¿Por qué tan pocas mujeres ganan el Nobel en ciencias?
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¿Por qué tan pocas mujeres ganan el Nobel de Física, Química y Medicina?

La historia entre los galardonados de los Premios Nobel de Medicina, Física, Química y Economía muestra una profunda escasez de mujeres sosteniendo el premio. Detrás de esto existen limitaciones en el acceso a la investigación, la financiación y la autoría científica.

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Se trata de una premiación que sirve de referencia mundial para identificar los avances que transforman la comprensión de la naturaleza, la medicina y la economía. Sin embargo, los registros también documentan una desigualdad que persiste en el tiempo.

Hasta la fecha, las mujeres han recibido apenas 30 de los 769 reconocimientos individuales que se han contabilizado en Medicina, Física, Química y Economía entre 1901 y 2026, según las cifras de referencia de este análisis. Es decir, aproximadamente el 3,9%.

La proporción plantea una pregunta que trasciende a una institución centenaria: ¿qué parte del conocimiento científico producido por las mujeres llega a convertirse en conocimiento reconocido por las instituciones que determinan el prestigio de una disciplina?

La respuesta no se encuentra exclusivamente en los comités que eligen a los ganadores. El Nobel constituye el último tramo de una trayectoria que comienza en la educación, continúa en las universidades y los laboratorios, depende de la financiación y las redes profesionales y culmina en un sistema de reconocimiento que privilegia determinados descubrimientos, autores y contribuciones.

Qué significa que solo el 3,9% de los Nobel científicos sean para mujeres

La cifra no demuestra, por sí sola, que cada decisión de los comités haya estado motivada por discriminación. Tampoco permite concluir que el 96,1% restante represente una distribución equivalente de las contribuciones científicas realizadas por hombres y mujeres. Para establecer esa relación sería necesario comparar poblaciones, campos de investigación, trayectorias profesionales, nominaciones y contribuciones evaluadas con criterios homogéneos.

Lo que sí revela es una concentración histórica extraordinaria del reconocimiento.

Según el Instituto de Estadística de la UNESCO, las mujeres representaban el 31,4% de los investigadores del mundo en 2023, frente al 29,5% de 2013. La distancia entre esa participación y el 3,9% atribuido a los premios científicos es considerable, aunque ambos indicadores miden fenómenos distintos: uno contabiliza la presencia en la investigación y el otro, una distinción excepcional concedida a un grupo muy reducido de personas.

La comparación no implica que una proporción equivalente de Nobel deba corresponder automáticamente a cada género. Sí obliga a examinar por qué la presencia femenina disminuye cuando se pasa de participar en la producción científica a recibir su reconocimiento más visible.

El Nobel tampoco constituye un censo de la excelencia mundial. Sus reglas limitan a tres el número de personas que pueden compartir un premio, incluso cuando un descubrimiento depende de contribuciones más amplias. Por tanto, la selección de laureados implica necesariamente una reducción de la complejidad de la investigación a nombres concretos.

De Marie Curie a la actualidad: una evolución con avances desiguales

Marie Curie recibió el Nobel de Física en 1903, compartido con Pierre Curie y Henri Becquerel, y el de Química en 1911. Fue la primera mujer galardonada y sigue siendo una figura excepcional por haber obtenido premios en dos disciplinas científicas diferentes.

Marie Curie

Su trayectoria demuestra que las mujeres podían realizar contribuciones decisivas desde los primeros años del Nobel. También permite observar las restricciones sociales e institucionales de una época en la que su participación en las comunidades científicas estaba mucho más limitada.

Durante décadas, los reconocimientos femeninos avanzaron de manera irregular. En 2018,recibió el Nobel de Física y Frances H. Arnold el de Química, dos distinciones que devolvieron a las mujeres a categorías donde su presencia había sido escasa durante largos periodos.

Donna Strickland / Foto: University of Waterloo

En 2020, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna compartieron el Nobel de Química por el desarrollo de un método de edición genética basado en CRISPR-Cas9. Fue la primera ocasión en que dos mujeres compartieron por sí solas un Nobel científico, sin un hombre entre los galardonados de esa categoría.

En 2023, Katalin Karikó fue reconocida junto con Drew Weissman por sus descubrimientos relacionados con las modificaciones de bases nucleosídicas que hicieron posible desarrollar vacunas eficaces de ARN mensajero contra la COVID-19. En 2025, Mary E. Brunkow fue distinguida con el Nobel de Medicina junto con Fred Ramsdell y Shimon Sakaguchi por sus descubrimientos sobre la tolerancia inmunitaria periférica.

Katalin Karikó / Foto: UNESCO

Estos casos confirman que la participación femenina no permanece congelada en las cifras del pasado. Sin embargo, los avances individuales no han eliminado la disparidad acumulada durante generaciones.

La edición de 2026 vuelve a ilustrar esa diferencia entre progreso y paridad: las categorías científicas y económicas anunciadas hasta el 12 de octubre fueron concedidas exclusivamente a hombres. Un año sin mujeres premiadas no permite diagnosticar por sí solo el funcionamiento de todo el sistema, pero adquiere otro significado cuando se inserta en una serie histórica de 125 años.

El Nobel comienza mucho antes de la nominación

El proceso de selección ofrece una primera pista sobre dónde buscar las causas. Los comités Nobel solicitan nominaciones a personas autorizadas, entre ellas académicos, investigadores destacados y antiguos laureados. Después examinan las candidaturas, recurren a evaluaciones especializadas y presentan recomendaciones a las instituciones que toman la decisión final.

El procedimiento no está abierto a postulaciones espontáneas del público. Una científica puede haber realizado una contribución relevante y, aun así, quedar fuera de la consideración si su trabajo no llega al circuito de nominaciones.

Göran Hansson, quien fue secretario general de la Real Academia de las Ciencias de Suecia, resumió esta limitación al señalar que no se puede premiar a alguien que no ha sido nominado. La afirmación describe una restricción operativa, pero no resuelve la cuestión fundamental: cómo se distribuye la posibilidad de ser nominada.

La trayectoria de una investigadora depende de factores anteriores a ese momento: acceso a laboratorios, recursos para sostener proyectos, oportunidades de dirigir equipos, publicaciones, redes de colaboración y visibilidad dentro de su especialidad. Si existen diferencias persistentes en esas condiciones, también pueden existir diferencias en las probabilidades de que su trabajo llegue a los evaluadores más influyentes.

La propia estructura del premio añade otra dificultad. La ciencia se produce cada vez más mediante colaboraciones extensas, pero el Nobel solo puede reconocer hasta tres personas por galardón. Esa regla no afecta exclusivamente a las mujeres; sin embargo, puede agravar las consecuencias de una atribución desigual del crédito cuando las contribuciones de algunas investigadoras son menos visibles.

Las nominaciones permanecen confidenciales durante 50 años. La reserva protege deliberaciones sensibles, aunque limita la posibilidad de examinar en tiempo real quién fue considerado, quién quedó fuera y qué argumentos respaldaron las decisiones. Los archivos históricos permiten investigar parte de esas preguntas, pero con un retraso considerable.

Lise Meitner y el problema de quién recibe el crédito

Pocos casos ilustran mejor la distancia entre contribuir a un descubrimiento y obtener su reconocimiento que el de Lise Meitner, física que desempeñó un papel fundamental en la interpretación teórica de la fisión nuclear.

Meitner trabajó durante décadas con Otto Hahn. En 1944, el Nobel de Química por el descubrimiento de la fisión de núcleos pesados fue concedido a Hahn, sin incluirla. Su exclusión sigue siendo objeto de debate histórico porque su aportación a la explicación física del fenómeno fue crucial.

El caso se relaciona con el llamado efecto Matilda, término utilizado para describir la tendencia a minimizar o atribuir a colegas hombres las contribuciones de mujeres científicas. El concepto no significa que todas las omisiones respondan al mismo mecanismo, pero permite investigar cómo las reputaciones, las jerarquías profesionales y las prácticas de atribución pueden influir en el reconocimiento.

Lise Meitner / Foto: NatGeo

El problema no termina con un premio perdido. El crédito científico tiene consecuencias acumulativas: influye en las citas académicas, las oportunidades de financiación, las invitaciones a colaborar y la reputación que determina quién recibe nuevas oportunidades.

En una carrera investigadora, esos elementos pueden reforzarse entre sí. Un descubrimiento reconocido impulsa la trayectoria de quien aparece asociado a él; la visibilidad resultante facilita nuevas colaboraciones y aumenta las probabilidades de que sus trabajos posteriores reciban atención. Cuando el reconocimiento inicial se distribuye de manera desigual, las consecuencias pueden extenderse durante años.

La brecha se construye dentro del sistema científico

La infrarrepresentación en los Nobel coincide con desigualdades documentadas en etapas anteriores de la carrera científica.

La UNESCO estima que las mujeres constituyen el 35% de quienes se gradúan en disciplinas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), una proporción que apenas ha variado en la última década. En los países del G20, las mujeres ocupaban el 22% de los empleos STEM en 2021, frente al 19% registrado en 2005.

La diferencia entre graduarse, investigar y acceder a determinadas especialidades importa porque cada etapa delimita las oportunidades posteriores. No todas las disciplinas cuentan con la misma composición por género, ni todas ofrecen idénticas condiciones de financiación, estabilidad laboral o progresión profesional.

También intervienen factores menos visibles. Las responsabilidades de cuidado, que siguen distribuyéndose de forma desigual, pueden dificultar la movilidad internacional, la asistencia a congresos y la continuidad de proyectos exigentes. La falta de reconocimiento, a su vez, puede reducir las posibilidades de conseguir recursos o dirigir equipos.

A estas barreras se suman los estereotipos que aparecen desde la infancia. Una investigación publicada en Science en 2017 encontró que, desde los seis años, las niñas eran menos propensas que los niños a asociar la brillantez intelectual con su propio género. El estudio no demuestra que esa percepción determine una carrera científica, pero ayuda a explicar cómo las expectativas sociales pueden influir antes de que se produzca una elección académica.

Ninguno de estos factores explica por sí solo los resultados del Nobel. Su importancia reside en la acumulación: pequeñas diferencias en acceso, permanencia, visibilidad y oportunidades pueden modificar quién llega a desarrollar investigaciones de impacto y quién consigue que sus aportaciones sean reconocidas.

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