Jóvenes emprendedores transforman el agro dominicano
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Los jóvenes emprendedores que están transformando el agro dominicano: ¿quiénes son?

Durante años, hablar del campo dominicano estuvo asociado principalmente con producción, cosechas y comercialización de materias primas. Hoy, una nueva generación de empresarios está ampliando esa conversación. Son emprendedores que entienden la agricultura como un negocio que necesita tecnología, planificación, innovación, transformación y acceso a nuevos mercados.

Joven agricultora observa un campo de cultivo mientras sostiene una tableta en una finca agrícola.

Foto: Los jóvenes emprendedores del agro impulsan nuevas formas de producción mediante tecnología, innovación y prácticas sostenibles para fortalecer la agricultura dominicana.

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Manuel León Bisonó, fundador y CEO de LB Foods; Johanser Monegro, CEO de Altura Foods SRL; y Carlos Fernández, CEO de Huevos Don Papito, representan tres experiencias distintas dentro del ecosistema agroalimentario dominicano, pero comparten una misma visión: el futuro del agro no está únicamente en producir más, sino en producir mejor y encontrar nuevas formas de añadir valor.

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Sus modelos de negocio muestran cómo el sector comienza a moverse de una lógica tradicional hacia estructuras empresariales más sofisticadas, donde los datos, la tecnología, el procesamiento y la planificación tienen un papel cada vez más visible.

Convertir la tierra en una oportunidad para el capital

Para Manuel León Bisonó, uno de los principales desafíos está en lograr que la agricultura sea entendida también como una oportunidad de inversión profesional. Desde su experiencia en la producción de aguacate y en la estructuración de proyectos agrícolas, explica que el capital privado busca, ante todo, seguridad y claridad sobre dónde está colocando sus recursos. En el agro, esa confianza depende de que el proyecto pueda ser medido y comprendido.

Su apuesta con Blue Agro parte precisamente de esa necesidad: estructurar y operar proyectos agrícolas para inversionistas con información suficiente para evaluar el terreno, el agua, las condiciones meteorológicas, la temperatura y el comportamiento esperado del cultivo.

“La agricultura se ha vuelto una industria muy financiera”, enfatiza al señalar que el reto consiste en reducir la incertidumbre que históricamente ha acompañado las inversiones agrícolas.

La fórmula, en su visión, pasa por profesionalizar la gestión. Antes de sembrar, hay que conocer las condiciones del proyecto, calcular los riesgos, establecer un modelo financiero y determinar qué cultivo puede ofrecer mejores posibilidades.

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En otras palabras, una finca deja de ser únicamente tierra productiva para convertirse en un activo que requiere planificación, información y una estrategia de negocio.

Del campo al punto de venta

La experiencia de Johanser Monegro refleja otra transformación: la evolución de un productor agrícola hacia un modelo integrado capaz de desarrollar productos con valor agregado. Desde Constanza, Altura Foods ha construido su propuesta sobre cultivos como papa, zanahoria y cebolla, pero con una diferencia fundamental: la producción ya no comienza con la idea de sembrar para luego buscar un comprador. La planificación del mercado forma parte del proceso desde el inicio.

Monegro explica que la empresa trabaja con campos experimentales para identificar variedades que respondan tanto a las condiciones climáticas como a las exigencias del mercado. De esta manera, la decisión sobre qué sembrar está vinculada con el producto que posteriormente llegará al consumidor.

Ese cambio parece sencillo, pero representa una ruptura con la lógica tradicional de producir, cosechar y vender.

La tecnología también forma parte de esa evolución. El uso de drones, sistemas de siembra de precisión y maquinaria agrícola permite controlar mejor los procesos y utilizar los recursos de manera más eficiente. En el caso de las zanahorias, por ejemplo, la siembra neumática permite determinar con mayor precisión la cantidad de semillas necesaria por área y ajustar la producción a las diferentes temporadas.

La transformación continúa después de la cosecha. El almacenamiento, la recepción de mercancías y la logística forman parte de una estructura diseñada para garantizar disponibilidad durante todo el año y responder a las necesidades de los clientes. El resultado es un modelo donde campo, tecnología, almacenamiento, logística y mercado funcionan como partes de una misma cadena.

Cuando el desperdicio se convierte en valor

La historia de Huevos Don Papito muestra otra vía para transformar el agro. Carlos Fernández explica que su empresa comenzó a desarrollar huevos líquidos pasteurizados hace casi dos décadas. El objetivo era aprovechar productos que no necesariamente podían llegar a los supermercados por su tamaño, pequeñas fisuras o condiciones de presentación y convertirlos en materia prima para una nueva categoría de productos. La transformación modificó por completo la lógica del negocio.

En lugar de competir únicamente con el precio del huevo como commodity, la empresa comenzó a vender una solución para sus clientes: un producto listo para utilizar, que reduce procesos, tiempo de preparación y determinados riesgos asociados con la manipulación. Ahí aparece una de las claves del emprendimiento agroalimentario: el valor no siempre está en producir una mayor cantidad de materia prima, sino en saber qué hacer con ella después.

La apuesta tecnológica también ha sido determinante. Nuevas maquinarias y mayores capacidades de procesamiento han permitido a la compañía ampliar sus posibilidades y convertirse en un referente regional en esta categoría, al punto de despertar el interés de empresas en países como Guatemala, Colombia y Argentina.

Para Fernández, esta transformación también abre una puerta hacia la internacionalización. Un país que procesa sus materias primas tiene mayores posibilidades de competir en mercados externos que uno que se limita a exportarlas sin agregar valor.

El consumidor también está cambiando

La transformación no ocurre únicamente en el campo. También responde a un consumidor más informado y exigente. Monegro señala que las nuevas generaciones de consumidores prestan mayor atención a lo que comen, cómo se produce, qué ingredientes contiene un producto y qué hay detrás de su elaboración. Esa evolución obliga a las empresas agroalimentarias a pensar más allá de la materia prima y desarrollar productos que respondan a nuevas necesidades: conveniencia, frescura, facilidad de preparación y confianza.

La papa, por ejemplo, puede dejar de ser únicamente un producto de la canasta básica para convertirse en alimentos precocidos, congelados o preparados para distintos usos. Pero para que esa transformación sea sostenible, el proceso debe comenzar mucho antes: desde la selección de la variedad y la planificación de la siembra. De ahí que innovación agrícola e innovación comercial estén cada vez más conectadas.

El próximo salto

Producir más, exportar más o transformar más no son necesariamente caminos excluyentes. Para estos empresarios, las tres dimensiones forman parte de una misma ecuación.

Sin producción suficiente no existe materia prima para transformar. Sin transformación, resulta más difícil capturar valor y competir internacionalmente. Y sin una estrategia comercial clara, incluso una buena producción puede quedar expuesta a la volatilidad de los precios.

Fernández resume una de las principales oportunidades del sector en la transformación. Exportar materias primas significa estar expuesto a las fluctuaciones de los commodities; transformar permite convertir esa volatilidad en productos con mayor valor agregado y con posibilidades de comercialización tanto dentro como fuera del país.

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La apuesta, por tanto, no termina en la finca. Requiere desarrollar canales de distribución, procesos industriales, marcas y productos capaces de competir en mercados cada vez más exigentes.

Las experiencias de León Bisonó, Monegro y Fernández muestran que el emprendimiento agroalimentario dominicano está ampliando sus fronteras. El desafío ahora es escalar esas experiencias. Que la tecnología llegue a más productores, que la inversión encuentre proyectos bien estructurados, que la transformación genere nuevas industrias y que la producción dominicana pueda competir con mayor fuerza fuera de sus fronteras.

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