Bonarelli 50 años de un apellido que conquistó el paladar dominicano.
Una historia de familia, tradición y excelencia que nació entre sabores italianos y se convirtió en un legado nacional.
Foto: Una historia de familia, tradición y excelencia que nació entre sabores italianos y se convirtió en legado nacional. Fotografía por David Pou para revista Mercado.
TODO EMPEZÓ EN 1953
Cincuenta años después de fundar El Catador, Giuseppe “Peppino” Bonarelli Pascale contempla una historia construida sobre trabajo, disciplina y visión de futuro. De aquella primera apuesta por el vino a una familia empresarial diversificada, el camino ha estado marcado por oportunidades, aprendizajes y una sucesión entendida como continuidad, pero también como libertad para crear. Hoy, sus hijos ocupan nuevos espacios y asumen el desafío de transformar el legado sin perder los valores que lo hicieron posible.
Don “Peppino”, usted es hijo de Annibale Bonarelli Izzo e Immacolata Pascale, inmigrantes italianos que llegaron a la República Dominicana y construyeron aquí su vida y su empresa. Creció en El Vesuvio y, desde ahí, desarrolló El Catador, Pizzarelli y otros emprendimientos a través de la familia: se recibe algo, lo disfruta, lo cuida durante un tiempo y procura que pueda continuar después de uno. ¿Qué valores recibió de sus padres que se convirtieron en principios para su familia y su trayectoria empresarial?
De mis padres recibí prácticamente todo. Papá era un hombre de trabajo, muy recto y un gran emprendedor; enseñaba con el ejemplo. Uno lo veía trabajar y aprendía. Mamá era fuerte, muy disciplinada. En El Vesuvio aprendimos honestidad, disciplina, respeto al trabajo y valor de la familia. Mamá también nos enseñó a ser agradecidos con República Dominicana. Este país recibió a nuestra familia con los brazos abiertos y todo lo que hemos construido ha sido aquí. Eso transmití a mis hijos: trabajar, ser correctos y nunca olvidar sus raíces.

El Catador nació al detectar la ausencia de una cultura del vino. Pizzarelli surgió de otra oportunidad. ¿Qué ha aprendido en estos 50 años sobre cómo identificar oportunidades y convertirlas en empresas capaces de trascender?
Papá tenía una capacidad para ver oportunidades. Al comenzar con El Catador, casi no había cultura de vino. Entendí que no se trataba solamente de vender una botella: había que enseñar a la gente a conocer y disfrutar el vino. Comenzamos con degustaciones. Eso me enseñó que una oportunidad exige trabajo, paciencia y persistencia. También me he equivocado; antes de entrar en un negocio hay que estudiar. Para que una empresa trascienda, hay que involucrar a los hijos, darles confianza y permitirles decidir.

La familia comenzó a diversificarse hacia negocios diferentes, entre ellos la agricultura. ¿Qué motivó esa expansión?
Cuando me di cuenta de que mis hijos eran muy eficientes e iban más rápido de lo que yo podía ejecutar, entendí que era el momento de ponerme a un lado. Pero retirarme nunca significó sentarme en un sillón. La finca fue regresar a algo que conocí de joven: estudié agricultura en Moca y aprendí a manejar tractor antes que carro. No fue una estrategia de diversificación; surgió naturalmente y se convirtió en una oportunidad. La agricultura obliga a tener paciencia; con las empresas y la familia ocurre lo mismo.

Al pasar de El Catador y Pizzarelli a la agricultura, cambian el mercado, los conocimientos y la operación. ¿Qué principios permanecieron intactos y qué tuvo que aprender?
Los principios son los mismos. Puede ser una botella de vino, una pizza o una palma: hay que hacer las cosas bien, cuidar la calidad, respetar al cliente. Nunca he tenido problema en decir: “De esto no sé”. Cuando Pizzarelli necesitó transformarse, busqué especialistas. Con la agricultura hice lo mismo. Uno no tiene que saberlo todo. Hay que saber escuchar, formar buenos equipos y tener la humildad de aprender.
DEL VESUVIO A PIZZARELLI
Manos a la masa 1982
Sus cuatro hijos han encontrado su propio lugar: Giuseppe y Piero en El Catador, Annibale en su propio negocio y Giovanni en inversiones y finanzas. ¿Buscó preservar las empresas existentes o darles libertad para construir nuevas áreas?
Nunca quise que mis hijos fueran iguales ni que todos hicieran lo mismo. Cada uno tiene su personalidad y su camino. Giuseppe y Piero encontraron su espacio en El Catador y han hecho un trabajo extraordinario. Annibale tomó otro camino y desarrolló un negocio exitoso, mientras que Giovanni siempre tuvo una inclinación por las finanzas y las inversiones. Cada uno debe desarrollarse en lo que le apasiona. Desde pequeños estuvieron cerca de los negocios. Pero llega un momento en el que hay que dejarlos volar. Yo les di una base; después construyeron su camino. Eso importa.
Usted ha dicho que “lo más importante es el ejemplo y después la disciplina; luego, dejar que los hijos hagan”. ¿Cómo ha aplicado esa filosofía?
Los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que uno les dice. Por eso primero está el ejemplo. Ellos crecieron viéndonos trabajar y, desde jóvenes, estuvieron cerca de los negocios. Después viene la disciplina: entender que las cosas cuestan y que los resultados no llegan solos. Luego viene, quizás, la parte más difícil para un padre: dejarlos hacer. Darles confianza para continuar lo que uno construyó, pero también para cambiarlo, mejorarlo o comenzar algo completamente nuevo. Se van a equivocar; yo también me equivoqué y aprendí. Cuando entendí que mis hijos iban más rápido que yo, decidí ponerme a un lado. Estoy aquí cuando me necesitan, pero ellos deciden. Ese también es legado: enseñarles a construir sus propias empresas.
A sus 80 años y con El Catador cumpliendo 50, ¿qué representa para usted la diversificación de la familia: estrategia empresarial, evolución natural o una forma de asegurar el legado?
Fue una evolución natural. Mis hijos son diferentes, tienen capacidades distintas y cada uno fue encontrando su camino. Para mí el legado no es una empresa, sino una manera de trabajar, ser honestos, disciplinados y mantener la familia unida. Las empresas pueden cambiar; los principios no. Ver a El Catador cumplir 50 años me satisface. Comenzamos enseñando a la gente a tomar vino y hoy mis hijos la llevan. Y ahora veo también a mis nietos. Se preparan para los negocios familiares.
¿Qué significa entregarles no solo empresas, sino una manera de entender el trabajo, la disciplina y la familia? ¿Qué espera que conserven y qué que transformen?
Las empresas son importantes, pero no son lo más importante que uno deja. Quisiera que mis hijos y mis nietos conservaran la honestidad, la disciplina, la transparencia, la unión de la familia y el agradecimiento a este país. Que respeten el trabajo y a quienes trabajan con ellos y que devuelvan a República Dominicana lo que nos ha dado. Siempre les digo que el dinero debe crear bienestar también para empleados y para quienes tienen menos. De papá heredé algo muy bonito: muchas veces alguien sabía que yo era hijo de don Annibale y me abría una puerta con cariño. Ese patrimonio también quisiera dejarles. Todo lo demás pueden transformarlo. El mundo está cambiando demasiado rápido. Que conserven los valores, pero tengan libertad para cambiar los negocios y hacerlos mejor.
"Recuerdo que aquí la gente no tomaba vino y cuando lo probaban, engurruñaban la cara, entonces me dije...¡EN QUÉ LÍO
ME HE METIDO!"
Usted es un apasionado coleccionista de arte contemporáneo; la pintura y la escultura forman parte de su entorno cotidiano y ha construido, a lo largo de los años, una colección tan nutrida como cuidada. La decisión de preservar y donar al Centro León “Mar y tierra I”, de Antonio Prats Ventós, llevó esa pasión del ámbito personal al patrimonio colectivo. ¿Qué significa para usted coleccionar arte y en qué momento una colección deja de ser solamente una expresión personal para convertirse también en una responsabilidad de preservar, compartir y legar cultura a las futuras generaciones?
Mi relación con el arte comenzó de una manera muy sencilla. Iba con un grupo de amigos a exposiciones en Bellas Artes, comencé a conocer artistas, a visitar sus talleres y me fui entusiasmando. En esa época no tenía mucho dinero para comprar arte; compraba alguna obra y muchas veces la pagaba poco a poco. Para mí el arte no tiene que ser complicado. Una obra primero tiene que gustarte. Disfruto estar rodeado de arte y con los años también entendí que, cuando compras una obra, estás apoyando a un artista para que pueda seguir creando. “Mar y tierra I” era especial. Antonio Prats Ventós la creó para El Vesuvio y fue parte de un lugar muy importante para nuestra familia y para mucha gente. Cuando El Vesuvio ya no estaba, entendimos que una obra así no podía quedarse guardada. Donarla al Centro León fue una manera de preservarla y también de devolver algo a los santiagueros, que siempre fueron una clientela muy fiel del restaurante. Ahora la obra puede verla y disfrutarla mucha gente.

Annibale, a diferencia de sus hermanos, usted tomó el camino de construir Terra RD, llevando el legado familiar a un negocio distinto ¿Qué significó salir del territorio de su padre y crear su propia empresa?
La idea de entrar al negocio de la madera fue de mi padre. Para mí significó encontrar mi propia forma de continuar su visión con el espíritu emprendedor que nos ha enseñado. Hemos crecido viendo lo que implica construir una empresa: disciplina, cuidar al cliente, cumplir la palabra, responsabilidad y visión de largo plazo. Esos valores no pertenecen a una industria; son una manera de hacer una empresa. Quería construir algo y desarrollar una compañía siguiendo la visión de mi padre. Terra RD fue la oportunidad de aplicar lo aprendido a un negocio con identidad. Con los años entendí que un legado no exige hacer lo mismo que la generación anterior. También puede consistir en conservar los mismos principios y utilizarlos para crear algo nuevo. Por eso veo a Terra como una empresa, en un sector distinto, construido sobre los valores aprendidos de mi padre. Las cuatro perspectivas convergen en una idea: el legado no se conserva repitiendo el pasado, sino llevando sus principios hacia el futuro.
LA GRAN CATA "... había que enseñar a la gente a consumir vino."

Giuseppe, usted asumió el reto de llevar a la empresa a una nueva etapa, que representa el legado de su padre para seguir creciendo, innovando y conectando con nuevas generaciones ¿Cómo se equilibra proteger aquello que hizo grande a El Catador con transformarlo para los próximos 50 años?
Hay algo contradictorio en recibir una empresa que ha sido exitosa durante décadas. Por un lado, el éxito te da una plataforma que ya funciona, pero esto también puede convertirse en un gran enemigo; porque cuando algo va funcionando bien durante tanto tiempo, la tentación natural es dedicarse a protegerlo volviéndose adverso al cambio. Y creo que ahí es precisamente donde comienza el riesgo. Honrar un legado no significa conservarlo intacto, sino desafiarlo sin traicionarlo. Mi padre construyó El Catador con pasión, conocimiento, credibilidad y obsesión por la calidad. Esos principios son nuestro ADN. Todo lo demás debe cuestionarse: el mundo cambiará. Las nuevas generaciones descubren los productos de otra manera. Ya no basta con grandes vinos y conocimiento: debemos crear experiencias, conversación, cultura y comunidad y lograr que los jóvenes sientan que este mundo les pertenece.
Piero, su trayectoria dentro de El Catador ha estado vinculada a las ventas y los clientes ¿Cómo se traduce hoy la filosofía de Don Peppino, hacer que el cliente se sienta parte de la casa, mientras se conquistan públicos?
Nosotros crecimos bajo esa filosofía. Nuestro padre nos la transmitió desde el primer día. Primaba atender bien al cliente y estar ahí para él. Y eso sigue siendo lo más importante: el relacionamiento humano. Nuestros clientes son nuestros amigos y nuestros amigos son nuestros clientes. Nunca hemos querido separar ambas cosas. Cuando una empresa familiar crece, esa relación uno a uno se vuelve más compleja. La solución ha sido que el equipo haga suya esa filosofía. Nos enorgullece que nuestros colaboradores absorban esa cultura y mantengan el trato cercano, de casa, con la profesionalidad que exige el negocio. Así podemos llegar a públicos sin perder lo que somos. La esencia está en cómo tratamos a la gente.
Giovanni, su trayectoria lo llevó hacia las finanzas. ¿Qué perspectiva aporta su formación a la manera en que la familia piensa sobre crecimiento, diversificación, patrimonio y continuidad?
Mi experiencia en finanzas aporta una perspectiva diferente y complementaria a la experiencia de nuestra familia. Me ha enseñado a pensar en riesgo, diversificación, crecimiento y largo plazo. En una familia que ha construido patrimonio durante generaciones, debemos pensar en hacerlo crecer, protegerlo y prepararlo para el futuro. Mi experiencia financiera es una herramienta para enriquecer las decisiones familiares, combinando experiencia con una visión de inversión y patrimonio.
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