Guillermo del Toro y el difícil rodaje de El laberinto del fauno
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Guillermo del Toro: «El laberinto del fauno» fue la segunda peor experiencia de mi vida

Hay películas que parecen imposibles de hacer. Producciones que, vistas desde fuera, terminan convertidas en clásicos modernos, pero que detrás de cámaras fueron una batalla constante contra el tiempo, el dinero y la incertidumbre. Para Guillermo del Toro, El laberinto del fauno pertenece exactamente a esa categoría.

Guillermo del Toro sonriente durante una conferencia, con una imagen de la película "El laberinto del fauno" proyectada detrás de él.

Foto: Guillermo del Toro hablando sobre los retos de dirigir "El laberinto del fauno".

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Dos décadas después del estreno de la cinta que redefinió la fantasía oscura en el cine contemporáneo, el director mexicano regresó al Festival de Cannes para presentar una restauración en 4K de la película. Allí sorprendió al público al admitir que realizarla fue “la segunda peor experiencia” de su vida como cineasta.

La confesión llamó la atención porque hoy la película es considerada una obra maestra moderna. Lo que para millones de espectadores representa una experiencia visual hipnótica y profundamente humana, para Del Toro estuvo marcado por obstáculos financieros, problemas técnicos y una presión creativa casi insoportable.

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Una película que nadie quería financiar

Cuando Guillermo del Toro comenzó a desarrollar el proyecto a inicios de los 2000, el panorama estaba lejos de ser alentador. La industria veía con dudas una historia ambientada en la España franquista de 1944 que mezclaba horror, fantasía y drama político. No encajaba en las fórmulas comerciales más seguras de la época ni parecía una apuesta sencilla para Hollywood.

El propio director recordó recientemente que la preproducción fue extremadamente complicada porque “nadie quería financiarla”. Y, en cierto modo, tenía lógica. La película apostaba por criaturas prostéticas, maquillaje artesanal y escenarios físicos en un momento en el que los estudios comenzaban a depender cada vez más de los efectos digitales.

Del Toro insistía en mantener una estética tangible, casi orgánica, donde los monstruos parecieran existir realmente frente a cámara. Pero esa decisión elevó los costos y convirtió cada detalle creativo en un reto constante para la producción.

Todo lo que podía salir mal, salió mal

Las dificultades no terminaron ahí. Durante el rodaje, prácticamente cada etapa estuvo acompañada de problemas, desde retrasos hasta complicaciones técnicas y tensiones propias de una filmación ambiciosa.

“Todo lo que podía salir mal, salió mal”, recordó el cineasta al hablar del proceso. Aun así, siguió adelante impulsado por una idea muy clara: contar una historia sobre la inocencia enfrentándose al horror humano.

Esa visión terminó dando forma a uno de los universos visuales más reconocibles del cine fantástico contemporáneo. La película sigue a Ofelia, interpretada por Ivana Baquero, una niña que encuentra refugio en un mundo de criaturas fantásticas mientras lidia con la brutalidad de la posguerra española y la presencia amenazante del capitán Vidal, interpretado por Sergi López.

Precisamente esa mezcla entre cuento de hadas y violencia histórica fue una de las razones por las que la película conectó tan profundamente con el público.

Cannes y la ansiedad antes del reconocimiento

Hoy cuesta imaginarlo, pero Del Toro llegó al Festival de Cannes de 2006 lleno de ansiedad. Según contó recientemente, la película prácticamente aterrizó “justo a tiempo” para su presentación oficial.

El director incluso temía una recepción fría. Muchos periodistas ya habían abandonado el festival y existía incertidumbre sobre cómo reaccionaría el público ante una propuesta tan distinta a lo que dominaba el panorama comercial de aquel momento.

Sin embargo, tras la proyección, «El laberinto del fauno» recibió una ovación de pie de más de 20 minutos, considerada una de las más largas en la historia del festival.

Del Toro recordó ese momento con humor, aunque también admitió cierta incomodidad. Explicó que nunca se ha sentido del todo cómodo con la adulación pública y que incluso le costaba “dejar entrar el amor”, como le aconsejó entonces el también director Alfonso Cuarón.

La película que cambió su carrera

Aunque ya había dirigido títulos como Cronos, Blade II y Hellboy, fue «El laberinto del fauno» la obra que terminó consolidándolo como uno de los grandes autores del cine contemporáneo.

La película ganó tres premios Oscar y se convirtió en un fenómeno global gracias a su mezcla de sensibilidad emocional, terror visual y comentario político. Pero, más allá de los premios, confirmó algo que desde

entonces quedó profundamente ligado al sello de Del Toro: su capacidad para encontrar humanidad incluso en los monstruos.

A diferencia del terror más convencional, sus criaturas rara vez existen solo para provocar miedo. En el universo del director mexicano, el verdadero horror suele venir de los seres humanos. El capitán Vidal, por ejemplo, continúa siendo uno de los villanos más perturbadores del cine moderno precisamente porque representa una crueldad completamente real.

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Una película más vigente que nunca

Durante su regreso a Cannes este año, Del Toro también reflexionó sobre el momento que atraviesan el arte y la cultura. El director señaló que películas como «El laberinto del fauno» siguen siendo relevantes porque hablan de resistencia, imaginación y desobediencia frente a los discursos autoritarios.

Además, defendió el trabajo artesanal en una época marcada por herramientas automatizadas y tecnologías generativas. En cierto modo, esa postura resume perfectamente el espíritu de la película.

Se trata de una obra creada contra todas las probabilidades, sostenida por la obsesión de un director que decidió proteger su visión incluso cuando todo parecía derrumbarse alrededor. Y quizá por eso, veinte años después, «El laberinto del fauno» sigue sintiéndose tan viva. Porque detrás de cada criatura fantástica, cada pasillo oscuro y cada escena brutal, permanece algo profundamente humano: la necesidad de contar una historia en la que nadie más parecía creer.

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