Terremoto en Panamá: la magnitud no determina las víctimas
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¿Por qué el terremoto de 7.7 en Panamá no fue tan letal como los de Venezuela y Colombia?

Aunque el sismo que sacudió Panamá tuvo una magnitud superior a la de otros terremotos recientes de la región, la ubicación del epicentro, la exposición de las comunidades y la resistencia de las edificaciones ayudan a explicar la diferencia en el número de víctimas.

Aguja de un sismógrafo registrando ondas sísmicas en un papel milimetrado en espiral.

Foto: El terremoto de magnitud 7.7 registrado en Panamá causó menos víctimas que otros sismos recientes en la región debido a la ubicación del epicentro, la baja exposición de las comunidades y la resistencia de las edificaciones.

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El terremoto de magnitud 7.7 que sacudió el suroeste de Panamá el viernes 9 de octubre dejó daños en viviendas e infraestructuras, decenas de personas heridas y comunidades afectadas, pero sin víctimas mortales confirmadas en los primeros balances. El resultado contrasta con los terremotos registrados en Venezuela y Colombia durante 2026, que provocaron una emergencia humanitaria de mayor escala.

La diferencia plantea una pregunta importante: ¿por qué un movimiento telúrico de gran magnitud puede causar daños materiales sin dejar fallecidos, mientras otros sismos de magnitudes similares terminan en tragedia? La respuesta no depende únicamente de la fuerza del terremoto, sino de las condiciones en las que ocurre y de la vulnerabilidad de las zonas afectadas.

De igual forma, el canciller dominicano, Ito Bisonó, destacó el cumplimiento de las normas de construcción en Panamá como uno de los aspectos que merecen atención. El funcionario afirmó que la situación estaba bajo control y que el Gobierno dominicano había ofrecido asistencia, aunque las autoridades panameñas no la habían solicitado hasta ese momento.

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La magnitud no determina por sí sola el número de víctimas

A pesar de que la magnitud mide la energía liberada por un terremoto, no indica directamente cuántas personas resultarán afectadas. Para evaluar su impacto es necesario considerar la profundidad del sismo, la distancia entre el epicentro y las ciudades, las características del suelo y la calidad de las edificaciones.

Por eso, dos terremotos de magnitudes cercanas pueden tener consecuencias muy diferentes. Un movimiento que ocurre lejos de grandes concentraciones de población puede causar menos víctimas que otro de menor magnitud que afecte directamente zonas urbanas con edificios vulnerables.

¿Dónde ocurrió el terremoto de Panamá?

De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el sismo del 9 de octubre alcanzó una magnitud de 7.7. Su epicentro se localizó cerca de Tonosí, en el suroeste panameño, a unos 239 kilómetros de Ciudad de Panamá.

Más allá de que el movimiento se sintió con fuerza y provocó daños en distintas localidades, la capital y otras zonas densamente pobladas no recibieron el impacto directo del epicentro. Esa distancia es un elemento relevante para entender por qué el balance inicial de víctimas fue distinto al de otros terremotos recientes.

El sismo estuvo acompañado de réplicas y daños en viviendas, edificios públicos y otras infraestructuras. La ausencia de fallecidos no significa que el desastre haya sido menor para las comunidades afectadas, algunas de las cuales enfrentaron dificultades de comunicación y acceso a la ayuda.

Normas de construcción son un factor clave

Ahora bien, la resistencia de las edificaciones puede marcar la diferencia entre un terremoto que deja daños reparables y otro que provoca derrumbes con personas atrapadas. Las construcciones diseñadas y ejecutadas conforme a normas sismorresistentes pueden soportar mejor las fuerzas generadas por el movimiento del suelo.

Ito Bisonó resaltó precisamente este punto al referirse a Panamá. Sin embargo, para establecer cuánto contribuyeron las normas de construcción al resultado del terremoto sería necesario contar con evaluaciones técnicas de los edificios afectados y comparar sus características con las de las estructuras que colapsaron en otros países.

La aplicación de códigos de construcción, la supervisión de las obras y el mantenimiento de las infraestructuras son elementos importantes para reducir el riesgo. Aun así, ningún estándar elimina por completo la posibilidad de daños ante un sismo de gran magnitud.

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Colombia: un terremoto con cientos de fallecidos

El terremoto que golpeó a Colombia el 10 de agosto de 2026 tuvo una magnitud de 7.4 y un epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a una profundidad de aproximadamente 103 kilómetros, según el Servicio Geológico Colombiano.

Aunque fue ligeramente menos potente que el registrado en Panamá, sus consecuencias fueron mucho más graves. El balance divulgado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y reportado por medios colombianos llegó a 335 personas fallecidas, de miles de heridos y cientos de miles de damnificados.

La emergencia afectó a cientos de municipios y dejó numerosas viviendas averiadas o destruidas, así como daños en edificios, centros de salud, escuelas y vías. La extensión de las afectaciones y la exposición de las comunidades ayudan a explicar la dimensión de la tragedia.

La comparación demuestra que la magnitud no basta para anticipar el número de víctimas: importa cómo se transmite el movimiento a las zonas habitadas y qué tan preparadas están las infraestructuras para resistirlo.

Venezuela: dos sismos de más de 7 grados

Asimismo, Venezuela sufrió una emergencia sísmica el 24 de junio de 2026, cuando dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieron el centro-norte del país con pocos segundos de diferencia.

Los movimientos afectaron zonas pobladas, entre ellas áreas próximas a Caracas y el estado costero de La Guaira, donde se reportaron daños estructurales y edificios colapsados. Los balances oficiales difundidos posteriormente por autoridades venezolanas elevaron considerablemente la cifra de fallecidos, aunque las cifras divulgadas durante la emergencia variaron con el paso de las semanas.

La cercanía de los sismos a comunidades habitadas y el colapso de estructuras muestran cómo la exposición de la población y la vulnerabilidad de las edificaciones pueden convertir un evento sísmico en una catástrofe humana.

No obstante, para comparar las consecuencias entre países con rigor deben considerarse las diferencias en los métodos de registro, la disponibilidad de información y la actualización de las cifras de víctimas.

¿Qué enseñan estos terremotos sobre la prevención?

Los tres casos ponen de relieve la importancia de invertir en prevención antes de que ocurra una emergencia. La aplicación de normas sismorresistentes, la evaluación de edificios existentes, la preparación de los servicios de rescate y la planificación de evacuaciones pueden reducir el riesgo de muertes.

También resulta esencial identificar las zonas más vulnerables, reforzar infraestructuras críticas y garantizar que las comunidades sepan cómo actuar durante y después de un terremoto. Las réplicas, los daños en carreteras y las interrupciones de servicios pueden prolongar una emergencia incluso cuando el número de víctimas inicial es bajo.

La experiencia panameña no permite concluir que un país esté completamente protegido frente a terremotos de gran magnitud. Sí refuerza la necesidad de estudiar qué factores limitaron las pérdidas humanas y cuáles pueden aplicarse para mejorar la seguridad en otras regiones.

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Diferencia está en la exposición y la vulnerabilidad

El terremoto de Panamá tuvo una magnitud de 7.7, pero dejó un balance inicial de víctimas mortales muy distinto al de los sismos recientes de Venezuela y Colombia. La distancia del epicentro a las principales concentraciones urbanas y la resistencia de las construcciones son factores relevantes, aunque no bastan por sí solos para explicar todas las diferencias.

La conclusión es que la magnitud de un terremoto no determina automáticamente su letalidad. La preparación, la calidad de las edificaciones, la distribución de la población y la capacidad de respuesta influyen en el desenlace.

Por eso, reducir las consecuencias de futuros sismos exige fortalecer la prevención y la infraestructura antes de que se produzca el próximo movimiento telúrico.

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