Menos migrantes, menos remesas: los países de la región que más dependen del dinero de su diáspora
Durante años, las remesas familiares han sido mucho más que una transferencia de dinero para Centroamérica.
Foto: Las remesas enviadas por migrantes constituyen una fuente fundamental de divisas e ingresos familiares en diversos países de América Latina y el Caribe. Una reducción de estos recursos podría afectar el consumo de los hogares, el poder adquisitivo y la actividad económica de las naciones con mayor dependencia del dinero de su diáspora.
Se han convertido en un soporte fundamental para el consumo, la estabilidad de los hogares y el funcionamiento de varias economías de la región. Sin embargo, un cambio en los patrones migratorios hacia Estados Unidos podría poner en riesgo esa fuente de ingresos y aumentar la presión sobre países que todavía dependen considerablemente del dinero enviado por sus ciudadanos desde el extranjero.
Un estudio de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad, elaborado por Hugo Maul y Javier Calderón, advierte que una reducción en la llegada de nuevos migrantes podría desacelerar el flujo de remesas durante los próximos años.
El análisis plantea un desafío estructural: mientras disminuyen las posibilidades de emigrar, las economías centroamericanas todavía no cuentan con suficientes motores internos de crecimiento para compensar una eventual reducción de esos recursos.
La preocupación no se limita a cuánto dinero llega actualmente desde Estados Unidos. También tiene que ver con la capacidad de las nuevas generaciones de migrantes para mantener los vínculos económicos con sus países de origen y sustituir los envíos de quienes llevan más tiempo establecidos en el exterior.
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Nicaragua, Honduras y El Salvador: las economías más expuestas a una caída de las remesas
Las cifras de 2024 recopiladas en el estudio permiten identificar cuáles son los países centroamericanos con mayor dependencia de las transferencias familiares provenientes del extranjero.
Nicaragua encabeza la lista, con remesas equivalentes aproximadamente al 27% de su producto interno bruto (PIB). Le sigue Honduras, donde estos recursos representan el 25% de la economía. En El Salvador, la proporción alcanza el 23.5%, mientras que Guatemala registra cerca del 20%.
Esta clasificación revela una vulnerabilidad económica importante. Cuando una quinta parte o más de la actividad económica de un país está relacionada con el dinero enviado por sus ciudadanos desde el exterior, cualquier alteración prolongada de esos flujos puede repercutir sobre el consumo, el comercio y la capacidad de los hogares para cubrir sus necesidades.
La dependencia también se refleja en la cantidad de familias que reciben estos recursos. En Guatemala, alrededor del 60% de los hogares receptores no podría satisfacer sus necesidades básicas sin las remesas. En Honduras, casi cuatro de cada diez hogares reciben dinero desde el extranjero.
El volumen de estos envíos confirma la dimensión del fenómeno. Durante el primer semestre de 2026, las remesas recibidas por El Salvador, Guatemala y Honduras acumularon US$24,554.6 millones, según las cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) citadas por Bloomberg Línea.
El panorama adquiere mayor relevancia al observar el tamaño de las comunidades centroamericanas residentes en Estados Unidos. En 2026, la población inmigrante salvadoreña alcanzó 1,495,000 personas, seguida por Guatemala, con 1,250,000, y Honduras, con 935,000. Nicaragua registró 377,000 residentes.
Estos números muestran que el flujo de dinero depende de una extensa red de trabajadores y familias cuya capacidad de generar ingresos está vinculada al mercado laboral estadounidense.
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El problema no es solamente migrar menos: también se envía menos dinero con el tiempo
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que las remesas tienen un ciclo económico y familiar. La cantidad de dinero que una persona migrante envía a su país de origen tiende a disminuir conforme aumenta su tiempo de residencia en el extranjero.
Durante los primeros años, muchos trabajadores mantienen económicamente a sus padres, parejas e hijos, además de cubrir las deudas contraídas para financiar su traslado. Sin embargo, a medida que consolidan su vida en Estados Unidos, aparecen nuevas responsabilidades financieras.
La formación de nuevas familias, los gastos de vivienda, la educación y otras obligaciones hacen que una mayor proporción de los ingresos permanezca en el país receptor.
Hugo Maul advierte que este proceso puede intensificarse entre las siguientes generaciones. La primera generación de migrantes tiende a mantener a sus hijos, a su esposa, a sus padres. Con los hijos de los migrantes en el exterior, la caída es dramática, porque el lazo familiar con el país de origen es cada vez más débil, explicó a Bloomberg Línea.
Esto significa que la renovación de los flujos migratorios también tiene importancia económica. Si disminuye la llegada de nuevos trabajadores y quienes ya están establecidos reducen progresivamente sus envíos, los países receptores de remesas podrían experimentar una contracción gradual de esos ingresos.
El fenómeno representa un riesgo especialmente significativo para economías con escasa diversificación productiva y una elevada dependencia del consumo financiado desde el exterior.
En ese contexto, el comportamiento de las remesas familiares en América Latina merece atención, particularmente por su relación con la estabilidad de los hogares y la actividad comercial.
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