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Pérdida visual: alerta creciente en Latinoamérica

La pérdida visual vinculada a enfermedades de retina se ha convertido en uno de los desafíos sanitarios y económicos más subestimados de América Latina. Entre 2017 y 2023, este deterioro de la visión le costó a la región 12,900 millones de dólares en productividad perdida, de acuerdo con un análisis reciente del instituto alemán WifOR. Aunque las cifras ya son alarmantes, el panorama podría agravarse significativamente si no se actúa con rapidez. 

Hombre de espaldas observando una cartilla optométrica borrosa en un consultorio, con un reloj desenfocado en la pared.
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Según las proyecciones del informe, los costos podrían superar los 3,100 millones de dólares anuales para 2027, impulsados por el envejecimiento poblacional y el incremento de enfermedades crónicas como la diabetes. Para los especialistas, este escenario exige replantear la manera en que los gobiernos abordan la salud visual, especialmente en personas en edad productiva.

Enfermedades silenciosas que frenan la productividad

El Edema Macular Diabético (EMD) y la Degeneración Macular Relacionada con la Edad (DMRE) representan dos de las principales causas de discapacidad visual en la región. Aunque no son patologías mortales, su impacto social y económico es profundo. 

“El EMD afecta sobre todo a personas en edad productiva y es hoy la causa principal de ceguera en países en desarrollo”, señaló el oftalmólogo Sebastián Arellano, quien advierte que la sociedad suele subestimar estas enfermedades. La percepción errónea de que “no son graves” por no poner en riesgo la vida crea un terreno fértil para el diagnóstico tardío. 

Pero la realidad es contundente: la pérdida visual reduce años de vida saludable, limita la capacidad para trabajar y genera un efecto estructural en las economías nacionales. Así lo confirma Luis Durango, gerente asociado de Políticas de Salud para América Latina en Roche: “Las enfermedades visuales generan una pérdida de productividad inmensa”. 

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El diagnóstico tardío: donde se define el futuro del paciente

Uno de los problemas más críticos en la región es la demora en la detección. “Muchos pacientes viven siete años con diabetes antes de recibir el diagnóstico”, explicó Arellano. Ese retraso es decisivo. 

La mácula (estructura formada por neuronas responsables de la visión fina) no se regenera. Por eso, cuando el tratamiento inicia tarde, el margen terapéutico se reduce casi por completo, generando daños irreversibles. 

La consecuencia económica es evidente: 

  • Entre 2024 y 2027, la región podría perder 11,100 millones de dólares adicionales por enfermedades de retina. 
  • Solo en 2023, la cifra alcanzó los 2,500 millones de dólares. 
  • Para 2027, la pérdida anual puede superar los 3,100 millones. 

Como resume Durango: “Son más de 12.000 millones en siete años, casi el 3 % del PIB regional anual”. 

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Terapias innovadoras: alivio para pacientes y sistemas saturados

Aun con la gravedad del escenario, los especialistas coinciden en que existen herramientas para revertir la tendencia. Arellano destaca que las terapias más recientes permiten espaciar las aplicaciones, manteniendo su efectividad. 

Ocho de cada diez pacientes requieren solo una inyección cada tres o cuatro meses”, detalló.

Con menos visitas, mejora la adherencia, disminuye el costo de traslado y se reduce la saturación en los servicios de salud. Desde una perspectiva económica, la innovación también genera retornos significativos. De acuerdo con Durango, estas terapias pueden ofrecer entre cuatro y ocho veces de retorno por cada dólar invertido, siempre que la adherencia se mantenga por encima del 70 %.

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Invertir mejor: una hoja de ruta para los gobiernos 

El análisis de WifOR subraya que reforzar el tamizaje, la detección temprana y los programas de adherencia podría disminuir entre 10 % y 20 % la carga futura de discapacidad visual en la región. Esta reducción equivaldría a evitar pérdidas de 300 a 600 millones de dólares en los próximos años. 

“Los gobiernos ya tienen evidencia suficiente para replantear su enfoque presupuestal”, asegura Durango. “La salud visual debe pasar de ser vista como un gasto corriente a convertirse en una inversión estratégica”. 

Arellano coincide: las decisiones deben tomarse antes de que el daño se vuelva irreversible. “Nunca es normal perder visión a ninguna edad. Si no priorizamos estas enfermedades, el costo económico será inmanejable”, concluyó.

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