Energía solar pierde terreno en América Latina
En abril de 2025, América Latina y el Caribe reafirmaron su posición como la región con la matriz de generación eléctrica más limpia del planeta. Con un índice de renovabilidad del 70%, la mayoría de la electricidad producida provino de fuentes como la hidroenergía, el gas natural y la energía eólica. Sin embargo, detrás de este liderazgo surge una alerta que no pasa desapercibida: la energía solar, considerada clave para la transición energética global, sufrió un retroceso en su participación dentro de la matriz regional.
De acuerdo con el más reciente informe de la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), la participación de la solar se redujo del 6.3% en marzo a 4.7% en abril de 2025, igualando en peso al petróleo y sus derivados. Este dato contrasta con el auge registrado en meses anteriores y abre el debate sobre los retos que enfrenta la región para garantizar un crecimiento equilibrado de todas las energías renovables.

El contraste entre expansión eólica e inestabilidad solar
El mismo informe destaca que, mientras la solar retrocedía, otras fuentes renovables mostraban un dinamismo notable. La energía eólica creció un 42% en abril respecto al mes anterior, impulsada por condiciones climáticas más favorables en cuanto a velocidad de viento. A su vez, la hidroeléctrica, históricamente dominante en la región, se expandió un 7% gracias al aumento de precipitaciones y caudales.
Este contraste pone en evidencia un fenómeno conocido: la vulnerabilidad de la energía solar a la variabilidad climática. Factores como la irradiación solar, la nubosidad estacional y la disponibilidad de capacidad instalada pueden provocar fluctuaciones significativas en su aporte mensual. En abril, estas condiciones jugaron en contra, debilitando la participación de una fuente que muchos consideran estratégica para diversificar la matriz energética.

Dependencia estructural y riesgos para el futuro
Aunque la región ostenta una de las matrices más limpias del mundo, la dependencia de la hidroenergía plantea riesgos que no pueden ser ignorados. Sequías prolongadas, cada vez más frecuentes por el cambio climático, ponen presión sobre la seguridad energética de países altamente hidrodependientes. La energía solar aparece como una alternativa para reducir esta vulnerabilidad, pero su retroceso evidencia que todavía existen barreras estructurales.
Entre los principales desafíos se encuentran:
- Limitaciones tecnológicas y de almacenamiento, que reducen la capacidad de integrar la solar de manera constante en el sistema eléctrico.
- Inversiones desiguales entre países, lo que genera grandes contrastes: mientras naciones como Chile y México han avanzado en megaproyectos solares, otros dependen casi exclusivamente de hidro o gas natural.
- Falta de integración regional, que impide aprovechar el potencial de complementariedad entre distintas fuentes de energía y redes eléctricas.
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Países líderes y rezagados en renovabilidad
El informe de OLADE también destaca que nueve países de la región superaron el índice de renovabilidad promedio del 70%. Paraguay y Uruguay alcanzaron el 100%, Costa Rica llegó al 96%, y Brasil se posicionó en 94%. En este grupo, la energía solar todavía representa una fracción menor frente al peso de la hidro y la eólica.
Este escenario refleja un avance desigual: mientras algunas naciones logran sostener niveles casi totales de energía limpia, la solar sigue sin consolidarse como protagonista. El reto está en equilibrar la matriz y evitar que el peso de la hidro y la eólica limite la incorporación de otras tecnologías renovables que aporten resiliencia frente a escenarios climáticos adversos.
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La urgencia de políticas de diversificación
La caída en la participación de la energía solar en abril de 2025 no debe interpretarse como un fracaso, sino como un llamado de atención. Para garantizar un futuro energético sostenible, la región necesita políticas públicas que incentiven la diversificación tecnológica y promuevan la inversión en almacenamiento y transmisión.
El desarrollo de baterías de gran capacidad y la integración de proyectos híbridos (solar-eólica o solar-hidro) pueden ayudar a reducir la intermitencia y mejorar la estabilidad del sistema. Asimismo, avanzar hacia una mayor interconexión regional permitirá a los países compartir excedentes energéticos y amortiguar los impactos de la variabilidad climática.
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