Bad Bunny hace historia en la Super Bowl con un mensaje latino
Bad Bunny no solo protagonizó el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl más comentado de los últimos años, sino que convirtió el escenario deportivo más visto del planeta en una declaración cultural, política y generacional. Ante una audiencia global estimada en más de 130 millones de personas, el artista puertorriqueño ofreció un show que desbordó música, identidad y mensaje, consolidándose como una de las figuras más influyentes de la cultura latina contemporánea.
En el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, el cantante desplegó una narrativa visual que conectó Puerto Rico, Nueva York y el Caribe con el corazón del entretenimiento estadounidense. Palmeras, cañas de azúcar, azoteas urbanas, barberías y mercados latinos conformaron un escenario que evocaba tanto al Viejo San Juan como a barrios icónicos de Harlem. Todo ello enmarcado por una decisión histórica: el espectáculo fue presentado íntegramente en español, algo inédito en seis décadas de Super Bowl.
Un homenaje a Puerto Rico y a la América diversa
Vestido de blanco y sosteniendo un balón de fútbol americano, Bad Bunny abrió y cerró su actuación con un mensaje claro: “Seguimos aquí”. La frase, acompañada por su tema DtMF y por un cuerpo de baile portando banderas de países latinoamericanos, sintetizó el espíritu del show. El artista se reservó para sí la bandera de Puerto Rico, reafirmando su identidad boricua frente al mundo.
El homenaje no fue solo simbólico. La puesta en escena incluyó referencias a la historia colonial de la isla, a la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos y a las heridas recientes provocadas por crisis económicas, desastres naturales y procesos de gentrificación. Bad Bunny, nacido en Vega Baja, convirtió su éxito global en una plataforma para visibilizar realidades que suelen quedar fuera del espectáculo deportivo.
Invitados estelares y celebración de la música latina
El show también funcionó como un reconocimiento a quienes abrieron camino. Ricky Martin apareció como símbolo de la primera gran conquista latina del mercado estadounidense, mientras Lady Gaga sorprendió al público con una versión salsera de Die with a Smile, acompañada por el grupo puertorriqueño Los Sobrinos, antes de fundirse en un Baile inolvidable junto al anfitrión.
El recorrido musical incluyó éxitos como Tití me preguntó y Yo perreo sola, además de un medley que rindió tributo al reggaetón clásico con temas como La gasolina de Daddy Yankee y Dale Don Dale de Don Omar. En las pantallas gigantes, una palabra se repetía sin complejos: PERREO, reivindicando el baile como expresión cultural y acto de resistencia.
Política, migración y el choque con Donald Trump
Más allá de lo artístico, el espectáculo adquirió una fuerte carga política. En un contexto marcado por el endurecimiento de la política migratoria de Donald Trump, Bad Bunny emergió como un símbolo de la América multicultural que desafía la narrativa oficial. El presidente calificó el show de “terrible” en su red social Truth, criticando el idioma, el baile y el mensaje, en una reacción que terminó amplificando aún más el impacto del artista.
Durante la semana previa, grupos conservadores promovieron un evento alternativo denominado Intermedio Exclusivamente Estadounidense, encabezado por Kid Rock. El contraste entre ambos espectáculos fue evidente: uno anclado en el presente diverso de Estados Unidos y otro en una visión nostálgica y excluyente del pasado.
Bad Bunny como icono cultural global
El momento más emotivo llegó cuando Benito Antonio Ocasio Martínez habló directamente a cámara: “Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo”. La imagen de un niño sosteniendo uno de los dos premios Grammy que el artista había ganado días antes reforzó la narrativa de superación y representación.
La Super Bowl de este año no fue solo un evento deportivo. Fue un espejo de la fractura cultural estadounidense en pleno aniversario número 250 de la independencia del país. En ese escenario, Bad Bunny no actuó como invitado, sino como protagonista de una conversación global sobre identidad, idioma, migración y poder cultural.
Con su actuación, el artista confirmó que la música latina ya no pide permiso. Ocupa el centro del escenario, habla en su propio idioma y redefine qué significa América en el siglo XXI.
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