El “todavía”: la graduación de Billie Jean King a los 82 años
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El valor económico del “todavía”: la graduación de Billie Jean King a los 82 años

La leyenda del tenis obtuvo su título universitario 61 años después de abandonar las aulas. Su graduación reabre una conversación incómoda sobre edad, educación, productividad y las segundas oportunidades en la vida adulta.

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Durante décadas, el mundo conoció a Billie Jean King por sus 39 títulos de Grand Slam, por haber transformado el tenis femenino moderno y por convertir la igualdad salarial en una batalla global mucho antes de que las empresas comenzaran a hablar de diversidad e inclusión.

Sin embargo, había una conversación que la leyenda estadounidense corregía cada vez que aparecía. No era sobre Wimbledon. No era sobre la histórica «Batalla de los Sexos». Tampoco sobre su activismo.

Era sobre una licenciatura que nunca había terminado. “Todavía no me la he ganado”, respondía cuando alguien afirmaba que se había graduado de la universidad.

Sesenta y un años después de abandonar sus estudios para dedicarse profesionalmente al tenis, King cruzó el escenario del Shrine Auditorium de Los Ángeles para recibir su licenciatura en Historia de la Universidad Estatal de California en Los Ángeles (Cal State LA), a los 82 años.

Fotografía: Jae C. Hong/Associated Press

La imagen posee una potencia simbólica que trasciende el deporte.

En una época que mide el valor humano a través de cronologías rígidas (graduarse antes de los 25, construir una carrera antes de los 35, alcanzar el éxito antes de los 40) la graduación de King plantea una pregunta más profunda y es, ¿qué ocurre cuando una persona se niega a aceptar que ciertos capítulos tienen fecha de vencimiento?

El poder de una palabra que las mujeres rara vez se permiten: “todavía”

Quizás el elemento más revelador de esta historia no sea el diploma. Es la palabra que King utilizó durante décadas para describir su situación académica: todavía.

No decía que había fracasado; mucho menos decía que había abandonado para siempre; tampoco decía que la oportunidad se había perdido. Decía que todavía no había ocurrido.

La psicóloga Carol Dweck, reconocida por sus investigaciones sobre la mentalidad de crecimiento, ha explicado durante años que la diferencia entre una identidad fija y una identidad en evolución suele encontrarse precisamente en ese lenguaje.

No saber algo “todavía” es radicalmente distinto a creer que nunca se podrá aprender.

Para millones de mujeres, especialmente aquellas que interrumpieron estudios por maternidad, responsabilidades familiares, dificultades económicas o exigencias laborales, la historia de King funciona como una reivindicación silenciosa de los tiempos no lineales.

La vida no siempre avanza según los calendarios institucionales. Y cada vez más personas están reescribiendo esa narrativa.

La nueva economía de las segundas carreras

La graduación de Billie Jean King ocurre en un contexto particularmente relevante. Durante gran parte del siglo XX, la educación superior estaba diseñada bajo una lógica simple: estudiar primero, trabajar después. Ese modelo está perdiendo vigencia.

La prolongación de la esperanza de vida, el envejecimiento activo y la aceleración tecnológica están obligando a millones de profesionales a reinventarse varias veces durante una misma existencia.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha advertido que el aprendizaje continuo será uno de los principales activos económicos del siglo XXI. Las habilidades adquiridas a los 20 años ya no garantizan una carrera completa.

Las personas necesitarán actualizar conocimientos, obtener nuevas certificaciones y regresar a espacios educativos de forma recurrente. En ese contexto, King representa algo más que una graduada octogenaria, ella representa una tendencia global, con la desaparición de la idea de que existe una edad correcta para aprender.

La paradoja cultural de las mujeres exitosas

Existe otra dimensión menos evidente en esta historia. Billie Jean King ya había ganado prácticamente todos los reconocimientos imaginables. Recibió la Medalla Presidencial de la Libertad. Fundó la Asociación de Tenis Femenino (WTA). Transformó la economía del deporte femenino. Se convirtió en inversionista de franquicias deportivas profesionales.

Su legado histórico estaba asegurado. Y aun así regresó por un título universitario. ¿Por qué? Porque el prestigio externo no siempre resuelve las conversaciones internas.

La historia de las mujeres está llena de logros extraordinarios acompañados por una sensación persistente de asuntos pendientes. No necesariamente porque falte éxito. A veces porque falta cierre.

La graduación de King recuerda que algunas metas conservan valor incluso cuando ya no producen beneficios económicos, ascensos laborales o reconocimiento público. Hay objetivos que permanecen importantes simplemente porque forman parte de nuestra historia personal.

Educación y longevidad: un fenómeno que apenas comienza

Durante décadas, las universidades estuvieron diseñadas para estudiantes jóvenes. Hoy enfrentan una transformación demográfica. La llamada “economía de la longevidad” está alterando la manera en que se concibe la educación superior.

Personas de 60, 70 e incluso 80 años regresan a las aulas por razones diversas, como la actualización profesional, curiosidad intelectual, propósito personal o simplemente la satisfacción de concluir proyectos inconclusos.

Los expertos en envejecimiento saludable señalan además que el aprendizaje permanente está asociado con beneficios cognitivos significativos, incluyendo una mayor reserva cognitiva y una mejor adaptación a los cambios sociales y tecnológicos.

En otras palabras, estudiar ya no es únicamente una herramienta para obtener empleo. También se ha convertido en una estrategia para mantener participación social, bienestar psicológico y calidad de vida.

La experiencia de la exclusión como motor de transformación

Durante su discurso de graduación, King recordó un momento que marcó su vida. Cuando tenía 12 años observó que casi todas las personas en los clubes de tenis eran blancas. “¿Dónde están los demás?”, se preguntó.

Aquella inquietud se transformó en una brújula ética que posteriormente orientó gran parte de su trabajo.

Una de las frases más potentes de su intervención fue: “Nunca podremos comprender la inclusión a menos que hayamos sido excluidos”.

La afirmación resulta particularmente relevante en un momento donde los debates sobre diversidad suelen reducirse a métricas corporativas o indicadores de recursos humanos.

King recuerda que las transformaciones sociales profundas suelen comenzar con experiencias personales concretas como sentirse fuera de lugar, no verse representada o percibir barreras invisibles que otros consideran normales.

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