El Papa León XIV frente al legado más ambicioso de Gaudí
Cien años después de la muerte de Antoni Gaudí, la bendición de la Sagrada Familia por parte del Papa León XIV volvió a colocar bajo los reflectores a una de las obras arquitectónicas más reconocibles del mundo. La ceremonia coincidió con el centenario del arquitecto catalán y recordó que el proyecto iniciado en el siglo XIX sigue desarrollándose en pleno siglo XXI.
Cuando León XIV recorrió la nave central de la Sagrada Familia, caminó por un edificio construido en distintas épocas de la historia. Algunas de sus fachadas comenzaron a levantarse cuando España todavía era una monarquía de la Restauración. Varias de sus torres fueron completadas décadas después de la muerte de Antoni Gaudí. Las fases más recientes incorporan tecnologías digitales que habrían sido imposibles de imaginar para los arquitectos de finales del siglo XIX.
La ceremonia reunió a miles de fieles en el templo más emblemático de Barcelona, pero el propio escenario presentaba una particularidad poco común. La mayoría de las grandes catedrales europeas pertenecen por completo al pasado cuando reciben este tipo de reconocimientos. La Sagrada Familia continúa siendo una obra en construcción. Las torres que la han convertido en uno de los monumentos más reconocibles del mundo comparten el horizonte con grúas, estructuras temporales y equipos técnicos que siguen trabajando en nuevas fases del proyecto.
La coincidencia con el centenario de la muerte de Gaudí añadía otra capa de significado. Cuando el arquitecto murió en junio de 1926, tras ser atropellado por un tranvía a pocas calles del templo, gran parte de la obra seguía existiendo únicamente en planos, maquetas y estudios técnicos. Cien años después, la construcción continúa avanzando según una visión que ha pasado por las manos de generaciones enteras de arquitectos, ingenieros y artesanos.
El arquitecto que aceptó no ver terminada su obra
Cuando Gaudí asumió la dirección de los trabajos en 1883, Barcelona atravesaba una profunda transformación urbana. La industrialización impulsaba el crecimiento económico de la ciudad, nuevos barrios comenzaban a expandirse más allá de sus límites históricos y la arquitectura se convertía en una herramienta para expresar las aspiraciones de una sociedad en pleno cambio.
La Sagrada Familia ya estaba en construcción, pero el proyecto adquirió una dimensión completamente distinta bajo su dirección. Gaudí desarrolló un lenguaje arquitectónico propio en el que convergían la observación de la naturaleza, la innovación estructural y el simbolismo religioso. Las columnas imitaban formas orgánicas, las fachadas incorporaban narrativas visuales complejas y las torres respondían a una concepción cuidadosamente integrada del conjunto.
A medida que avanzaban las obras, aumentaba también la complejidad del proyecto. Cada nueva decisión abría posibilidades adicionales de desarrollo y exigía soluciones técnicas cada vez más sofisticadas. La construcción comenzó a desarrollarse a un ritmo poco habitual, incluso para los grandes proyectos de la época.
Durante los últimos años de su vida, Gaudí concentró buena parte de su actividad profesional en la basílica. Los modelos, estudios y maquetas que produjo durante ese período no solo servían para avanzar en la obra existente. También buscaban orientar a quienes continuarían el proyecto en el futuro. La construcción ya había alcanzado una dimensión que superaba la de su creador.
Cuando murió en 1926, apenas una parte de la visión que había imaginado se había materializado.
La guerra que puso en duda el futuro del templo
La continuidad del proyecto enfrentó su prueba más difícil pocos años después.
Durante la Guerra Civil española, parte de los talleres vinculados a la Sagrada Familia fue destruida y numerosos planos, dibujos y maquetas sufrieron daños irreparables. Aquellos materiales constituían una referencia fundamental para comprender aspectos del proyecto que nunca habían sido desarrollados por completo en documentos escritos.
La pérdida abrió un debate que se prolongó durante décadas. Algunos arquitectos e historiadores consideraban que la destrucción de una parte significativa de los modelos originales hacía imposible continuar la obra con fidelidad. Otros defendían que abandonar la construcción significaría renunciar al propósito que había guiado el trabajo de Gaudí durante décadas.
Las discusiones no se limitaban a cuestiones técnicas. Los responsables de la obra debían decidir cómo continuar un proyecto cuyo creador ya no estaba presente para explicar, corregir o adaptar sus ideas. Muchas de las decisiones necesarias para avanzar en la construcción debían tomarse a partir de información incompleta y en circunstancias históricas radicalmente distintas de las que habían dado origen al templo.
La obra sobrevivió porque distintas generaciones decidieron asumir esa responsabilidad.

El siglo XXI terminó construyendo una obra del siglo XIX
Las décadas posteriores transformaron profundamente el mundo que rodeaba a la Sagrada Familia.
España atravesó una guerra civil, una dictadura y una transición democrática. Europa reconstruyó ciudades enteras después de la Segunda Guerra Mundial y redefinió gran parte de sus estructuras políticas y económicas. La revolución digital modificó prácticamente todos los ámbitos de la actividad humana.
La construcción también cambió.
Los equipos responsables de las fases más recientes recurrieron al modelado tridimensional, a simulaciones digitales y a sistemas avanzados de ingeniería para resolver desafíos estructurales que habrían requerido años de trabajo manual en tiempos de Gaudí. Algunas de las soluciones empleadas para completar determinadas partes del templo dependen de herramientas que simplemente no existían cuando el arquitecto diseñó los primeros modelos.
El resultado es una obra construida a lo largo de distintos siglos con tecnologías radicalmente diferentes. Las fachadas más antiguas pertenecen a un mundo anterior a la aviación comercial. Algunas de las estructuras más recientes fueron diseñadas con herramientas digitales propias del siglo XXI.
La continuidad del proyecto no se basó en repetir exactamente los mismos métodos. Surgió de mantener una dirección reconocible mientras cambiaban las herramientas disponibles para avanzar hacia ella.

Lo que recordó León XIV
Durante la ceremonia, León XIV describió la Sagrada Familia como una obra de “piedra, color y luz” y destacó el trabajo acumulado de quienes han contribuido a su construcción a lo largo del tiempo.
Las palabras hallaban un eco evidente en la historia del templo. La basílica que recorrió el pontífice no pertenece únicamente a la generación que la inició ni a la que actualmente la trabaja. Sus fachadas comenzaron a levantarse en un contexto político, económico y tecnológico completamente distinto del actual. Las estructuras más recientes reflejan conocimientos y capacidades desarrollados mucho tiempo después de la muerte de Gaudí.
Cuando concluyó la ceremonia, las grúas permanecieron sobre el horizonte de Barcelona y los trabajos continuaron. La imagen resume una parte importante de la singularidad de la Sagrada Familia. El proyecto que comenzó en el siglo XIX sigue incorporando nuevas capas de trabajo, conocimiento y esfuerzo colectivo.
La bendición del Papa quedará registrada como un capítulo más en esa historia. La construcción que encontró en Barcelona comenzó mucho antes de su llegada y continuará evolucionando después de su llegada. Un siglo después de la muerte de Antoni Gaudí, la Sagrada Familia sigue creciendo sobre una idea que ha logrado atravesar generaciones enteras sin quedar limitada a ninguna de ellas.
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