«Aún dormimos en la calle»: La cruda realidad de Colombia a 30 días del letal terremoto
Un mes después del sismo de magnitud 7,4 que sacudió al país, miles de familias continúan fuera de sus hogares. La emergencia dejó atrás la carrera contra los escombros y abrió un desafío mucho más prolongado, el de reconstruir comunidades enteras y recuperar una estabilidad que podría tardar años en llegar.
Foto: Los terremotos pueden dejar efectos prolongados en las comunidades afectadas, desde daños estructurales hasta cambios en la vida cotidiana de miles de personas. Los sistemas de alerta y monitoreo buscan reducir riesgos y mejorar la respuesta ante futuras emergencias.
Con epicentro en San José del Palmar, Chocó, el movimiento telúrico estremeció buena parte del occidente colombiano y dejó una escena que, treinta días después, todavía permanece en muchos lugares. Viviendas destruidas, edificios acordonados, familias refugiadas en carpas y comunidades enteras intentan recuperar una normalidad que cambió en cuestión de segundos.
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El balance más reciente de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) registra 331 personas fallecidas y 4.505 heridas. A esto se suman 36.326 viviendas destruidas y otras 202.002 averiadas. El impacto alcanzó a 16 departamentos y 498 municipios, con más de 466.000 personas afectadas.
Cuando volver a casa ya no es una opción
Para miles de personas, regresar a casa dejó de ser sinónimo de recuperar la rutina. En muchos casos, implica enfrentarse a una estructura que ya no ofrece garantías de seguridad o permanecer fuera de ella mientras las autoridades determinan si puede volver a ser habitable.
En Cali, Pereira y distintos municipios del Pacífico colombiano, los damnificados han pasado semanas en albergues, carpas, parques o viviendas de familiares. En algunos sectores de Pereira, incluso llegaron a dormir en la calle frente a sus propiedades por temor a nuevos colapsos. En Quibdó, residentes de barrios afectados también han tenido que pasar las noches en la vía pública o regresar a inmuebles deteriorados ante la falta de alternativas.
A esta situación se suma el costo de encontrar un nuevo lugar donde vivir. En Cali, algunas personas afectadas han denunciado dificultades para conseguir vivienda en alquiler, mientras que determinadas zonas registraron incrementos en los precios después del sismo. La emergencia, por tanto, no solo dejó daños materiales, sino que también complicó las posibilidades de quienes necesitan comenzar de nuevo.
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El impacto también alcanza la salud emocional. La pérdida no se limita a paredes, muebles o documentos. Para muchas personas, el espacio que durante años representó seguridad dejó de serlo en cuestión de segundos, dejando una sensación de incertidumbre que permanece incluso después de que termina la emergencia inmediata.
El Pacífico quedó todavía más expuesto
El desastre golpeó a una región que ya enfrentaba profundas dificultades sociales y de infraestructura. En Chocó, uno de los territorios más afectados, la crisis puso nuevamente en evidencia problemas que existían mucho antes del movimiento telúrico, entre ellos la pobreza, las dificultades para acceder a servicios básicos, la vulnerabilidad de las construcciones y las grandes distancias que separan a numerosas comunidades de los centros de salud.
Médicos Sin Fronteras ha advertido que, en comunidades de Buenaventura, Quibdó y zonas rurales del departamento, todavía hay hogares que permanecen en espacios inseguros porque no cuentan con otro lugar al cual trasladarse. Algunas edificaciones conservan sus fachadas, pero presentan daños internos, grietas y estructuras improvisadas que dificultan determinar cuándo será posible volver a habitarlas.
La situación sanitaria tampoco terminó con el retiro de los equipos de rescate. Personas con enfermedades crónicas han enfrentado dificultades para mantener sus tratamientos, mientras la salud mental comienza a adquirir mayor relevancia entre las consecuencias menos visibles de la tragedia.
Ansiedad, estrés postraumático e hipervigilancia forman parte del panorama identificado por los equipos humanitarios. En una evaluación reciente, Médicos Sin Fronteras encontró incluso casos que requirieron remisión psiquiátrica urgente, una señal de que las secuelas del desastre van mucho más allá de los daños que pueden observarse a simple vista.
Reconstruir será mucho más caro que rescatar
Si las primeras semanas estuvieron marcadas por la búsqueda de sobrevivientes y la atención de la emergencia, el siguiente capítulo estará definido por la magnitud de la recuperación.
Una evaluación conjunta del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y entidades colombianas estimó en 42,1 billones de pesos los daños económicos directos en estructuras, además de unos 16,9 millones de metros cúbicos de escombros. Las cifras muestran que el desafío supera ampliamente la reparación de hogares y alcanza también a la infraestructura, los servicios públicos, los establecimientos educativos, los centros de salud, las vías y los espacios comunitarios.
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Ante este escenario, el Gobierno ha planteado una estrategia de recuperación que podría extenderse durante al menos cinco años y contempla una inversión superior a los 30 billones de pesos. Como parte de este plan, también creó el Fondo Milagro, concebido como un mecanismo para canalizar recursos destinados a las labores de reconstrucción.
El reto, ahora, no consiste únicamente en levantar nuevamente las estructuras dañadas. También implica devolverles a miles de personas la posibilidad de sentirse seguras en el lugar que llaman hogar y reconstruir las condiciones necesarias para que las comunidades puedan retomar su vida cotidiana.
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