¿Están relacionados los terremotos recientes en Sudamérica?
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Efecto dominó sísmico? La verdad científica sobre la ola de temblores en Venezuela, Colombia y Perú

Durante las últimas semanas, Sudamérica ha vuelto a mirar hacia el subsuelo. Venezuela, Colombia y Perú han registrado terremotos de magnitud considerable en un periodo relativamente corto, una coincidencia que rápidamente alimentó una pregunta en redes sociales y conversaciones cotidianas ¿están relacionados estos movimientos? ¿Podría un terremoto estar provocando otro a cientos o miles de kilómetros de distancia?

Mapa de Sudamérica con zonas sísmicas resaltadas en rojo, ondas de terremoto y alertas de riesgo sobre Venezuela, Colombia y Perú.

Foto: Representación gráfica de actividad sísmica en Sudamérica y del monitoreo de terremotos en Venezuela, Colombia y Perú.

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No existe evidencia de que los recientes terremotos formen una especie de cadena sísmica que avance por Sudamérica. Los especialistas consultados por organismos sismológicos insisten en que cada evento debe analizarse de acuerdo con su ubicación, profundidad, magnitud y origen tectónico.

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La sensación de que existe una secuencia tiene, sin embargo, una explicación. En pocos meses se produjeron eventos importantes en distintos puntos de una región que, por su propia geología, concentra una intensa actividad sísmica.

Tres países, tres historias geológicas

Venezuela fue escenario de uno de los episodios más graves. El 24 de junio, dos terremotos de magnitud superior a 7 sacudieron el norte del país con apenas un minuto de diferencia. Los movimientos provocaron una emergencia de enormes proporciones y, con el paso de las semanas, las autoridades actualizaron el balance de víctimas hasta superar las 6.000 personas.

El impacto no dependió únicamente de la magnitud. La vulnerabilidad de las edificaciones, las características del terreno y las condiciones de infraestructura también influyeron en el nivel de destrucción. Una evaluación del Banco Mundial estimó posteriormente daños físicos directos por unos US$19.600 millones y advirtió que el costo de reconstrucción podría ser considerablemente mayor.

Colombia vivió otro episodio significativo el 10 de agosto. Un sismo de magnitud 7,4 tuvo su epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a una profundidad de aproximadamente 103 kilómetros. El Servicio Geológico Colombiano lo calificó como el mayor sismo registrado en el país durante el siglo XXI y explicó que el movimiento fue sentido en amplias zonas, incluso en países vecinos.

El terremoto también dio paso a una importante secuencia de movimientos posteriores. Para el 31 de agosto, la Red Sismológica Nacional de Colombia había registrado 1.340 sismos en Chocó desde el terremoto principal. El organismo explicó que una parte de estos movimientos presenta características compatibles con réplicas, mientras continúa estudiando otros comportamientos sísmicos detectados en la zona.

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Perú se sumó a esta sucesión de eventos el 20 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 6,7 ocurrió en la zona central del país, cerca de Aniso, en los Andes. El foco se ubicó a unos 99 kilómetros de profundidad. Aunque el movimiento fue suficientemente fuerte para generar preocupación y llevar a muchas personas a salir de sus viviendas, no se reportaron daños importantes ni víctimas inmediatamente después.

La placa de Nazca explica buena parte del mapa

Para entender por qué estos países registran una actividad sísmica importante hay que mirar debajo de la superficie. Colombia y Perú forman parte de una de las regiones sísmicamente más activas del planeta, en buena medida por la interacción entre las placas tectónicas y, especialmente, por la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana.

En términos sencillos, una placa se introduce lentamente por debajo de otra. Ese proceso acumula esfuerzos durante largos periodos y, cuando las rocas liberan parte de esa energía, se produce un terremoto.

La configuración de Colombia es todavía más compleja, ya que en su territorio interactúan las placas de Nazca, Sudamericana y Caribe. Esta particular geología explica la presencia de varias zonas con actividad sísmica frecuente, entre ellas el conocido nido sísmico de Bucaramanga.

Entonces, ¿puede un terremoto provocar otro?

Aquí es donde suele surgir la mayor confusión. Un gran terremoto sí puede modificar temporalmente las condiciones de esfuerzo en las rocas cercanas a la zona afectada. En determinadas circunstancias, estos cambios pueden favorecer la aparición de réplicas o influir en otras estructuras geológicas próximas.

Sin embargo, llevar ese fenómeno hasta el punto de hablar de una cadena que conecte terremotos separados por cientos o miles de kilómetros es algo muy distinto.

El Instituto Geofísico del Perú fue claro después del terremoto de Colombia. El hecho de que varios sismos ocurran en diferentes lugares de Sudamérica durante un periodo cercano no significa necesariamente que estén relacionados. Cada evento requiere un análisis individual que considere factores como la profundidad, la ubicación y el mecanismo tectónico.

En la misma línea, el Servicio Geológico Minero Argentino y el Instituto Nacional de Prevención Sísmica señalaron que la actividad sísmica registrada recientemente en el norte de Sudamérica no constituye un indicador de que vaya a producirse un evento similar en Argentina.

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Lo que sí debería preocupar

Descartar un supuesto “efecto dominó” no significa que el riesgo sísmico sea menor. Al contrario, la sucesión reciente sirve como recordatorio de que buena parte de Sudamérica se encuentra sobre territorios donde los terremotos forman parte de la dinámica natural del planeta.

También conviene recordar que un terremoto no se convierte en una catástrofe únicamente por su magnitud. La profundidad, la distancia al epicentro, el tipo de suelo y, especialmente, la calidad de las construcciones pueden marcar una diferencia enorme entre experimentar un movimiento fuerte y enfrentar una tragedia.

La experiencia reciente de Colombia lo demuestra. El terremoto de magnitud 7,4 ocurrió a más de 100 kilómetros de profundidad, una característica que influyó en la forma en que se propagó el movimiento. En Perú ocurrió algo similar con el sismo de agosto, también profundo, lo que ayuda a explicar por qué un evento de magnitud 6,7 no produjo daños proporcionales a la alarma que generó.

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