La caída del consumo de alcohol en restaurantes y bares transforma el negocio de la hostelería
Durante décadas, pedir una cerveza, compartir una botella de vino o brindar con un cóctel formó parte de los rituales sociales en restaurantes, bares y celebraciones.
Foto: La reducción del consumo tradicional de alcohol lleva a muchos negocios de hostelería a explorar nuevas propuestas de bebidas y modelos de experiencia para atraer clientes.
Hoy, esa costumbre está cambiando. La caída del consumo de alcohol en Estados Unidos está modificando el negocio de la hostelería y plantea una pregunta que va más allá de las ventas: ¿qué ocurre con los espacios de convivencia cuando beber deja de ser parte de la experiencia?
El cambio responde, en buena medida, a una mayor preocupación por la salud. Organismos médicos y autoridades sanitarias han reforzado durante los últimos años las advertencias sobre los riesgos asociados al alcohol, especialmente su relación con distintos tipos de cáncer y con el consumo excesivo.
Pero mientras disminuye el consumo, también aparecen consecuencias económicas para restaurantes, bares, productores y comunidades que durante décadas construyeron parte de su identidad alrededor de estas bebidas.
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Menos alcohol, más presión para bares y restaurantes
Las cifras muestran la magnitud de la transformación. Las ventas de vino, cerveza y licores en Estados Unidos han registrado descensos consecutivos. En 2023, el volumen cayó 3 por ciento y en 2025 la reducción alcanzó 5 por ciento. La firma de investigación IWSR anticipa, además, una contracción de 18 por ciento durante la próxima década.
Para los restaurantes y bares, el problema es especialmente delicado porque las bebidas alcohólicas suelen generar márgenes de beneficio superiores a los de muchos alimentos.
Esto limita las posibilidades de compensar la caída simplemente aumentando los precios del menú. En un momento en que los consumidores también están vigilando sus gastos, elevar el costo de los platos puede reducir todavía más la demanda.
El impacto alcanza incluso a ciudades donde el alcohol representa una parte importante de la economía local. Louisville, Kentucky, es un ejemplo emblemático. El bourbon tiene allí un peso industrial, turístico y cultural considerable, con miles de empleos vinculados a su producción y una importante contribución fiscal.
La contracción también ha golpeado a grandes compañías. Brown Forman, fabricante de Jack Daniel’s y uno de los principales actores del sector, anunció una reducción de su plantilla y cerró una tonelería histórica en Louisville. Jim Beam, por su parte, interrumpió durante un año la producción de bourbon en una de sus instalaciones.
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El auge de las bebidas sin alcohol cambia la experiencia
El retroceso del alcohol no significa necesariamente que los consumidores hayan dejado de buscar experiencias sociales. En muchos casos, simplemente están modificando la manera de participar en ellas.
Los cócteles sin alcohol, las cervezas sin alcohol y otras bebidas alternativas han ganado espacio en restaurantes y bares. Para una nueva generación de clientes, salir a cenar o reunirse con amigos no necesariamente implica beber.
La transformación también está relacionada con un cambio generacional. Gallup registró que el porcentaje de adultos estadounidenses que consume alcohol ocasional o regularmente cayó al 54 por ciento, su nivel más bajo en nueve décadas. Entre las personas de 18 a 34 años, la proporción se situó en 50 por ciento.
Este fenómeno no parece explicarse simplemente por un desplazamiento hacia el cannabis recreativo. La explicación apunta a una modificación más profunda en los hábitos, donde el bienestar, el sueño, la salud y el control personal tienen cada vez más peso.
Para la hostelería, esto implica reinventar la propuesta. El desafío ya no consiste únicamente en vender una bebida, sino en crear una experiencia que resulte atractiva tanto para quienes beben como para quienes prefieren abstenerse.
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El costo social de una transformación económica
La discusión se vuelve más compleja cuando se consideran las consecuencias para la vida cultural y social de las ciudades.
Durante décadas, bares, cervecerías y restaurantes han funcionado como puntos de encuentro. Algunos incluso contribuyeron a revitalizar zonas urbanas deterioradas al atraer clientes, eventos, música y nuevas inversiones.
El cierre de una cervecería, por tanto, puede significar mucho más que la desaparición de un negocio. También puede implicar la pérdida de un escenario para conciertos, exposiciones o encuentros comunitarios.
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