Un recorrido conceptual: ¿Por qué la equidad de género sigue sin funcionar?
La equidad de género es uno de los grandes retos del siglo XXI. A pesar de décadas de debates, políticas y compromisos internacionales, la realidad muestra que los avances son insuficientes. ¿Por qué sigue sin funcionar? La respuesta está en la compleja relación entre trabajo, familia y los roles de género que persisten en nuestras sociedades.
Conciliación: una batalla histórica entre trabajo y familia
Esto que tanto hemos documentado sobre la conciliación entre la vida familiar y laboral es un tema que la ONU lleva años considerando, y que los países en vías de desarrollo aún encuentran difícil de asimilar. Las políticas de conciliación comenzaron a desarrollarse en Europa cuando las mujeres ingresaron al mercado laboral con vocación de permanencia, haciendo más evidente los conflictos entre trabajo y familia y agrandando la brecha para alcanzar una verdadera equidad de género.
El término “conciliación” se refiere justamente a la necesidad de reconciliar dos áreas en disputa: la eterna batalla entre trabajo y familia. Sin embargo, la primera experiencia para imponer medidas fue valorada como negativa porque reprodujo los roles de género, al enfocarse únicamente en las mujeres. Mientras tanto, los hombres continuaban bajo el modelo del “trabajador ideal”, aquel sin responsabilidades familiares.
El gran obstáculo: implementación y corresponsabilidad
La implementación de estas iniciativas ha sido el gran obstáculo para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente el ODS 5: Equidad de Género. Por ello, el concepto evolucionó hacia “políticas de conciliación con corresponsabilidad social”, como lo planteó el informe OIT-PNUD (2009). Este enfoque busca transformar las relaciones de género mediante políticas que promuevan la corresponsabilidad en los cuidados entre hombres y mujeres.
No basta con que el Estado o las empresas reduzcan el trabajo de cuidados no remunerado y faciliten la conciliación laboral. Es indispensable transformar los roles de género, de lo contrario, las desigualdades y desventajas para las mujeres se mantendrán.
¿Cómo afecta la falta de corresponsabilidad?
Cuando las mujeres no cumplen con el modelo del “trabajador ideal”, su trabajo sigue desvalorizado y sufren discriminación y segregación laboral. Además, si los hogares de menores ingresos no acceden a servicios de cuidado infantil gratuitos y de calidad, se perpetúa la división sexual del trabajo. En contraste, los hogares con mayores ingresos pueden pagar servicios privados, profundizando la desigualdad social.
El marco de las Tres R: Reconocer, Reducir y Redistribuir
La economista Diane Elson propuso el marco de las Tres R para analizar las políticas de cuidados:
- Reconocimiento del trabajo de cuidados no remunerado.
- Reducción mediante servicios y prestaciones (licencias, medidas empresariales).
- Redistribución del trabajo de cuidados entre hombres y mujeres.
La corresponsabilidad social apunta a reducir el trabajo no remunerado mediante la provisión de servicios por parte del Estado, empresas y sindicatos. Por su parte, la corresponsabilidad de género busca redistribuir estas tareas dentro de los hogares, apoyada por licencias, flexibilidad laboral y teletrabajo.
Tiempo, dinero y servicios: la ecuación pendiente
Para que la equidad de género funcione, las empresas deben estructurar políticas basadas en tres elementos: tiempo, dinero y servicios de cuidado. Solo así se podrán consolidar modelos que transformen la dinámica de género en las familias y en el mercado laboral.
En definitiva, la equidad de género no falla por falta de discurso, sino por la ausencia de corresponsabilidad real y la persistencia de roles tradicionales. Sin políticas integrales que reconozcan, reduzcan y redistribuyan el trabajo de cuidados, la brecha seguirá creciendo.
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