La desigualdad frena el futuro económico de Latinoamérica
La desigualdad económica en Latinoamérica continúa consolidándose como una de las mayores amenazas para el desarrollo de la región. Un nuevo informe de la Cepal confirma que, tras una década sin avances significativos en movilidad social, la estructura productiva y los sistemas laborales siguen reproduciendo brechas profundas entre los más ricos y los más pobres. Esta situación se ha convertido en una verdadera trampa de desarrollo, una barrera que limita el bienestar y frena el crecimiento económico sostenible.
Según el estudio Panorama Social de América Latina y el Caribe 2025, los niveles de desigualdad de ingresos en la región se mantienen muy por encima de los registrados por los países de la OCDE. Para la Cepal, estas brechas son consideradas “inaceptables desde una perspectiva de derechos y justicia social” y representan un obstáculo para construir sociedades cohesionadas capaces de sostener un progreso económico duradero.
Desigualdad persistente y sin señales de revertirse
Durante los últimos diez años, la concentración del ingreso se ha mantenido prácticamente estancada. El 10 por ciento más rico continúa apropiándose de cerca de un tercio del total de los ingresos, mientras que el 10 por ciento más pobre recibe menos del 2 por ciento, una cifra que evidencia la profundidad de la desigualdad estructural.
Los datos más recientes muestran contrastes significativos entre países. Colombia lidera la concentración del ingreso, con el 10 por ciento superior capturando el 44 por ciento del total. Le siguen Brasil y Panamá, ambos con un 39 por ciento. En el otro extremo, Argentina, Uruguay, República Dominicana y El Salvador presentan los niveles más bajos de participación del decil superior, aunque ninguno desciende del 30 por ciento.
El índice de Gini, principal indicador internacional de desigualdad, refuerza este panorama. En 2024, América Latina alcanzó un promedio de 0.452, uno de los más altos del mundo y solo superado por África Subsahariana. Países como Colombia con 0.559, Panamá con 0.506 y Brasil con 0.504 encabezan la lista de los más desiguales. En contraste, Argentina con 0.386, República Dominicana con 0.395 y Uruguay con 0.398 muestran los valores más bajos, aunque aún elevados respecto a estándares globales.
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Pobreza y bajo crecimiento económico, una combinación alarmante
La desigualdad no es un fenómeno aislado. Se alimenta de la persistente pobreza y del bajo crecimiento económico. En 2024, el 25.5 por ciento de la población de la región vivía en situación de pobreza, equivalente a 162 millones de personas. Aunque esta cifra representa una mejora frente a 2020, la pobreza extrema, con un 9.8 por ciento, continúa por encima de los niveles mínimos alcanzados hace una década.
De acuerdo con la Cepal, la región encadena años de crecimientos modestos. Si se cumplen las proyecciones, América Latina cerraría el período 2017 a 2026 con un crecimiento promedio del 1.6 por ciento, insuficiente para transformar sus estructuras sociales y productivas. Para 2025 se prevé solo una leve reducción de la pobreza, limitada por las estrechas perspectivas económicas.
La buena noticia proviene de la pobreza multidimensional, que cayó del 34.4 por ciento en 2014 al 20.9 por ciento en 2024, impulsada por avances en acceso a vivienda, servicios y educación básica. Sin embargo, estos progresos no logran compensar un mercado laboral frágil y extremadamente segmentado.
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Informalidad laboral, el freno más grande para la movilidad social
Para la Cepal, uno de los motores principales de la desigualdad es la informalidad laboral, que afecta al 47 por ciento de los trabajadores de la región. La falta de contratos, seguridad social y estabilidad impide que la educación funcione como herramienta real de movilidad social. Aunque más personas acceden a la formación, no logran empleos de calidad que les permitan mejorar sustancialmente sus ingresos.
La organización destaca que una mayor formalización podría reducir drásticamente las brechas. La pobreza entre los ocupados bajaría del 14.9 por ciento al 8.6 por ciento. El coeficiente de Gini laboral caería de 0.472 a 0.406. Este impacto directo evidencia el potencial que tienen las políticas públicas orientadas al empleo formal para reducir las desigualdades.
En conclusión, la región enfrenta una crisis de desigualdad prolongada que limita su capacidad de crecimiento económico y erosiona su cohesión social. Sin reformas estructurales profundas, una mayor formalización laboral y políticas redistributivas efectivas, América Latina continuará atrapada en un ciclo que impide a millones de personas acceder a mejores oportunidades.
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