11 de septiembre, 25 años después: lo que Mercado relato mientras el mundo buscaba respuestas
En octubre de 2001, pocas semanas después de los atentados del 11 de septiembre, Revista Mercado publicó una edición especial dedicada a sus consecuencias económicas. En septiembre de 2002 regresó a muchas de las mismas preguntas, esta vez con un año de distancia.
Foto: Tribute in Light ilumina el cielo de Nueva York en homenaje a las víctimas de los atentados del 11 de septiembre, con el perfil de Lower Manhattan y la Estatua de la Libertad en primer plano. Foto: Michael Orso / Getty Images
En el primero de esos números, Mercado recogió un recuerdo todavía cercano de aquella mañana: “la sombra del avión” detrás de la torre, el humo que ya salía de la primera y, después, el fuego. En esas páginas, la escena convivía con preguntas sin respuesta.
Ni siquiera el balance humano podía considerarse definitivo. Mercado advertía que el número de víctimas civiles seguía siendo incierto. Alrededor de ese dato, todavía provisional, surgían otras preguntas: qué había fallado, cómo debía responder Estados Unidos y cuánto más podía extenderse el daño.
La portada mostraba las ruinas de Ground Zero bajo la pregunta: “¿Una economía en ruinas?”. Mercado reconocía la incomodidad de formularla. Hablar del impacto económico tan poco tiempo después podía parecer casi fuera de lugar frente a lo que acababa de ocurrir.

Pero los mercados comenzaban a reabrirse. Las aerolíneas estaban bajo presión y las malas noticias económicas ya no podían ignorarse con el paso de los años. Las páginas de aquella edición siguieron ese recorrido: de las ruinas de Manhattan a los mercados financieros, las empresas, los vuelos y una economía que empezaba a sentir el golpe más allá de Ground Zero.
¿Qué podía detenerse después de las torres?
La reapertura llegó tras cuatro sesiones sin operaciones, lo que supuso el cierre más prolongado de Wall Street en 68 años. Cuando las bolsas volvieron a funcionar, Mercado describió lo ocurrido con dos palabras: fragilidad y resistencia. Habían resistido porque pudieron reabrir; la fragilidad estaba en haber comprobado que uno de los centros del sistema financiero mundial también podía detenerse durante varios días.
La economía estadounidense tampoco arrancó con fuerza el 11 de septiembre. La recesión había comenzado meses antes y la confianza de los consumidores ya se venía deteriorando. Los atentados no iniciaron esa contracción, pero añadieron una nueva presión a una economía que ya había empezado a perder impulso antes de que los aviones alcanzaran las torres. Mercado advertía entonces que los ataques habían ocurrido en un momento especialmente delicado para Estados Unidos y para una economía mundial que ya mostraba señales de desaceleración.
Estados Unidos ordenó llevar a tierra los vuelos comerciales y alrededor de 4,500 aeronaves terminaron aterrizando en aeropuertos de todo el país. Cuando el tráfico comenzó a restablecerse, las compañías afrontaron otro problema: poner los aviones de nuevo en servicio no garantizaba que los pasajeros estuvieran dispuestos a regresar. Las aerolíneas ya atravesaban dificultades antes de los atentados; la caída de la demanda agravó una situación que venía deteriorándose.
Mientras los mercados y los vuelos intentaban recuperar actividad, comenzaron las intervenciones de emergencia. La Reserva Federal aportó liquidez y redujo las tasas de interés, mientras que el Gobierno de Estados Unidos aprobó un apoyo extraordinario para las aerolíneas. En su edición especial de octubre de 2001, Mercado presentó esas decisiones como parte del esfuerzo de los gobiernos para impedir que la caída de la actividad terminara por desencadenar una recesión global. Al mismo tiempo, dejó abierta una pregunta sin respuesta:
Si las herramientas económicas disponibles serían suficientes frente a una crisis de características tan excepcionales.
En esa misma edición, Mercado trasladó esa preocupación a República Dominicana. Bajo el título “RD: nuestra economía abierta”, la revista advertía sobre la fuerte dependencia del país respecto del entorno económico y geopolítico de Estados Unidos. Cerca del 75 % de las exportaciones dominicanas se dirigían entonces a ese mercado, mientras que el turismo, las remesas y el transporte aéreo figuraban entre los canales por los que un deterioro de la economía estadounidense podía alcanzar al país.
¿Hasta dónde podía llegar el golpe económico?
En su edición especial de octubre de 2001, Mercado advertía que la preocupación no se limitaba a las exportaciones. Una recesión más profunda en Estados Unidos podía reducir la demanda de productos dominicanos, afectar el turismo, alterar las remesas y frenar nuevas inversiones. Varias de las actividades que generaban divisas para el país dependían, de una forma u otra, de que la economía estadounidense se mantuviera activa.
Mercado escribía cuando todavía no era posible saber cuánto de ese deterioro terminaría por alcanzar a la economía dominicana. Entre los riesgos que señaló estaban una menor ocupación turística, problemas en el transporte aéreo, menos inversión y dificultades en los flujos de efectivo procedentes de Estados Unidos. La revista planteaba también la necesidad de revisar esa dependencia y de fortalecer la inversión interna ante la posibilidad de una recesión mundial. Eran advertencias formuladas mientras el alcance económico de los atentados aún no se había definido.
En los meses siguientes empezaron a separarse aquellos temores. El turismo sí sufrió: ya venía perdiendo pasajeros y desacelerando la ocupación hotelera antes de septiembre de 2001, pero los atentados agravaron esa caída y afectaron especialmente los viajes desde Estados Unidos y Europa. Las remesas, en cambio, continuaron creciendo y la economía dominicana mantuvo una expansión positiva. Cuando Mercado volvió sobre el tema en 2002, señalaba que los efectos en el conjunto de la economía habían sido menos drásticos de lo que se había temido, con el turismo entre los sectores que sí habían recibido un golpe más claro.
Cuando Mercado publicó su segunda cobertura en septiembre de 2002, ya podía contrastar algunos de los temores económicos de 2001 con lo ocurrido en los doce meses siguientes. En República Dominicana, el deterioro había sido menos severo de lo anticipado, aunque el turismo sí había sufrido. Al mismo tiempo, la respuesta al 11 de septiembre había ampliado las funciones y el gasto del Estado en materia de seguridad, la guerra en Afganistán estaba en marcha y una posible intervención en Irak aún se discutía como un escenario futuro. Al presentar aquella edición, Mercado resumió la incertidumbre que seguía abierta un año después con la siguiente frase:
“Un nuevo orden mundial, aún sin dibujar y frágil todavía”.
¿Qué había cambiado un año después de los atentados?
En septiembre de 2002, con motivo del primer aniversario de los atentados, Mercado publicó un nuevo reportaje que combinaba memoria y balance de lo ocurrido durante esos doce meses. Lo tituló con una pregunta muy reflexiva: “¿Cómo hemos cambiado?”. Algunas respuestas ya podían verse en decisiones concretas. Estados Unidos destinaba más recursos a la seguridad aérea, reforzaba la policía y los servicios de inteligencia, auxiliaba a los sectores afectados por la crisis y aumentaba el gasto militar. La revista también observaba una mayor presencia del Estado, tanto en la protección de los ciudadanos como en la economía.

Mercado advertía, además, que la búsqueda de mayor seguridad llevaba a algunos gobiernos a aceptar restricciones a determinadas libertades. E hizo una pregunta que resumía ese dilema: “¿Cambiar libertad por seguridad?”. Su preocupación iba más allá de las medidas adoptadas tras los atentados. Señalaba que la vulnerabilidad de las sociedades libres podía empujarlas a conceder cada vez más poder al Estado y advertía que, si esas restricciones avanzaban demasiado, podían terminar debilitando la propia conciencia democrática de Occidente que se intentaba proteger.
Para septiembre de 2002, la guerra en Afganistán llevaba casi un año en marcha y ya se podía observar cómo la lucha contra el terrorismo estaba redefiniendo las prioridades fuera de Estados Unidos. Mercado señalaba que ese giro había desplazado buena parte del debate internacional hacia la seguridad y advertía de una tendencia a una actuación estadounidense cada vez más unilateral.
En esa edición, Mercado también publicó una imagen de Tribute in Light: dos haces de luz ascendían sobre el bajo Manhattan, en el lugar donde un año antes se erguían las Torres Gemelas. Acompañó la imagen con una reflexión profunda sobre cómo la seguridad había pasado a ocupar un lugar central y cómo los atentados habían cambiado la percepción de la globalización al dejar expuesta una vulnerabilidad compartida. La expresó con estas palabras:
“El nuevo orden mundial da prioridad a valores como la seguridad y cambia la perspectiva que hasta ahora teníamos sobre la globalización; todos somos vulnerables.”
¿Cómo debía reconstruirse Ground Zero?
Cuando Mercado publicó aquella imagen de Tribute in Light, Ground Zero todavía no tenía una respuesta definitiva. Nueva York había presentado seis propuestas preliminares para reconstruir los terrenos del World Trade Center, pero la discusión no se limitaba a decidir qué edificios levantar. Había que recuperar oficinas, comercios y conexiones de transporte y, al mismo tiempo, reservar un espacio permanente para las víctimas. En un mismo terreno debían convivir la reconstrucción de una parte de la ciudad y la memoria de lo ocurrido allí.
Las primeras propuestas no convencieron. Mercado recogió las críticas de ciudadanos, arquitectos, empresarios y familiares de las víctimas, mientras buena parte de la discusión se centraba en el peso que seguían teniendo las oficinas en los proyectos. La ciudad todavía buscaba cuánto reconstruir y qué debía permanecer reservado para la memoria. Mercado cerró aquel reportaje sin fingir que hubiera una respuesta sencilla. Al final, lo expresó con una frase breve:
La decisión no será fácil.
Y no lo fue. Aquellos seis planes no lograron definir Ground Zero. El proceso continuó y, en 2004, se seleccionó "Reflecting Absence", de Michael Arad y Peter Walker. El memorial abrió en 2011 con una decisión que resolvió de otra manera aquella discusión de 2002: las huellas de las Torres Gemelas no fueron ocupadas por nuevos edificios. En ellas se instalaron dos grandes piscinas, rodeadas por paneles de bronce donde están inscritos los nombres de las 2,983 personas fallecidas en los atentados de 2001 y de 1993.
En 2026, la ciudad que rodea aquel lugar está reconstruida, pero las huellas de las torres permanecen en el centro del memorial. La pregunta que Mercado dejó abierta en septiembre de 2002 terminó teniendo una respuesta que no consistió en escoger entre la reconstrucción y el recuerdo.
Nueva York reconstruyó alrededor de esas huellas y dejó los nombres junto a ellas. Lo que en aquellas páginas todavía eran seis proyectos, críticas y una decisión pendiente es hoy un espacio donde la ciudad continúa funcionando sin borrar del terreno lo que ocurrió allí.
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