Il signore del vino e delle pizze
Giuseppe “Peppino” Bonarelli Pascale arribó recientemente a sus ocho décadas de vida. Tras de sí hay una historia que empieza mucho antes de que él naciera, y da cuenta de una familia migrante italiana que echó raíces en suelo dominicano hasta hacerlo suyo.
Foto: Giuseppe Bonarelli Pascale, conocido con afecto como “Peppino”, es un visionario de espíritu emprendedor que ha sabido marcar el rumbo de una trayectoria empresarial ejemplar. Su capacidad para anticipar oportunidades y transformar ideas en proyectos sólidos lo convirtió en el artífice de una historia de éxitos que, aún hoy, continúa expandiéndose y multiplicándose con vigor.
La saga de los Bonarelli Pascale inicia con un inmigrante napolitano que cruzó el Atlántico en plena posguerra, se paró en el malecón de Santo Domingo y, al notar el parecido de aquel mar y su paisaje circundante con el que veía desde el volcán Vesubio, en su Nápoles natal, decidió quedarse.
Ese hombre era Annibale Bonarelli Izzo, padre de nuestro protagonista y sus cuatro hermanos, y fue esa decisión la que marcó el destino de tres generaciones de visionarios emprendedores, hombres de negocios.
Giuseppe «Peppino» Bonarelli Pascale heredó de su padre la convicción de que el buen trato al cliente y la disciplina del trabajo duro son los pilares que construyen apellidos destinados a trascender.
Con esa filosofía levantó El Catador, la distribuidora que enseñó a toda una nación a descubrir y valorar el mundo del vino, y dio vida a Pizzarelli, hoy convertida en una de las cadenas de pizzerías más emblemáticas y reconocidas de República Dominicana.
Hoy en día, con sus cuatro hijos al frente de las empresas familiares, don «Peppino» Bonarelli mira hacia atrás con la misma frase que ha repetido toda su vida: «hay que compartir lo que uno recibe, porque en la medida en que se da, así se recibe».
De las laderas del Vesubio al malecón, la saga de los Bonarelli

Don Annibale, cariñosamente llamado «Nono» por sus nietos, nació en Nápoles el 2 de julio de 1946; al terminar la Segunda Guerra Mundial, emigró primero a Nueva York, donde trabajaba para enviar dinero a su esposa, Immacolata Pascale, y a los hijos de la pareja.
Cuando estuvo en Nueva York, un amigo le comentó que en República Dominicana no había una cultura de restaurantes de comida internacional. Bonarelli Izzo viajó a comprobarlo, tomó una decisión que cambiaría su destino, se quedó y abrió en la avenida George Washington un emblemático restaurante al que bautizó como «El Vesuvio».
“Vesuvio” es la forma italiana del nombre del volcán (en italiano se dice Vesuvio, no Vesubio). Al ser un inmigrante napolitano fundando su negocio en un país nuevo, mantener la grafía italiana pudo ser una forma de conservar su identidad y su origen dentro del nombre del restaurante.
Como toda familia de inmigrantes que debía ganarse un espacio a pulso, los recién llegados Bonarelli Pascale involucraron a sus hijos en el negocio desde pequeños. Por eso Peppino no llegó a una casa, sino a un restaurante: ahí pasó su infancia y adolescencia completas, rodeado de empleados, aprendiendo del trato con comensales que, según recuerda, eran lo más selecto del empresariado, la política y la vida profesional dominicana de la época.

Antes de convertirse en empresario, «Peppino» cursó una educación poco convencional para quien terminaría fundando una de las distribuidoras de vino más importantes del país.
Su madre lo envió a estudiar agricultura a Moca, una experiencia de dos años que él mismo describe como una gran escuela de vida. Aprendió a manejar un tractor antes que un automóvil.
Después llegaron cursos de mecánica y ebanistería, y finalmente los estudios formales en el Colegio Don Bosco y el Calasanz, en Santo Domingo. “Mi universidad, mi maestría y mi doctorado han sido en la universidad de la vida”, suele decir.
En la familia Bonarelli Pascale, Giuseppe «Peppino» es el segundo de cinco hermanos: Enzo, el mayor, luego el propio Giuseppe; después María; Gaetano; y finalmente Rosario, la única nacida ya en suelo dominicano.
El Catador y cómo comprar vinos para el restaurante familiar cambió su destino
Mientras atendía El Vesuvio y compraba los vinos que se servían en el restaurante de su padre, «Peppino» empezó a notar algo que le llamó la atención: los dominicanos apenas tenían cultura del vino. Quienes probaban una copa de tinto o de seco, cuenta, “arrugaban la cara” ante un sabor al que no estaban acostumbrados.
En lugar de ver ahí un obstáculo, Giuseppe observó una oportunidad, misma que, según él, define a un buen empresario: «Siempre hay una apertura, sobre todo en un país de oportunidades como República Dominicana».

Así nació, en 1976, “El Catador”, una distribuidora de vinos que abrió sus puertas en la avenida Lope de Vega con apenas cinco empleados. Poco después se mudó a un solar que «Peppino» le compró a su madre, doña Immacolata, por cinco mil pesos.
En 1978 llegó el golpe que definiría a la empresa: la representación de Concha y Toro con su etiqueta insignia, Casillero del Diablo, proveniente de Chile, que empezó a ganar terreno rápidamente en el gusto del consumidor dominicano. El Catador fue también pionero en organizar cursos de vino para clientes y programas de formación de sumilleres, sembrando de forma deliberada una cultura enológica que antes no existía en el país.
Con los años, la empresa se consolidó como importadora exclusiva de etiquetas internacionales de peso, entre ellas Marqués de Riscal, Robert Mondavi, Kendall Jackson, Louis Latour, Penfolds y S. Pellegrino; además, sumó competidores como Reni (2002) y Villalba (2007) a su operación.
En 2003 nació La Gran Cata de El Catador, el evento enológico más importante del país. En 2006 estrenó nuevas instalaciones con una Sala de Catas propia.
En 2026 El Catador y Moët Hennessy formalizaron una alianza estratégica que busca transformar el mercado de bebidas premium en la República Dominicana. “Esto no es un simple acuerdo comercial, es la consolidación de una obsesión de cincuenta años por lo extraordinario”, afirmó Bonarelli.
Con esta alianza, El Catador asume la distribución exclusiva de gran parte del portafolio de Moët Hennessy en el país, incluyendo reconocidas marcas internacionales como Dom Pérignon, Moët & Chandon, Veuve Clicquot, Ruinart, Krug, Hennessy, Belvedere y Glenmorangie, entre otras.

De un wine bar, al nacimiento de Pizzarelli
No todos los negocios de «Peppino» nacieron exitosos desde el primer día, y esa es quizás una de las historias más humanas de su trayectoria empresarial. En 1982 abrió un wine bar en Plaza Naco, un concepto que “estaba adelantado a su tiempo”. Era un lugar agradable, pero no era rentable: durante el día, la plaza recibía sobre todo a familias con niños pequeños que no tenían mayor interés en catar vinos.
Fue su padre, don Annibale, quien le dio la idea que terminaría cambiando el rumbo del negocio. Al ver que esas familias circulaban por el lugar a diario, le sugirió instalar un pequeño horno dentro del wine bar. «Peppino» empezó entonces a elaborar pizzas con recetas propias inspiradas en las que había comido de niño en el restaurante familiar, y a venderlas por pedazos.
La fórmula funcionó, el local empezó a captar clientela tanto de día como de noche. La demanda de pizza creció tan rápido que, apenas un mes después, Peppino tomó una decisión de cerrar el bar de vinos por completo y abrió en su lugar lo que hoy se conoce como Pizzarelli.
Desde su origen, Pizzarelli ha competido al más alto nivel con cadenas internacionales mucho más grandes, manteniéndose entre las primeras posiciones del gusto en el mercado dominicano de pizzas.
Su huella en las páginas de revista Mercado
La trayectoria de «Peppino» Bonarelli no solo se cuenta de boca en boca dentro del sector empresarial dominicano, ésta ha quedado documentada a lo largo de más de dos década en las publicaciones de revista Mercado, cada una con un enfoque particular sobre su figura y la de su familia.
Destacan en “Los Sucesores: Business must go on…”, dentro de la edición Empresas Admiradas, que retrató al Grupo Bona en pleno proceso de relevo generacional. Allí, con «Peppino» ya como presidente del Consejo de El Catador, Bona y Terra a sus 68 años, la revista presentó a sus cuatro hijos (Annibale, Giuseppe, Piero y Giovanni Bonarelli Schiffino) asumiendo roles ejecutivos en las distintas unidades del grupo.
La cita que resume su filosofía de sucesión quedó consignada en esa misma edición: “Lo más importante es el ejemplo y después la disciplina; luego, dejar que los hijos hagan”.
Otra pieza es la publicada en la serie “Hombres de Éxito”, en la cual se presentó un perfil más extenso e íntimo de «Peppino» Bonarelli, una entrevista a fondo sobre su infancia en El Vesuvio, su llegada al negocio del vino, sus anécdotas familiares y su filosofía empresarial, ilustrada con fotografías de época atendiendo el restaurante familiar en los años sesenta.
En ese texto aparece una de sus frases más citadas: “Hay que saber compartir lo que la vida te da. En la medida en que des, así recibirás”.
En la edición especial “Tributo a los Fundadores”, aparece con un reportaje de carácter más institucional que reconstruyó la genealogía completa de la familia Bonarelli Schiffino (desde Annibale Bonarelli Izzo e Immacolata Pascale hasta la generación de nietos) y detalló, año por año, los hitos societarios de El Catador y el Grupo Bona: su fundación en 1976, la apertura del wine bar en 1982, la adquisición de Reni en 2002, el lanzamiento de La Gran Cata en 2003, la inauguración de nuevas instalaciones en 2006 y la adquisición de Villalba en 2007.

La sucesión que «Peppino» construyó con paciencia
“Peppino” Bonarelli ha sido explícito sobre cómo entiende la sucesión. “Me puse la meta de desprenderme de los negocios. Un día llegué a la oficina, no tenía nada que hacer y me dije a mí mismo: llegó el momento”. Esa frase resume una decisión poco común entre fundadores latinoamericanos que suelen resistirse a soltar el control de lo que construyeron.
Hoy ocupa la presidencia del Consejo del grupo. Al frente de El Catador están sus hijos Giuseppe y Piero Bonarelli Schiffino, quienes se han encargado de mantener y expandir el liderazgo de la distribuidora en el mercado del vino.
La rama maderera del grupo, “Terra”, dedicada a la producción y comercialización de teca australiana, está bajo la dirección de Annibale, el mayor de los hermanos, quien antes de asumir ese proyecto pasó 12 años como gerente general de Bona. Giovanni, el menor de los hermanos, es un apasionado de las finanzas, área en la cual desarrolla una exitosa práctica profesional.
«Peppino» tuvo a sus cuatro hijos con su esposa, Rosina Schiffino, a quien reconoce como una pieza clave de su historia: “Juntos formamos nuestro gran negocio de éxito: nuestros cuatro hijos”.
El patriarca asegura disfrutar hoy de un rol más ligero dentro de las empresas que fundó: “Llego a la oficina y en 10 minutos estudio el reporte que me tienen mis hijos. Antes demoraba horas en leerlo”.
El amor al arte, las palmas y la vida fuera de los negocios
Detrás del empresario que popularizó el vino e instituyó un negocio de venta de pizza, hay un hombre con pasiones que pocas veces aparecen en los balances corporativos.

«Peppino» es un apasionado coleccionista de arte contemporáneo, la pintura y la escultura decoran las paredes de su oficina con una colección que, según quienes lo conocen, es tan nutrida como cuidada.
Es, junto con la pesca, actividad que disfruta especialmente en compañía de sus nietos, una de las facetas donde el fundador de El Catador se permite alejarse por completo del ritmo de los negocios.
Otra de sus pasiones más recientes es el cultivo, Bonarelli mantiene una finca dedicada al cultivo de distintas variedades de palmas (Hacienda Inmacolata, es una finca forestal, dedicada a la siembra de árboles maderables y palmas), un proyecto que combina su gusto por la tierra, heredado quizás de aquellos primeros años estudiando agricultura en Moca, con la paciencia de quien ha construido toda su vida a largo plazo.
Lamenta, eso sí, no haber tenido tiempo para dedicarse a la música, su hijo Giuseppe es guitarrista, y sus nietos estudian piano, guitarra y batería, por lo que bromea con que la familia terminará formando una orquesta completa.
Un legado que se mide en generaciones, no en balances
De su experiencia en un emblemático restaurante frente al mar a una distribuidora de vinos, de un wine bar que no daba números a una cadena de pizzerías que compite con marcas internacionales, de una empresa familiar a un grupo con dos generaciones activas, la trayectoria de Bonarelli Pascale confirma su propia definición del éxito: no se trata solo de construir empresas, sino de construir personas y de dejar un apellido que, al mencionarse, evoque calidad, tradición, trabajo y familia.
Sus consejos para los emprendedores de hoy resumen, quizás mejor que cualquier balance financiero, ochenta años de vida: “Lo primero es trabajar con alegría, saber dónde quieres llegar y ponerte metas claras. Trabajar duro, con seriedad, pasión y dedicación. En el trayecto habrá fracasos, pero esas son experiencias que se deben capitalizar. Hay que enfocarse en las fortalezas y en los éxitos, las debilidades deben ir en un segundo plano, pero no olvidarlas”.
Suscríbete a la revista y regístrate a nuestros newsletters para recibir el mejor contenido en tu buzón de entrada.
Seguir leyendo
Lo más visto en Revista Mercado
Análisis para suscriptores
Exclusivo Suscriptores
Cómo evitar que la fricción en los equipos termine afectando su desempeño
Exclusivo Suscriptores
El caso KitKat: cómo Nestlé convirtió un robo en una campaña premiada en Cannes Lions
Exclusivo Suscriptores
Kalshi destapa un caso de apuestas con información privilegiada sobre los discursos de Trump
Exclusivo Suscriptores
Quiénes son los nuevos multimillonarios que están transformando a China
Exclusivo Suscriptores