según datos de ONU Mujeres y la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres siguen dedicando alrededor de tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado a escala global. Esa diferencia no desaparece cuando ambas personas trabajan a tiempo completo.

La economía doméstica continúa funcionando, en muchos hogares, bajo reglas que pertenecen al siglo pasado mientras las carreras profesionales ya operan bajo las exigencias del siglo XXI.
El verdadero costo invisible de formar una familia
Cuando una pareja decide tener un hijo, el análisis financiero rara vez termina en el presupuesto mensual. Existe un costo menos visible y es el impacto sobre la trayectoria profesional de quien asume la mayor parte del cuidado.
Goldin popularizó el concepto de la «penalización por maternidad», ampliamente documentado por la literatura económica. Después del nacimiento del primer hijo, muchas mujeres experimentan una desaceleración salarial que puede extenderse durante años, mientras que los ingresos masculinos suelen mantenerse relativamente estables o incluso aumentar.
Investigaciones del Instituto para el Estudio del Trabajo (IZA), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y múltiples universidades europeas han confirmado que una parte importante de la brecha salarial aparece precisamente después de la llegada de los hijos.
En ese contexto, decidir no tener descendencia deja de ser únicamente una elección cultural para convertirse también en una estrategia racional de administración del riesgo económico.
La «escasez» de parejas compatibles también tiene efectos económicos
Uno de los elementos más interesantes del planteamiento de Goldin es que introduce el concepto de compatibilidad como variable económica.
Las mujeres con mayor nivel educativo no solo buscan estabilidad financiera. Buscan compañeros cuya visión sobre el trabajo, la familia y el reparto de responsabilidades sea coherente con sus propias expectativas.
Cuando esa coincidencia resulta difícil de encontrar, muchas personas retrasan el matrimonio, postergan la maternidad o simplemente renuncian a formar una familia.
La economía tradicional suele medir fertilidad mediante ingresos, inflación, empleo o subsidios. Goldin añade otra variable menos cuantificable, pero igualmente determinante: la calidad de las relaciones de pareja.
La economía del tiempo reemplaza a la economía del ingreso
Durante buena parte del siglo XX, el bienestar familiar se medía principalmente por el salario. Hoy comienza a emerger otra unidad de análisis: el tiempo.
Las familias valoran cada vez más la flexibilidad laboral, el teletrabajo, las licencias parentales compartidas, los horarios compatibles con la crianza y la posibilidad de distribuir equitativamente las responsabilidades del hogar.
El tiempo se convirtió en un recurso económico tan escaso como el ingreso.
Diversas investigaciones muestran que las parejas que perciben un reparto más justo del trabajo doméstico presentan mayores niveles de satisfacción con la relación y una mayor disposición a tener un segundo hijo, un dato especialmente relevante en sociedades donde el principal descenso de la fecundidad ocurre precisamente entre quienes deciden no ampliar la familia.
El desafío demográfico trasciende la maternidad
El debate sobre la natalidad suele concentrarse en las decisiones reproductivas de las mujeres.
La reflexión de Goldin desplaza la conversación hacia un fenómeno estructural: la sostenibilidad demográfica depende también de cómo evolucionan los modelos masculinos de participación familiar.
Si las mujeres transformaron profundamente su posición educativa y profesional durante las últimas cinco décadas, la estabilidad futura de las familias podría depender, en buena medida, de que esa transformación encuentre un equivalente dentro del hogar.
Más que una discusión sobre matrimonios o valores tradicionales, el planteamiento abre una pregunta económica de largo plazo: ¿pueden las sociedades sostener sus sistemas productivos cuando las expectativas sobre la familia evolucionan más rápido que la capacidad colectiva para adaptarse a ellas?
En ese escenario, la caída de la natalidad deja de ser un simple indicador demográfico. Se convierte en una señal de que las reglas sobre las que se construyó la vida familiar durante el siglo XX están siendo renegociadas, con implicaciones que alcanzan desde el crecimiento económico hasta la viabilidad de los sistemas de bienestar y la configuración de las próximas generaciones.
Suscríbete a la revista y regístrate a nuestros newsletters para recibir el mejor contenido en tu buzón de entrada.
Seguir leyendo
Tags:
Lo más visto en Revista Mercado
Análisis para suscriptores
Exclusivo Suscriptores
Llegó el momento de los taxis aéreos: EE. UU. autoriza las primeras pruebas piloto
Exclusivo Suscriptores
Apple quiere que vuelvas a hablar con Siri: 5 funciones que explican por qué
Exclusivo Suscriptores