Mujeres descubrieron el sesgo oculto del urbanismo moderno
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Cómo las mujeres descubrieron el sesgo oculto del urbanismo moderno

Durante décadas, las ciudades fueron diseñadas alrededor de una idea de urbanismo profundamente específica: un trabajador que se desplazaba del hogar a la oficina y de regreso, casi siempre en automóvil, casi siempre hombre, casi siempre desligado de las tareas de cuidado.

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El urbanismo moderno heredó esa lógica industrial del siglo XX y la convirtió en norma. Calles, sistemas de transporte, iluminación, parques, aceras y complejos residenciales se pensaron desde la eficiencia productiva, no desde la complejidad cotidiana de la vida real. Y menos aún en la cotidianidad de las mujeres.

El resultado fue una paradoja urbana: las mujeres habitaban las ciudades, pero rara vez participaban en la forma en que estas eran concebidas.

Solo hacia finales del siglo pasado comenzó a cuestionarse, de manera estructural, una pregunta que parecía demasiado obvia para haber sido ignorada durante tanto tiempo, ¿qué ocurre cuando quienes cuidan, acompañan, caminan más, usan más el transporte público y enfrentan mayores niveles de inseguridad empiezan a influir en el diseño de la ciudad?

La respuesta a esto produjo ciudades más eficientes, más transitables, más seguras y, sobre todo, más inteligentes desde el punto de vista humano.

El urbanismo nació sin considerar la experiencia femenina

Buena parte de la arquitectura urbana contemporánea se desarrolló bajo principios funcionalistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El modelo separaba zonas residenciales, comerciales e industriales, privilegiando los desplazamientos lineales y rápidos asociados al trabajo formal masculino.

Sin embargo, diversos estudios de movilidad urbana comenzaron a revelar algo distinto: las mujeres utilizaban la ciudad de otra manera.

Mientras los hombres realizaban trayectos más directos (casa, trabajo, casa), las mujeres acumulaban desplazamientos múltiples en una misma jornada: llevar hijos a la escuela, cuidar adultos mayores, comprar alimentos, acudir a centros médicos y luego regresar al trabajo o al hogar. Este fenómeno, conocido en urbanismo como trip chaining, transformó por completo la comprensión sobre cómo se mueve realmente una ciudad.

El problema era que la infraestructura urbana no estaba diseñada para esa realidad. Escaleras imposibles para coches de bebé, estaciones mal iluminadas, aceras estrechas, rutas inseguras y sistemas de transporte pensados para horarios laborales rígidos terminaron convirtiéndose en formas invisibles de exclusión.

La ciudad moderna funcionaba. Pero no para todos de la misma manera.

Viena y el momento que cambió la conversación global

A principios de los años noventa, la capital austríaca comenzó a desarrollar uno de los experimentos urbanos más influyentes del mundo contemporáneo. La figura central detrás de esa transformación fue Eva Kail, especialista en planificación urbana y género, quien impulsó una discusión inédita para la época: el espacio urbano no es neutral.

Fotografía: Eva Kail / Woosh

En 1991, una exposición pública en Viena introdujo masivamente el debate sobre cómo las mujeres experimentaban la ciudad de forma distinta. La conversación dejó de pertenecer únicamente a académicos y urbanistas. De pronto, el diseño urbano comenzó a observar la vida cotidiana con otra escala de análisis.

Un año después, Viena lanzó un concurso arquitectónico reservado exclusivamente para mujeres arquitectas. De allí surgiría Frauen-Werk-Stadt, uno de los proyectos residenciales más estudiados del urbanismo contemporáneo.

Frauen-Werk-Stadt: el edificio que obligó a repensar la ciudad

Más que un complejo habitacional, Frauen-Werk-Stadt fue un manifiesto construido. El proyecto reorganizó elementos aparentemente ordinarios como pasillos visibles, accesos abiertos, áreas infantiles cercanas, iluminación natural, conexión peatonal y espacios comunes funcionales, bajo una lógica radicalmente distinta: diseñar desde la experiencia cotidiana real y no desde una abstracción estadística del ciudadano promedio.

Aquello modificó algo más profundo que la arquitectura. Demostró que cuando las mujeres participan en la planificación urbana, la ciudad deja de priorizar únicamente el tránsito rápido y empieza a priorizar la habitabilidad.

La seguridad dejó de pensarse exclusivamente como presencia policial y comenzó a entenderse también como visibilidad, iluminación, flujo peatonal y diseño comunitario. La accesibilidad dejó de ser un asunto técnico asociado únicamente a discapacidad y pasó a relacionarse con movilidad integral, cuidados y autonomía.

La transformación fue tan efectiva que Viena incorporó posteriormente más de 60 proyectos urbanos bajo perspectiva de género como parques rediseñados, transporte adaptado, viviendas sociales y espacios públicos concebidos desde patrones reales de uso ciudadano.

Lógica urbana sin discurso ideológico

Uno de los aspectos más relevantes de este fenómeno es que la influencia femenina en el urbanismo no produjo únicamente un cambio simbólico, mucho menos se convirtió en un discurso de ideología, pero sí produjo métricas concretas de eficiencia urbana.

Ciudades que incorporaron diseño sensible a género comenzaron a reportar mejores índices de movilidad peatonal, mayor utilización del espacio público y percepción más alta de seguridad.

En ciudades como Barcelona, la llamada “ciudad de proximidad” impulsó barrios donde servicios esenciales pueden alcanzarse caminando. En Estocolmo, los estudios de movilidad diferenciados por género transformaron políticas de limpieza de nieve y prioridades peatonales. En Bogotá, los análisis sobre acoso en transporte público modificaron rutas y sistemas de iluminación.

El patrón es consistente: cuando el urbanismo incorpora la experiencia femenina, la ciudad se adapta mejor a la complejidad humana. Y esa complejidad incluye envejecimiento poblacional, crianza, movilidad compartida, diversidad funcional y nuevas dinámicas laborales híbridas.

La ciudad del futuro ya no se diseña desde el automóvil

Durante gran parte del siglo XX, la infraestructura urbana giró alrededor del automóvil privado. Hoy, las prioridades están cambiando aceleradamente.

La discusión contemporánea sobre ciudades de 15 minutos, movilidad sostenible y espacio público habitable tiene una relación directa con décadas de análisis feminista del urbanismo, aunque muchas veces no se reconozca explícitamente.

La pregunta central dejó de ser cómo mover más vehículos y pasó a ser cómo facilitar vidas más funcionales. Eso implica pensar en iluminación antes que monumentalidad, en bancos públicos antes que autopistas urbanas y en trayectos peatonales antes que velocidad vial.

La influencia femenina en el diseño urbano no reemplazó una visión por otra. Lo que hizo fue revelar que las ciudades habían sido diseñadas durante demasiado tiempo desde una experiencia parcial presentada como universal.

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