Confirman cómo es el interior de la Luna: este hallazgo cambia lo que sabíamos
Durante décadas, la Luna fue vista como un cuerpo celeste prácticamente inerte, frío, rocoso y geológicamente “muerto”. Sin embargo, la ciencia acaba de dar un giro inesperado a esa narrativa. Un reciente estudio internacional, respaldado por datos de la NASA y publicado en una de las revistas científicas más influyentes del mundo, confirma cómo es realmente el interior lunar. Y lo cierto es que no es tan simple como pensábamos.
Este descubrimiento no solo resuelve un misterio histórico, sino que también obliga a replantear parte de lo que sabíamos sobre la evolución del sistema solar.
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Un corazón sólido en el interior lunar
El hallazgo principal es claro. La Luna posee un núcleo interno sólido, muy similar, aunque más pequeño, al de la Tierra. Durante años, los científicos sospechaban de su existencia, pero no contaban con evidencia concluyente. Ahora, gracias a la combinación de modelos avanzados, mediciones sísmicas y datos gravitacionales, esa hipótesis queda confirmada.
Ese núcleo, compuesto principalmente de hierro, representa aproximadamente el 15 % del radio total de la Luna. Esto significa que, aunque desde fuera parezca un cuerpo estático, en su interior existe una estructura compleja, con capas diferenciadas y cierta dinámica interna.
Además, este hallazgo refuerza una idea clave. La Luna, en términos estructurales, se acerca más a planetas como la Tierra o Marte de lo que se pensaba, lo que sugiere que su formación fue mucho más violenta y energética.
Un interior más activo de lo esperado
Pero el núcleo no es lo único que llamó la atención de los científicos. El estudio también aporta nuevas pistas sobre el comportamiento del manto lunar, la capa intermedia entre el núcleo y la corteza.
Lejos de estar completamente inactivo, en su interior se producen movimientos lentos pero constantes. Los materiales más densos tienden a descender, mientras que los más ligeros ascienden en un proceso conocido como convección. Este fenómeno ayuda a explicar ciertas formaciones volcánicas y la distribución irregular de minerales en la superficie.
Aunque la Luna no tiene placas tectónicas como la Tierra, estos movimientos sugieren que su historia geológica es más compleja de lo que aparenta a simple vista.
Claves para entender su origen
A partir de estos datos, los científicos también pueden afinar las teorías sobre el origen de la Luna. La hipótesis más aceptada indica que se formó tras un impacto gigantesco entre la Tierra primitiva y un objeto del tamaño de Marte.
La existencia de un núcleo sólido y denso encaja con esa idea, ya que apunta a un proceso de reorganización y enfriamiento similar al de los planetas rocosos. Además, ayuda a explicar por qué la Luna tuvo en el pasado un campo magnético activo, algo que hoy ya no existe.
Entender ese antiguo campo magnético cambia la perspectiva. Revela que la Luna no siempre fue el cuerpo “apagado” que observamos hoy, sino que en sus primeras etapas fue mucho más dinámica.
Un satélite menos “muerto” de lo que parece
En paralelo, otras investigaciones recientes refuerzan esta nueva visión. Se han identificado grietas, fracturas e incluso señales de procesos internos que podrían seguir ocurriendo, aunque a un ritmo extremadamente lento.
Esto apunta a que la Luna no es completamente inerte, sino un mundo que todavía evoluciona en escalas de tiempo muy distintas a las humanas.
También las diferencias entre su cara visible y la oculta, como variaciones en temperatura, composición y grosor de la corteza, sugieren un pasado interno desigual y mucho más complejo de lo que se creía.
Por qué este hallazgo cambia todo
Más allá del interés científico, comprender el interior de la Luna tiene implicaciones concretas en el presente. En medio de una nueva carrera espacial, con programas como Artemis que buscan establecer presencia humana sostenida en su superficie, este tipo de información se vuelve clave.
Permite evaluar riesgos geológicos, identificar posibles recursos minerales y entender mejor la evolución de otros cuerpos del sistema solar. En otras palabras, no se trata solo de conocimiento, sino de preparación para lo que viene.
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Una nueva mirada a nuestro vecino más cercano
Al final, la Luna sigue siendo ese punto familiar en el cielo que vemos cada noche, pero cada avance científico demuestra que aún está lejos de ser completamente comprendida.
Este descubrimiento marca un antes y un después. No porque lo cambie todo de inmediato, sino porque confirma algo más interesante. Incluso lo que creemos conocer desde siempre puede sorprendernos cuando la ciencia logra mirar un poco más profundo.
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