La extraña petición de Valentino para su desfile: “Trae un libro”
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La extraña petición de Valentino para su desfile: “Trae un libro”

En una industria acostumbrada a convertir cada detalle en un objeto de deseo, Valentino decidió que para su desfile Primavera-Verano 2027 los invitados debían llegar con algo que no estaba a la venta: un libro.

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La instrucción aparecía en la invitación de la colección “Antibiblioteca”, presentada por Alessandro Michele en París: llevar un ejemplar nuevo o tomado de la biblioteca personal y entregarlo al llegar. La historia del libro, explicaba la invitación, continuaría en manos de otros lectores. Los ejemplares serían destinados a bibliotecas públicas y proyectos vinculados con la lectura.

La escena alteró, aunque fuera por unas horas, la iconografía habitual de una pasarela de lujo. En lugar de llegar únicamente con bolsos, joyería o prendas cuidadosamente elegidas, algunos de los invitados llevaban consigo aquello que habían leído o que, más significativamente, quizá todavía no habían leído.

La “Antibiblioteca” de Alessandro Michele

El concepto de la colección parte de una idea desarrollada por Nassim Nicholas Taleb a partir de la biblioteca del escritor y semiólogo Umberto Eco: una biblioteca no debería medirse solamente por los libros que hemos leído, sino también por aquellos que permanecen pendientes.

Taleb popularizó el término “antilibrary” en The Black Swan para referirse a esa colección de libros no leídos que representa aquello que todavía desconocemos. Su lógica es deliberadamente incómoda: cuanto más sabemos, mayor debería ser nuestra conciencia de todo lo que ignoramos.

Valentino trasladó esa idea del estante al armario.

La pregunta que plantea Michele es sencilla, pero tiene consecuencias más amplias: ¿por qué un vestido debería adquirir valor únicamente cuando encuentra una ocasión para ser utilizado? Una prenda puede permanecer en un guardarropa durante años, igual que un libro puede permanecer cerrado en una biblioteca. En ambos casos existe una posibilidad que todavía no se ha realizado.

La colección convierte esa espera en parte del concepto.

Cuando una casa de moda convierte la lectura en lenguaje

El gesto resulta especialmente interesante porque desplaza el centro de la pasarela. La ropa sigue siendo protagonista, pero deja de ser el único vehículo narrativo.

Michele presentó una colección deliberadamente heterogénea: corsés de seda en colores intensos, encajes, faldas, vestidos, plumas, joyería de gran volumen y accesorios que mezclaban códigos femeninos y masculinos. La estética, sin embargo, no funciona de manera independiente de la idea de la biblioteca. El principio que aparece en los libros (la convivencia entre lo conocido y lo desconocido) también aparece en la ropa a través de combinaciones inesperadas.

Incluso el escenario fue parte de esa ecuación.

 

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La Bibliothèque Sainte-Geneviève, diseñada por Henri Labrouste y abierta al público en 1851, es uno de los grandes ejemplos de la arquitectura bibliotecaria del siglo XIX. Su estructura metálica visible y su organización racional fueron consideradas innovadoras para su época.

Colocar allí una colección de Valentino produce una tensión deliberada, una institución construida alrededor de la preservación y circulación del conocimiento se convierte temporalmente en escenario de una industria basada en la renovación constante.

La ropa cambia cada temporada. Los libros pueden sobrevivirla.

El verdadero objeto de lujo era lo que no se podía comprar

Un bolso puede ser excepcional por su fabricación. Un vestido puede contener horas de trabajo artesanal. Pero un libro introduce otra dimensión: la experiencia acumulada alrededor de un objeto.

No existe un título universalmente correcto para llevar a una pasarela. Elegir un libro supone revelar algo, un interés, una memoria, una obsesión, una curiosidad sin necesidad de explicarlo.

Vogue documentó esa diversidad entre los invitados. Cynthia Erivo, por ejemplo, llevó Giovanni’s Room, de James Baldwin, mientras otros asistentes eligieron desde literatura contemporánea hasta clásicos y obras japonesas. El resultado fue una especie de retrato intelectual improvisado de la primera fila.

Ahí está una de las ideas más sofisticadas del desfile: la individualidad no tenía que construirse mediante una prenda de Valentino.

Podía entrar al recinto en forma de libro.

 

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Una decisión cultural en un momento comercial delicado

La dimensión conceptual no elimina el contexto empresarial. Valentino llega a esta temporada después de un 2025 difícil.

Los ingresos de la casa cayeron 15% hasta €1.120 millones y el resultado operativo pasó de una ganancia de €31 millones en 2024 a una pérdida de €103 millones en 2025. La compañía también cerró ese ejercicio con €1.130 millones de deuda neta. Sus accionistas comprometieron nuevo respaldo financiero para 2026.

Por eso, “Antibiblioteca” puede leerse también como un ejercicio de reposicionamiento cultural.

Michele, que asumió la dirección creativa de Valentino en 2024 después de su etapa en Gucci, no está construyendo únicamente una estética reconocible. Está intentando ampliar el universo semántico de la maison: hacer que Valentino pueda hablar de literatura, arquitectura, historia, imaginación y conocimiento sin abandonar el terreno comercial de la moda.

La estrategia tiene una lógica en un mercado de lujo donde la diferenciación ya no depende exclusivamente del producto. Cuando las grandes casas compiten por captar atención en un entorno saturado de imágenes, crear una idea que pueda sobrevivir a la fotografía de la pasarela se vuelve un activo en sí mismo.

La declaración de Valentino no era “lee más”

La iniciativa tampoco necesita convertirse en una campaña moral sobre los beneficios de la lectura. Su interés está en algo más preciso.

Valentino convirtió el libro en una representación física de lo que todavía no sabemos.

Una persona puede poseer cien libros y no haber leído varios de ellos. Eso no convierte esos ejemplares en objetos inútiles. Al contrario: su presencia mantiene abierta una posibilidad. La misma lógica puede aplicarse a una prenda, una idea o incluso una colección completa.

En una temporada en la que la moda vuelve a preguntarse cuánto puede decir una marca cuando el producto ya no basta para sostener la conversación, Michele encontró una respuesta poco habitual: poner un libro en las manos de quienes habían ido a mirar ropa.

Después del desfile, los libros no debían regresar necesariamente a sus propietarios. Continuarían circulando.

Es quizá la parte más coherente de toda la propuesta. La ropa de una colección termina convirtiéndose en propiedad privada. El libro, en cambio, fue concebido para seguir pasando de una persona a otra.

Valentino no hizo de la lectura un ornamento de su desfile. La utilizó para formular una idea sobre el valor de lo que todavía no conocemos.

Y, en una industria obsesionada con lo nuevo, esa puede ser una de las formas más inteligentes de hablar del futuro.

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