Laura Fernández toma posesión y abre un nuevo capítulo político en Centroamérica
Durante décadas, Laura Fernández Delgado parecía el tipo de figura improbable para la política costarricense. Técnica antes que caudillista, formada en administración pública y gestión institucional, su ascenso no nació desde las viejas estructuras partidarias que dominaron la democracia más estable de Centroamérica, sino desde una ola de agotamiento ciudadano contra la burocracia, la inseguridad y el deterioro económico silencioso que empezó a erosionar el relato excepcional de Costa Rica.
A sus 39 años, Fernández se convirtió en la segunda mujer en alcanzar la presidencia del país después de Laura Chinchilla. Y además, representa el triunfo de un nuevo conservadurismo tecnocrático latinoamericano: uno que combina disciplina fiscal, discurso de orden, defensa del libre mercado y una narrativa de confrontación contra las élites tradicionales.
Su victoria, sin necesidad de segunda vuelta, revela algo más profundo que una alternancia política. Expone la transformación psicológica de Costa Rica, una nación históricamente asociada con estabilidad institucional, pacifismo y bienestar social, pero que hoy enfrenta un fenómeno que redefine la conversación regional.

El país que recibe Laura Fernández ya no es el mismo
Costa Rica llega a 2026 con indicadores que hace apenas una década habrían parecido incompatibles con su identidad nacional. El aumento sostenido de homicidios vinculados al narcotráfico, el crecimiento de estructuras criminales internacionales y la presión sobre puertos estratégicos han alterado la percepción interna y externa del país.
La tasa de homicidios de 2025 (16.7 por cada 100.000 habitantes) confirmó uno de los momentos más delicados en materia de seguridad de la historia reciente costarricense. Cerca del 70% de los asesinatos estarían relacionados con el narcotráfico, según datos judiciales locales. La violencia dejó de ser un fenómeno periférico para convertirse en tema central de la vida económica, turística y empresarial.
Ese contexto explica buena parte del fenómeno Fernández.

Su campaña entendió antes que sus adversarios que la inseguridad ya no era solamente una preocupación policial. Era una conversación sobre inversión extranjera, turismo premium, confianza institucional y competitividad regional. En otras palabras: sobre dinero.
Ahí radica uno de los movimientos más inteligentes de su narrativa política. Fernández evitó presentarse únicamente como una figura “dura contra el crimen”. Construyó una imagen de administradora pragmática capaz de evitar que Costa Rica derivara hacia el deterioro estructural que afecta a otras economías latinoamericanas.
Rodrigo Chaves: el arquitecto político detrás de la sucesión
La historia política de Fernández no puede entenderse sin Rodrigo Chaves.
Su llegada al poder es, en gran medida, la consolidación del chavismo costarricense como fuerza dominante. Chaves logró transferir popularidad, capital político y maquinaria electoral hacia una candidata que supo proyectar continuidad sin parecer una simple extensión presidencial.
El fenómeno tiene paralelos regionales inevitables. La comunicación frontal, el desprecio hacia sectores tradicionales de la oposición y la narrativa de “gobierno contra el establishment” recuerdan parcialmente a modelos políticos vistos en América Latina durante los últimos años, aunque Costa Rica conserva contrapesos institucionales mucho más robustos.

La incógnita ahora no es si Fernández gobernará con influencia de Chaves. La verdadera pregunta es cuánto espacio tendrá para construir una identidad propia.
La propia presidenta electa alimentó el debate al insinuar públicamente que le gustaría incorporar a Chaves en posiciones estratégicas de gobierno, incluso como ministro. Una posibilidad inédita dentro de la cultura política costarricense, donde históricamente los expresidentes abandonaban el centro operativo del poder al concluir sus mandatos.
Ese gesto revela tanto fortaleza como vulnerabilidad. Fortaleza, porque Fernández hereda una base política cohesionada y una mayoría parlamentaria considerable (30 de los 57 diputados) que le permitirá gobernar con margen de maniobra.
Vulnerabilidad, porque la sombra política de Chaves podría convertirse en el principal desafío de legitimidad de su administración.
La seguridad como eje económico de su gobierno
El discurso de Fernández sobre seguridad ha sido interpretado superficialmente como una aproximación punitiva. Pero el trasfondo parece más complejo.
Costa Rica entendió que la violencia ya no afecta únicamente barrios vulnerables. También altera cadenas logísticas, percepción de riesgo país, primas de seguros, flujo de inversiones y posicionamiento turístico internacional.

La nueva presidenta propone fortalecer capacidades policiales, endurecer mecanismos contra el narcotráfico y agilizar respuestas judiciales. Pero detrás de esa agenda existe otro objetivo menos evidente: proteger el modelo económico costarricense antes de que la inseguridad erosione su atractivo global.
En ese sentido, la conversación inevitablemente conecta con Nayib Bukele. Aunque Fernández evita comparaciones directas, la región atraviesa una etapa donde la seguridad se convirtió en capital político de alto valor electoral.
La diferencia crucial es que Costa Rica intenta encontrar un equilibrio delicado: combatir el crimen sin sacrificar la institucionalidad democrática que históricamente definió su marca internacional.
El interés de República Dominicana en el nuevo mapa centroamericano
La presencia de Luis Abinader en la ceremonia de investidura no será un gesto protocolar menor. Representa la consolidación de una conversación regional entre gobiernos que comparten preocupaciones similares: seguridad, inversión extranjera, nearshoring, estabilidad macroeconómica y presión migratoria.
República Dominicana observa con atención el modelo costarricense por varias razones. Primero, porque ambos países compiten, aunque en segmentos distintos, por atraer capital internacional, turismo de alto valor y operaciones empresariales vinculadas a servicios y tecnología.

Segundo, porque la expansión del narcotráfico en el Caribe y Centroamérica ha obligado a redefinir estrategias de cooperación regional. Y tercero, porque el ascenso de Fernández confirma una tendencia que también influye en la política dominicana: electorados menos ideológicos y más obsesionados con gestión, seguridad y estabilidad económica.
Para el gobierno de Abinader, mantener cercanía con la nueva administración costarricense puede fortalecer alianzas en temas de comercio, turismo multidestino, inteligencia regional y atracción de inversiones estratégicas.
La nueva derecha técnica latinoamericana
Laura Fernández pertenece a una generación política distinta a la vieja derecha latinoamericana asociada exclusivamente a élites empresariales tradicionales.
Su perfil mezcla tecnocracia, comunicación digital, pragmatismo económico y conservadurismo cultural moderado. Habla de libre mercado, pero también de eficiencia estatal. Defiende valores familiares tradicionales mientras proyecta una imagen moderna y profesional que conecta con votantes urbanos y sectores empresariales jóvenes.
Ese híbrido político resulta especialmente atractivo en una región fatigada de polarización ideológica extrema. Por eso su victoria trasciende Costa Rica.
La llegada de Fernández podría consolidar un laboratorio político regional donde seguridad, disciplina fiscal y crecimiento económico se convierten en la narrativa dominante de la próxima década centroamericana.
Y ahí aparece el verdadero desafío: demostrar que la promesa de orden puede coexistir con instituciones democráticas sólidas, independencia judicial y estabilidad social.
Costa Rica apostó por esa fórmula. Ahora el continente observará si funciona.
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