Marcello Hernández y los ESPYS 2026: El humor como puente hacia la permanencia cultural del deporte - Revista Mercado
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Marcello Hernández y los ESPYS 2026: El humor como puente hacia la permanencia cultural del deporte

Con el regreso del evento a Nueva York y al Lincoln Center, el comediante cubano-dominicano llega a uno de los escenarios más prestigiosos del entretenimiento cuando las audiencias deportivas consumen más contenido que nunca, aunque la experiencia de seguir el deporte ya no transcurre alrededor de las mismas historias, las mismas transmisiones ni los mismos momentos compartidos.

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Ana Cecilia Sosa

Los ESPYS: más que premios, un espacio para organizar recuerdos

Cada año, los ESPYS reúnen a atletas, entrenadores, figuras del entretenimiento y millones de espectadores para reconocer los momentos más destacados del deporte. Cuando ESPN creó la ceremonia en 1993, la intención no era únicamente entregar premios. Las ligas ya contaban con mecanismos para reconocer el rendimiento, los campeonatos y los récords. Los ESPYS nacieron para cumplir una función distinta: transformar logros deportivos en historias capaces de permanecer en la conversación pública mucho después de que terminara una temporada.

La propuesta respondía a una realidad particular del deporte estadounidense. Los campeonatos producían héroes, rivalidades y momentos memorables, pero pocos espacios se dedicaban a conectar esas historias con una audiencia más amplia. Los ESPYS comenzaron a ocupar ese lugar, situando al deporte en una conversación en la que también convivían el entretenimiento, la cultura popular y la emoción colectiva.

El entorno mediático en el que hoy se celebra la ceremonia es muy diferente al de sus primeros años. Una parte creciente del consumo deportivo se realiza a través de resúmenes, clips virales, plataformas digitales y recomendaciones algorítmicas. Los aficionados tienen acceso a más información, más análisis y más contenido que en cualquier otro momento de la historia del deporte.

Compartir una misma narrativa dejó de ser una consecuencia natural del consumo deportivo. Dos personas pueden seguir la misma temporada y terminar expuestas a relatos completamente distintos. Una recibe entrevistas y análisis tácticos. Otra consume únicamente las jugadas más espectaculares. Una tercera sigue el deporte a través de creadores de contenido, podcasts o redes sociales. La información circula más rápido, pero las referencias comunes se vuelven más escasas.

Los ESPYS continúan siendo uno de los pocos momentos en los que esas narrativas dispersas vuelven a reunirse. Más que premiar resultados, organizan recuerdos. No responden únicamente quién ganó, sino cuáles fueron las historias que merecen seguir ocupando un lugar en la memoria colectiva.

El regreso a Nueva York y el peso del Lincoln Center

La edición de 2026 marca el regreso de los ESPYS a Nueva York tras más de dos décadas. El evento vuelve a una ciudad donde el deporte ha convivido históricamente con la televisión, el periodismo, el teatro y las artes escénicas, lo que genera un entorno particularmente propicio para una ceremonia que nació con la intención de convertir los logros deportivos en historias capaces de trascender el resultado de un partido.

El David H. Koch Theater forma parte del Lincoln Center, uno de los complejos culturales más reconocidos de Estados Unidos. Ballet, ópera, música clásica y artes escénicas cuentan allí con una programación permanente. Muchas de las obras que llegan a sus escenarios fueron creadas décadas atrás. Algunas tienen incluso siglos de antigüedad. El recinto continúa llenando sus salas porque nuevas generaciones siguen regresando a ellas.

El calendario deportivo avanza a otro ritmo. Una temporada termina y la siguiente comienza casi de inmediato. Nuevos campeonatos desplazan a los anteriores. Nuevos protagonistas ocupan titulares que, pocas semanas antes, pertenecían a otros atletas. La conversación deportiva rara vez permanece inmóvil durante demasiado tiempo.

Los ESPYS llegan cuando ese ciclo comienza a cerrarse. La ceremonia reúne acontecimientos ocurridos en distintos momentos del año y los vuelve a situar en una misma conversación. Una actuación individual, un campeonato, una remontada improbable o un récord histórico deja de existir como episodio aislado y pasa a formar parte de un relato más amplio sobre la temporada que acaba de terminar.

Las obras que llegan al Lincoln Center no permanecen únicamente porque fueron creadas. Permanecen porque alguien continúa programándolas, interpretándolas, estudiándolas y regresando a ellas. Algo parecido ocurre con los momentos deportivos que se recuerdan años después. Documentales, libros, transmisiones especiales, periodistas, aficionados y nuevas generaciones de atletas siguen volviendo sobre ellos mucho después de que terminó la competencia que les dio origen.

Los ESPYS ocupan un lugar en ese recorrido. La ceremonia llega cuando la temporada comienza a quedar atrás y vuelve a reunir acontecimientos que ya habían quedado dispersos entre meses de competencia, transmisiones y titulares. Lo que ocurrió en distintos estadios, ciudades y disciplinas deportivas vuelve a aparecer en una misma narrativa.

El deporte produce acontecimientos todos los días. Solo unos pocos terminan atravesando generaciones. Sus imágenes reaparecen en documentales. Sus protagonistas siguen apareciendo en conversaciones años después de retirarse. Nuevos aficionados conocen historias que ocurrieron mucho antes de que comenzaran a seguir el deporte.

El Lincoln Center ha dedicado décadas a albergar obras que siguen encontrando nuevas audiencias mucho después de su estreno. Los ESPYS regresan allí para celebrar una materia prima distinta: historias deportivas que aspiran a seguir ocupando un lugar en la conversación cuando la temporada que las vio nacer ya forma parte del pasado.

De Cleveland al Lincoln Center

Mucho antes de llegar a Saturday Night Live o de aparecer entre los contenidos más vistos de Netflix, Marcello Hernández pasaba largas horas viajando entre Cleveland y Nueva York para conseguir algunos minutos en escenarios de comedia de Greenwich Village. El trayecto podía durar más de doce horas. En ocasiones vendía entradas para los clubes en los que esperaba actuar. Más boletos significaban más tiempo frente al micrófono.

La recompensa parecía modesta para el esfuerzo que implicaba. Unos minutos sobre el escenario y una nueva oportunidad para probar material ante personas que no tenían ninguna razón previa para conocerlo. Cada noche comenzaba prácticamente desde cero.

Los clubes de comedia ofrecían una realidad difícil de replicar en cualquier otro lugar. Las audiencias cambiaban constantemente. Estudiantes universitarios, turistas, profesionales, parejas, grupos de amigos o espectadores ocasionales podían coincidir en una misma sala. Lo que provocaba risas una noche podía pasar inadvertido a la siguiente.

La dinámica obligaba a observar. ¿Qué referencias generaban reconocimiento? ¿Qué historias lograban captar la atención? ¿Qué experiencias aparentemente específicas terminaban por encontrar eco entre personas que compartían muy poco entre sí?

Esa búsqueda aparece repetidamente en el trabajo que desarrolló años después. Sus personajes suelen construirse en torno a situaciones cotidianas, dinámicas familiares y observaciones culturales reconocibles por públicos diversos. El humor funciona como vehículo, pero buena parte de la conexión surge del reconocimiento.

El personaje de “Domingo” ofrece uno de los ejemplos más visibles. La historia nació en un sketch de Saturday Night Live. Poco después comenzó a circular fuera del programa. Las referencias podían ser concretas. La reacción terminaba siendo mucho más amplia. Personas de contextos distintos encontraban algún punto en común en la misma historia.

Las experiencias narradas en American Boy también se originan en observaciones personales, referencias familiares y elementos culturales específicos. El especial ingresó al Top 10 global de Netflix y llegó a espectadores que no necesariamente compartían el mismo origen cultural del comediante. Las historias seguían ancladas en los mismos lugares, personajes y experiencias. Lo que cambió fue la cantidad de personas que encontraron algo familiar en ellas.

Los ESPYS reúnen cada año a atletas de disciplinas diversas, aficionados con intereses diversos y audiencias que consumen el deporte de maneras cada vez más diversas. Algunos siguen temporadas completas. Otros consumen resúmenes, clips o contenido diseñado para plataformas digitales. La ceremonia intenta reunir, durante una noche, historias provenientes de lugares muy distintos del ecosistema deportivo.

Los escenarios cambiaron. También cambiaron las dimensiones de la audiencia. Lo que permanece reconocible es el mismo ejercicio que comenzó en aquellos clubes de comedia de Nueva York: encontrar puntos de encuentro entre personas que no necesariamente comparten la misma experiencia, pero sí la capacidad de reconocerse en una buena historia.

Quién cuenta las historias también importa

Una parte importante de la historia deportiva estadounidense ya se ha contado a través de voces latinas. Béisbol, boxeo, baloncesto, fútbol y otras disciplinas han incorporado durante décadas atletas provenientes de comunidades hispanas y caribeñas. La presencia en el terreno de juego rara vez fue el problema.

La conversación cultural avanzó a un ritmo diferente. Durante buena parte del siglo XX, muchas referencias latinas en el entretenimiento estadounidense aparecían filtradas por estereotipos fácilmente reconocibles o por personajes secundarios construidos para explicar una cultura a quienes la observaban desde fuera.

El ecosistema mediático actual funciona de otra manera. Las plataformas digitales redujeron algunos de los filtros que históricamente separaban a los creadores de las audiencias. Podcasts, redes sociales, plataformas de streaming y formatos de contenido más directos ampliaron el espacio para historias construidas a partir de experiencias específicas, sin necesidad de traducir constantemente cada referencia cultural.

Las dinámicas familiares, los procesos migratorios, las identidades biculturales y las experiencias cotidianas de millones de personas comenzaron a ocupar un lugar más visible en la conversación pública. No porque esas historias fueran nuevas, sino porque encontraron nuevas formas de llegar a la audiencia.

Marcello Hernández forma parte de esa transformación. Su trabajo no gira en torno a explicar una identidad latina a espectadores externos. Parte de la premisa de que esas experiencias ya forman parte de la realidad cultural estadounidense. Las referencias siguen siendo específicas. La audiencia se amplía considerablemente.

Los ESPYS también llegan a una etapa distinta. Las grandes ceremonias deportivas ya no compiten únicamente con otras transmisiones deportivas. Compiten con Netflix, YouTube, TikTok, podcasts y una cantidad prácticamente ilimitada de contenido diseñado para captar la atención a diario.

El desafío no consiste únicamente en reconocer a los mejores atletas del año. Consiste en construir una conversación capaz de reunir a audiencias que consumen el deporte de formas cada vez más diversas.

Un resultado deportivo puede quedar registrado para siempre. Lo que determina si una historia permanece suele ser algo distinto. Las personas que continúan contándola, las conversaciones que vuelve a generar y las nuevas audiencias que siguen encontrando algo de sí mismas en ella años después.

Marcello Hernández llegará al escenario principal de los ESPYS después de haber pasado años observando cómo reaccionan públicos distintos ante una misma historia. Estudiantes universitarios, turistas, familias, profesionales y espectadores ocasionales ocuparon durante mucho tiempo las salas donde probaba material. Los escenarios crecieron. Las audiencias también. La dinámica siguió siendo parecida.

Los ESPYS reúnen algo similar en una sola noche. Un aficionado al béisbol, una seguidora de gimnasia artística, alguien que sigue la NBA y otra persona que apenas consume deporte pueden terminar observando la misma ceremonia por razones completamente diferentes. Lo único que todos comparten es la expectativa de volver a algunas de las historias que marcaron el año.

Las medallas, los campeonatos y los récords pertenecen a quienes los consiguieron. Las historias que nacen a su alrededor suelen recorrer un camino mucho más amplio. Cambian de contexto, encuentran nuevas audiencias y adquieren significados distintos con el paso del tiempo. Un niño puede emocionarse hoy con una historia que ocurrió años antes de que naciera. Un aficionado puede recordar exactamente dónde estaba cuando presenció un momento que otra generación solo conoce a través de videos.

El regreso de los ESPYS a Nueva York ocurre en medio de una cultura que produce contenido a una velocidad difícil de imaginar hace apenas unos años. Miles de videos compiten diariamente por la atención. Nuevas conversaciones desplazan rápidamente a las anteriores. La abundancia de contenido no siempre se traduce en la misma abundancia de recuerdos compartidos.

En el escenario estarán los atletas, los campeonatos y los récords que definieron la temporada. La persona encargada de conducir la ceremonia será un comediante que construyó buena parte de su carrera encontrando puntos de conexión con audiencias diversas.

Los resultados quedarán registrados. Las estadísticas seguirán disponibles. Algunas historias continuarán viajando mucho después. Encontrarán nuevas audiencias, nuevas conversaciones y personas capaces de reconocerse en ellas.

Un campeonato pertenece a una temporada. Una buena historia puede acompañar a varias generaciones.

Fuentes de información: Este artículo fue elaborado a partir de comunicados oficiales de ESPN, de la cobertura especializada de Variety, The Hollywood Reporter y ABC News, así como de análisis sobre la transformación del consumo deportivo en plataformas digitales, la evolución de la comedia latina y caribeña en Estados Unidos y el papel de las ceremonias deportivas en la cultura popular contemporánea.

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