Rita Abinader de Lulo: “El mayor logro de una madre es formar seres humanos capaces de amar”
Hay historias que se cuentan con palabras, otras con imágenes y sensaciones. Este reportaje realizado por la revista ¡HOLA! contiene todo lo anterior. Cada familia tiene un lenguaje propio, en los ojos que se buscan, en las manos que se sostienen con ternura, en las sonrisas que surgen con solo mirarse entre ellos.
Reportaje y fotografías cortesía de ¡HOLA!
Rita Abinader de Lulo, una de las mujeres más elegantes y discretas del país, abrió su corazón y mostró su verdadera esencia: un genuino amor y devoción por la familia, la valiosa herencia que recibió y que transmite a la nueva generación, su gran orgullo.
El equipo de la revista ¡HOLA! fue recibido también por Rita Isabela, Míchel Philippe y Eugenia Victoria, tres de sus cuatro hijos, un gran tesoro familiar que completa María Amalia, todos fruto de su matrimonio con el empresario Míchel Lulo.
—Aprovechando que celebramos el Mes de las Madres, y desde tu mirada de mujer que es hija y también madre, ¿qué recuerdo de tu propia madre te gustaría compartir con nuestras lectoras, ese gesto o enseñanza que sigue definiéndote hoy tanto en lo personal como en tu faceta pública?
—Mi madre es para mí un ejemplo silencioso de fortaleza, amor y entrega absoluta. Su historia estuvo marcada desde el primer instante de su vida por una profunda prueba de dolor y amor. Mi abuela Sula partió de este mundo al darle la vida; siempre he pensado que Dios, en su infinita misericordia, permitió que mientras una vida se apagaba en la Tierra, otra comenzara rodeada de la protección y el amor de toda una familia que decidió abrazarla y cuidarla como un tesoro sagrado.
Mi abuelo dedicó su vida a protegerla y a darle la mejor educación posible. En Canadá terminó el bachillerato y realizó sus estudios universitarios.
Ella nos enseñó que las heridas de la vida no tienen por qué endurecer el corazón; al contrario, pueden convertirnos en personas más sensibles, compasivas y humanas. De mi madre y de mi abuela paterna, mamá Estela, aprendí la importancia de la familia, la fe en Dios, la devoción a la Virgen y el valor de vivir con humildad aun en medio de las bendiciones. Mi madre también nos enseñó a amar sin límites y a vivir atentos al prójimo. Aprendimos de ella que un pequeño gesto de bondad, una palabra de consuelo, una llamada, una visita o simplemente hacer sentir acompañado a alguien puede transformar profundamente una vida.
—Creciste en un hogar con valores muy marcados. ¿Cuáles de esos principios sientes que han sido tu brújula y hoy te siguen acompañando?
—La honestidad, la lealtad, la dignidad y el respeto por los demás. Crecí en una familia sencilla en el alma, con los pies puestos sobre la tierra y con un profundo sentido de responsabilidad humana y familiar. En mi hogar nos enseñaron que el verdadero valor de una persona no se mide por lo material, sino por sus acciones, por su palabra y por cómo vive frente a los demás.
Pero sobre todas las cosas, la brújula de mi vida ha sido la fe en Dios. Mi fe es inquebrantable. Aprendí que aun en los momentos más difíciles, cuando todo parece derrumbarse, la oración, la unión familiar y la confianza en Dios sostienen el alma.

También crecimos entendiendo que la familia es un refugio sagrado que debe protegerse siempre. Mis hermanos y yo somos diferentes en personalidad y, a veces, en pensamientos y maneras de ver la vida. Pero existe entre nosotros un amor profundo y una unión eterna.
—Muchas mujeres te ven como un referente. ¿Qué parte de tu historia familiar te gustaría que conocie – ran para entender de dónde nace tu empatía?
—Mi sensibilidad humana nace profundamente de mi historia familiar y de las historias de lucha, resiliencia y amor que escuché y viví desde niña.
Del lado de mi padre, mi abuela Estela llegó desde el Líbano siendo apenas una niña de trece años, acompañada únicamente de una prima y un tío. Con esfuerzo, fe y valentía construyó una familia hermosa junto a mi abuelo y sacó adelante a ocho hijos.
Y del lado de mi madre aprendí también que el dolor puede transformar el alma en sensibilidad y compasión cuando se vive desde el amor y la fe.
Mi infancia estuvo llena de amor de familia. Nuestra casa en Santo Domingo vivía llena de primos que llegaban desde Santiago. Había risas, juegos, conversaciones, música y una alegría permanente que nos enseñó el valor de compartir y convivir.
Crecí viendo cómo las dificultades podían enfrentarse sin perder la bondad, la fe ni la capacidad de amar. Precisamente de ahí nace mi empatía: de haber entendido desde muy pequeña que todos los seres humanos cargan historias, luchas y dolores que muchas veces no se ven.
—La maternidad transforma, pero también revela. ¿Qué descubriste de ti misma cuando te convertiste en madre por primera vez?
—Descubrí una capacidad de amar y entregarme que ni siquiera sabía que existía dentro de mí. Mis hijos han sido el regalo más grande que Dios me ha dado. Eugenia Victoria, Rita Isabela, María Amalia y Míchel Philippe son cuatro seres distintos, cada uno con su personalidad, su sensibilidad y sus dones.
«De mi madre aprendí que el dolor puede transformar el alma en sensibilidad y compasión cuando se vive desde el amor y la fe», cuenta sobre doña Sula
En nuestra casa de Sosúa, aunque teníamos espacio suficiente para que cada uno tuviera su habitación, decidí poner tres pequeñas camas juntas en una gran habitación que parecía sacada de un cuento de hadas. Quería que las hermanas convivieran, que aprendieran a compartir, a respetarse y a cuidarse mutuamente. Entiendo que esas vivencias sencillas fueron las que construyeron el alma emocional de nuestra familia.
—¿Qué rituales o gestos cotidianos en casa te gustaría que tus hijos recuerden como el corazón de su infancia?
—Las conversaciones interminables alrededor de la mesa, hablarles constantemente de Dios y la Virgen, y las historias sobre nuestros padres y abuelos. Siempre quise que nuestro hogar fuera un refugio de amor, cercanía, paz y confianza absoluta.
Había algo que para mí era sagrado: la comunicación con mis hijos. Desde pequeños, y luego cuando comenzaron a salir a fiestas de quince años y reuniones con amigos, yo los esperaba despierta en la sala hasta que regresaban. Al llegar, nos sentábamos a conversar sobre cómo les había ido, qué habían sentido y cómo habían vivido cada experiencia.
«Nunca descuiden el corazón y el alma de sus hijos, si no formamos sus valores y su relación con Dios, siempre faltará lo esencial», dice Rita
También recuerdo con muchísima ternura que, para el Día de las Madres, cuando eran pequeños, el mejor regalo era un dibujo hecho por ellos; y ya grandes, lo único que espero con ilusión es una carta escrita con sus propias palabras. Durante años he recibido cartas tan profundas y hermosas que las guardo como uno de mis mayores tesoros.
—¿Qué te sorprende de tus hijos, qué rasgos ves en ellos que te emocionan porque hablan de las mujeres y el hombre que serán mañana?
—Me emociona ver cómo cada uno desarrolló una personalidad distinta, pero con valores arraigados. Eugenia Victoria, desde los seis años, escribía todos los días. Convertía cualquier hoja blanca en una especie de diario lleno de historias creativas, divertidas y ocurrentes.
Rita Isabela era la alegría de la casa. Siempre rodeada de amigas, llenando cada rincón de vida y cariño. Era de esas niñas que entraban a nuestra habitación todas las noches para abrazarnos, llenarnos de besos y repetirnos constantemente “los amo”.

María Amalia, aunque más tímida, siempre tuvo un carácter fuerte y una disciplina admirable. Desde muy pequeña tenía un don natural para enseñar. Con apenas diez años llenaba el comedor de la casa con niños a quienes ayudaba pacientemente con sus tareas y dificultades de aprendizaje.
«Los hijos necesitan aprender desde pequeños a no ser indiferentes al dolor ajeno», afirma Rita
Y Míchel Philippe, el más pequeño y el único varón entre tantas mujeres, tiene una mezcla muy especial de timidez y firmeza. Desde niño tenía alma de abogado y una virtud que siempre digo que lo acompañará toda su vida: no miente. Incluso sabiendo que decir la verdad podría costarle una reprimenda, jamás deja de hacerlo.
Lo más hermoso es que todos, a su manera, siempre ayudan con amor y dedicación a quienes los rodean. Eso me confirma que el amor, la disciplina y la fe sí se transmiten con el ejemplo.
—Como madre, ¿qué consejo te gustaría dejarles a las lectoras de ¡HOLA! RD que hoy están criando, trabajando, soñando y tratando de llegar a todo?
—Que nunca descuiden el corazón y el alma de sus hijos. Podemos darles la mejor educación académica, las mejores oportunidades y todo lo material posible, pero si no formamos su sensibilidad humana, su conciencia, sus valores y su relación con Dios, siempre faltará lo esencial. Creo profundamente que los hijos necesitan presencia, guía, conversación, límites, amor y fe.
Necesitan crecer sintiéndose escuchados, protegidos y emocionalmente seguros. Y, sobre todo, necesitan aprender desde pequeños a no ser indiferentes al dolor ajeno.
Rita Isabela nos cuenta: «Mi mamá es de las personas más generosas que existen, siempre queriendo ayudar a todos, con el corazón más grande del mundo, y mi abuela es un regalo que llevo conmigo todos los días. Es la luz, la paz y el hogar»
Aprendí desde pequeña a no negociar mi paz ni la paz de mi familia. Creo profundamente que cuando los padres llegan a casa después del trabajo debe existir una especie de pausa emocional, como si dentro de nosotros apretáramos un botón que detiene los problemas, las tensiones, las preocupaciones y los conflictos externos.
El hogar debe ser un refugio de tranquilidad, armonía, esperanza y amor. Los temas difíciles pueden hablarse y resolverse al día siguiente, durante el horario de trabajo y con serenidad. Pero dentro del hogar, especialmente con mi esposo y con mi familia, debe prevalecer la paz, la alegría, el respeto y la seguridad emocional. Al final, los hijos crecen recordando no solo lo que vivieron, sino sobre todo cómo se sintieron dentro de su casa.
Vivimos en una época donde muchas veces se confunden el éxito, la apariencia y lo material con la verdadera felicidad. Pero para mí, el mayor logro de una madre es formar seres humanos nobles, sensibles, honestos y capaces de amar.
—Si pudieras escribir una carta para que tus hijos la lean dentro de veinte años, ¿qué verdad esencial sobre la vida, el amor o la familia te gustaría que encontraran allí?
—Les escribiría que nunca pierdan su esencia ni su humanidad. Que el éxito no tiene sentido si se pierde la dignidad o la capacidad de amar.
«Para mí, el mayor logro de una madre es formar seres humanos nobles, sensibles, honestos y capaces de amar»
Les recordaría que la fe en Dios será siempre su mayor fortaleza y que el amor de la familia es el refugio más seguro que existe.
Y les diría algo que he tratado de enseñarles toda la vida: que las cosas más valiosas jamás serán materiales. Los recuerdos, las palabras sinceras, los abrazos, las conversaciones profundas y la unión familiar son los verdaderos tesoros que sostienen el alma de una persona.
—Creciste en un hogar lleno de energía y personalidades distintas. ¿Cómo recuerdas esa dinámica familiar junto a tus hermanos cuando eran pequeños y qué era lo que más marcaba la convivencia entre vosotros?
—Éramos una familia llena de energía, opiniones, carácter y muchísima vida. Mis hermanos y yo crecimos siendo distintos entre nosotros. Cada uno tenía su personalidad, sus fortalezas, sus talentos y también sus maneras particulares de ver el mundo.
«Mi mamá es fuerte, elegante y profundamente empática; tiene un don natural para hacer que cualquier persona se sienta escuchada. El amor de mi abuela se siente en lo simple y lo constante: en sus abrazos, en su presencia, en la manera en que siempre está», nos dice emocionada Eugenia
Nuestros padres nos enseñaron desde pequeños que podíamos pensar diferente sin dejar de protegernos, cuidarnos y permanecer unidos. Y creo que esa ha sido una de las mayores fortalezas de nuestra familia.
—En toda familia hay momentos que se quedan grabados para siempre. ¿Hay alguna anécdota de tu infancia junto a tus hermanos que aún hoy te haga sonreír y que refleje esa complicidad que tenían de pequeños?
—Las Navidades en casa de mamá Estela en Santiago eran verdaderamente mágicas. Toda la familia reunida entre conversaciones interminables, bailes, un poco de discusiones políticas propias de una familia apasionada y el aroma de la comida libanesa llenando cada rincón de la casa.

Los veranos en Sosúa también fueron inolvidables. La casa siempre estaba llena de primos, amigos, ruido y alegría. Recuerdo a mi abuela Estela con su rosario entre las manos, a tía Josefina siempre alegre y divertida, y a tía Lucía pendiente de todos nosotros, tratando de evitar que inventáramos demasiado…
«Mis hermanos y yo somos diferentes pero existe entre nosotros un amor profundo y una unión eterna», nos dice Rita
—Con el tiempo, tú y tus hermanos habéis construido cada uno su propio camino. ¿Qué hicieron tus padres para que cada uno desarrollara su identidad sin comparaciones ni presiones, y cómo influyó ese estilo de crianza en la mujer que eres hoy?
—Nuestros padres nos enseñaron a respetar la individualidad de cada uno. Nunca nos compararon ni intentaron que fuéramos iguales. Entendieron que cada hijo tiene dones distintos, personalidades diferentes y caminos propios.
Desde muy pequeños nos involucraban en todas las conversaciones importantes de la familia, como si fuéramos adultos. En nuestra mesa se hablaba de economía, política, historia, geografía, de la situación mundial y de las decisiones que afectaban a nuestro país. Mi padre disfrutaba muchísimo enseñándonos y retándonos intelectualmente. Recuerdo que a la hora del almuerzo nos hacía concursos sobre fechas históricas, capitales del mundo y temas de actualidad de aquella época.
Hoy lo recuerdo con una sonrisa, porque sin darnos cuenta nuestros padres nos estaban formando para pensar, analizar, investigar, cuestionar y desarrollar criterio propio.
«Mi mamá es fuerza y ternura al mismo tiempo, siempre encuentra la manera de levantarme incluso en los días más difíciles. Su amor es constante, silencioso a veces, pero siempre presente, guiándome sin que me dé cuenta», confiesa Míchel
—Más allá de tu vida familiar, eres abogada y tienes un fuerte compromiso social que no todos conocen. ¿Qué te mueve en esas áreas menos visibles y cómo encuentras equilibrio entre tu vida familiar, tu labor social y tu rol como esposa?
—Desde pequeña sentía un profundo rechazo hacia la injusticia. Por eso estudié Derecho. Cuando era niña, con la inocencia y los ideales propios de esa etapa, realmente creía que podía cambiar el mundo, defender a los inocentes y dar voz a quienes no la tienen.
A medida que fui creciendo, tanto física como emocionalmente, también fui descubriendo realidades mucho más duras: los abusos hacia los más débiles, la traición, la deslealtad, los intereses que muchas veces mueven al ser humano sin importar el daño que puedan causar y cierta crueldad que existe en la sociedad. Pero lejos de endurecerme, todo eso me hizo más fuerte, más consciente, más firme en mis convicciones y más comprometida con la defensa de los más vulnerables.
Creo firmemente en una justicia más humana, más transparente y sólida institucionalmente, donde se respete el debido proceso y donde los jueces actúen con integridad, preparación y absoluto apego a la ley. Nuestro país necesita continuar fortaleciendo una justicia que transmita verdadera seguridad jurídica, confianza y paz social.
Siempre he creído que la ley debe servir para proteger la dignidad humana. Por eso he trabajado en Najayo Mujeres, en las cárceles de Baní, Santiago e Higüey con las privadas de libertad, y una de las mayores satisfacciones que he vivido ha sido ver cómo muchas de ellas se superan mientras cumplen su condena y, cuando la cumplen, logran reconstruir sus vidas. Creo profundamente en las segundas oportunidades y en la capacidad del ser humano de transformarse cuando recibe apoyo, orientación y esperanza.
También he trabajado con mujeres extremadamente vulnerables en Sosúa, escuchándolas, orientándolas y ayudándolas a creer nuevamente en sí mismas; a reintegrarse a la sociedad buscándoles trabajo, apoyo psicológico y acompañamiento humano.
Desde pequeña mi corazón se ha abierto de forma natural a los ancianos y a los enfermos. Sin darme cuenta, he dedicado gran parte de mi vida a acompañar, visitar y orientar a personas con problemas de salud. Es una empatía profunda, casi instintiva, que me impulsa a involucrarme con el alma y el corazón.
Creo en la lealtad verdadera hacia los amigos, tanto en los buenos como en los malos momentos. Pero la lealtad no significa apoyar lo incorrecto; al contrario, significa tener el valor y el amor suficiente para hacer consciente a esa persona de sus errores y de la responsabilidad que debe asumir. Y aun así, seguir estando presente como ser humano con compasión, cariño y sentido de amistad.
Y cuando contemplo mi vida, solo puedo sentir gratitud infinita hacia Nuestro Señor Jesucristo y hacia la Santísima Virgen María, que con amor silencioso han guiado cada paso de mi camino. Gratitud por mis maravillosos y bendecidos padres, por el amor de mi vida, mi esposo; por mis cuatro hijos, por mis amados hermanos, por mis adorados sobrinos, primos, tíos, por mis cuñadas y por los grandes amigos que el destino puso en mi camino. Gratitud por esa hermosa familia que Dios nos ha permitido construir y que se ha ido haciendo más grande y más unida con el paso de los años. Gratitud por esos seres humanos que me acompañan cada día y que, con entrega, cuidado y compromiso, forman parte esencial de nuestras vidas.
Hemos vivido momentos profundamente felices, pero también grandes pruebas y situaciones muy difíciles que nos han marcado como familia. Sin embargo, incluso en medio del dolor, la incertidumbre y las noches más oscuras, nunca hemos dejado de sentir la presencia amorosa de Dios sosteniéndonos, guiándonos y dándonos fuerzas para continuar.
Agradezco cada experiencia vivida, cada alegría, cada aprendizaje, cada dificultad y cada dolor, porque todas esas vivencias nos han acercado más a Dios, al amor, a la humildad y al verdadero sentido de la vida.
Reportaje y fotografías cortesía de ¡HOLA!
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