Pagos globales: ¿cómo Pix, UPI y el euro digital desafían a Visa, Mastercard y el dominio de EE. UU.?
Brasil, Europa, China e India impulsan sistemas de pago propios mientras crece la preocupación por depender de la infraestructura financiera estadounidense, una fragmentación que presiona el negocio de Visa y Mastercard y puede elevar los costos para la economía mundial.
Foto: Brasil, India, China y Europa aceleran el desarrollo de sistemas de pagos propios para reducir su dependencia de la infraestructura financiera estadounidense, una tendencia que aumenta la presión sobre Visa y Mastercard y fragmenta el mercado global de pagos. Illustration: Erik Carter - The Economist.
Pix se ha convertido en algo más que una forma rápida de pagar en Brasil. Su expansión lo ha situado en el centro de una disputa sobre competencia, soberanía financiera y sobre quién controla las redes por las que circula el dinero.
El 15 de julio de 2026, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos adoptó una medida definitiva bajo la Sección 301 e impuso un arancel adicional del 25% a determinados productos brasileños. La medida siguió a una investigación de un año que incluyó, entre otras prácticas cuestionadas por Estados Unidos, medidas relacionadas con el comercio digital y los servicios de pago electrónico. La acción comercial también abarcó asuntos como la propiedad intelectual, el acceso al mercado del etanol y otras políticas brasileñas.
Pix es uno de los puntos de fricción entre ambos países, pero la acción comercial estadounidense abarca un conjunto más amplio de disputas.
Según el Banco Central de Brasil, más de 170 millones de personas físicas, lo que equivale a alrededor del 80% de la población, ya utilizan Pix. En mayo de 2026 procesó más de 7.000 millones de transacciones, por un valor superior a 3 billones de reales.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, crítico frecuente del poder estadounidense, ha dicho que Pix es un logro brasileño al que el país no renunciará. Incluso su rival de derecha, Flávio Bolsonaro, se ha mostrado contrario a abandonar el sistema y ha planteado, en cambio, limitar su conexión con infraestructuras transfronterizas que compitan con las redes estadounidenses.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, presentó en junio la estrategia estadounidense como “economic statecraft in the 21st century”. Bessent sostuvo que las ventajas de acceder a los mercados estadounidenses, del papel predominante del dólar y del ecosistema económico del país “ya no son incondicionales”, en un contexto de una política que exige mayor reciprocidad y vincula más estrechamente las relaciones económicas con los intereses nacionales de Estados Unidos.
Si el acceso a una infraestructura financiera puede convertirse en un instrumento de presión, ¿hasta qué punto conviene depender de sistemas que otro país puede condicionar?
Después de que las sanciones estadounidenses y europeas limitaran el acceso de Rusia a la infraestructura internacional de pagos, el país recurrió con mayor intensidad a su propio sistema de mensajería financiera, SFPS, y a su red de tarjetas Mir. China también desarrolló infraestructura propia y amplió el alcance de plataformas privadas como Alipay y WeChat Pay.
Ahora, la búsqueda de alternativas ya no es exclusiva de Rusia ni de China.
En enero, Aurore Lalucq, presidenta de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo, advirtió que una relación hostil con Estados Unidos podría poner en riesgo el acceso de Europa a determinadas infraestructuras de pago. Poco después, ejecutivos de bancos británicos discutieron la posibilidad de desarrollar una alternativa nacional a Visa y Mastercard. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, también ha defendido la importancia de que Europa tenga un mayor control sobre sus pagos digitales.
El 14 de julio, el Banco Central Europeo seleccionó 36 proveedores de servicios de pago para participar en el piloto del euro digital. El ejercicio comenzará en la segunda mitad de 2027 y durará 12 meses. El BCE aspira a estar preparado para una posible primera emisión en 2029, suponiendo que se adopte previamente el reglamento sobre el euro digital.
Estos proyectos todavía no desplazan a las redes estadounidenses ni modifican por sí solos el papel central del dólar. Sí, muestran que Europa está destinando recursos para reducir una dependencia que ahora considera estratégica.
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