Las iglesias más altas del mundo y la antigua necesidad de las ciudades de dejar algo imposible en el horizonte
Mucho antes de que los rascacielos financieros transformaran el perfil de ciudades como Nueva York, Dubái o Shanghái, las grandes estructuras que dominaban el horizonte eran las iglesias y las catedrales. En muchas partes del mundo, la altura no respondía únicamente a una decisión arquitectónica o estética. Construir hacia arriba también era una manera de proyectar poder, estabilidad, influencia y permanencia.
Levantar una de estas estructuras implicaba recursos que pocas ciudades podían sostener, décadas enteras de trabajo y niveles de ingeniería extremadamente avanzados para su época. Algunas tardaron más de un siglo en completarse; otras sobrevivieron a guerras, incendios y crisis históricas antes de alcanzar su forma definitiva. Y quizás por eso todavía producen algo difícil de explicar cuando aparecen ante uno. No importa cuántas fotografías existan o cuántas se hayan visto en documentales o en redes sociales: la escala termina sorprendiendo igual. Frente a algunas de estas construcciones, la mirada tarda unos segundos en acomodarse porque el tamaño real del edificio no termina de coincidir con la referencia visual que uno tiene en la cabeza.
Ese interés reapareció este año cuando la Sagrada Família, en Barcelona, alcanzó oficialmente los 172,5 metros de altura y superó a Ulm Minster, en Alemania, convirtiéndose en la iglesia más alta del planeta. Más allá del récord, el momento también sirve para reflexionar sobre cómo distintas épocas intentaron convertir piedra, luz y altura en una demostración visible de identidad colectiva.
Sagrada Família — Barcelona, España
Pocas construcciones consiguen alterar tanto la percepción visual de una ciudad como la Sagrada Família. Incluso dentro de Barcelona, una ciudad llena de edificios modernistas, avenidas amplias y arquitectura reconocible desde cualquier parte del mundo, la basílica sigue apareciendo como algo completamente fuera de escala.
El proyecto comenzó en 1882, en un momento en el que Barcelona atravesaba una enorme transformación urbana y cultural, impulsada por la industrialización y el crecimiento económico de Cataluña. La ciudad empezaba a expandirse más allá de sus antiguos límites medievales y surgía una nueva burguesía interesada en financiar obras que también funcionaran como símbolos culturales y de identidad catalana. Fue en ese contexto que Antoni Gaudí asumió el diseño de la basílica y terminó por convertirla en la obra más ambiciosa de toda su carrera.
Las torres parecen esculturas moldeadas por el viento más que estructuras tradicionales; las fachadas están llenas de detalles que invitan a detenerse y el interior rompe por completo con la idea clásica de una iglesia monumental. La luz entra por vitrales de colores intensos y cae sobre columnas que se abren como troncos de árboles, haciendo que el espacio se sienta más cercano a un bosque que a una construcción de piedra.
Eso tiene mucho que ver con la forma en que Gaudí entendía la arquitectura. Para él, la naturaleza no era una inspiración decorativa, sino la lógica estructural del edificio. Por eso casi nada se percibe rígido o completamente recto. Todo parece diseñado para generar movimiento, profundidad y una sensación constante de verticalidad.
La construcción, además, atravesó algunos de los momentos más complejos de la historia española, incluida la Guerra Civil, periodos de interrupción y décadas enteras en las que el proyecto avanzaba lentamente gracias a donaciones privadas. Y quizás ahí también está parte de lo que vuelve tan singular a la Sagrada Família: más que un edificio terminado rápidamente en una sola época terminó convirtiéndose en una obra que distintas generaciones fueron empujando durante más de un siglo.
Lo impresionante es que, después de más de 140 años de construcción, la Sagrada Família no transmite la sensación de pertenecer al pasado. Al contrario. Sigue pareciendo una obra adelantada a su tiempo.

Ulm Minster — Ulm, Alemania
Tras la complejidad visual de la Sagrada Família, Ulm Minster deja una impresión completamente distinta. La primera reacción aquí no proviene de los detalles ni del color, sino de la altura. La torre principal domina el horizonte de la ciudad de forma tan imponente que cuesta creer que gran parte de la estructura comenzó a erigirse en 1377.
En ese momento, Ulm era una de las ciudades comerciales más importantes del Sacro Imperio Romano Germánico, y la construcción de una iglesia de semejante escala también funcionaba como una demostración visible de riqueza y relevancia en Europa medieval. El diseño inicial estuvo a cargo del arquitecto Heinrich Parler, aunque el edificio atravesaría generaciones enteras de constructores antes de completarse oficialmente en 1890.
Desde la calle, la aguja parece no terminar nunca. Mientras más cerca se está del edificio, más difícil resulta entender cómo una construcción iniciada siglos antes de la ingeniería moderna alcanzó una altura de más de 160 metros.
Durante más de cien años, esta iglesia alemana mantuvo el récord de la más alta del mundo. Pero lo que en realidad impacta no es solo el dato, sino la sensación física que produce verla en persona. La torre es tan estrecha y vertical que, durante los días grises de invierno, desde ciertos ángulos parece perderse entre las nubes.
El interior mantiene la misma lógica visual. Las columnas estrechas, las bóvedas altísimas y las ventanas góticas gigantes hacen que la mirada se desplace constantemente hacia arriba, como si todo el edificio hubiera sido concebido en torno a una sola idea: la altura.
Más que una demostración de arquitectura religiosa, Ulm Minster termina por convertirse como el reflejo de una época en la que las ciudades intentaban convertir piedra y altura en símbolos visibles de poder y permanencia.

Basílica de Nuestra Señora de la Paz — Yamoussoukro, Costa de Marfil
Ver la Basílica de Nuestra Señora de la Paz por primera vez resulta desconcertante. En medio de Yamoussoukro, una capital mucho más pequeña y tranquila que otras grandes ciudades africanas, aparece de repente una estructura gigantesca cuya escala parece romper por completo con el entorno que la rodea.
La basílica fue construida a finales de los años ochenta por iniciativa del entonces presidente Félix Houphouët-Boigny, líder histórico de Costa de Marfil, quien buscaba convertir Yamoussoukro, su ciudad natal, en una nueva capital política y simbólica del país. El proyecto rápidamente llamó la atención internacional no solo por sus dimensiones, sino también por el enorme costo de construcción y por la decisión de levantar una de las iglesias más grandes del mundo en una nación que aún enfrentaba importantes desafíos económicos y sociales.
Visualmente, el edificio recuerda de inmediato a la Basílica de San Pedro del Vaticano, aunque llevado a una monumentalidad aún más exagerada. Las amplias avenidas, la enorme cúpula central, las columnas gigantescas y los vitrales monumentales hacen que el espacio parezca casi cinematográfico cuando la luz atraviesa el interior.
La diferencia con muchas de las grandes catedrales europeas históricas es que aquí la monumentalidad no fue el resultado de siglos de expansión ni de distintas etapas arquitectónicas acumuladas con el tiempo. Desde el inicio, el proyecto fue concebido para impresionar y convertir el edificio en un símbolo visible del poder político y de la ambición nacional de aquella etapa de la Costa de Marfil.
Incluso hoy, la basílica sigue generando debate por todo lo que representa. Para algunos, es una demostración extraordinaria de ambición arquitectónica africana; para otros, sigue siendo el reflejo de una época en la que el poder político utilizaba construcciones monumentales para proyectar su influencia y su legado histórico.

Catedral de Colonia — Colonia, Alemania
Durante siglos, la Catedral de Colonia sirvió como una demostración visible del poder económico y religioso que llegó a concentrarse en la ciudad alemana del río Rin. La construcción comenzó en 1248, en un momento en el que Colonia era uno de los centros comerciales más importantes de Europa medieval y buscaba consolidar su relevancia en el mundo cristiano.
La escala de la catedral deja bastante claro lo que la ciudad intentaba proyectar en ese momento. Las dos agujas góticas fueron concebidas para dominar por completo el horizonte urbano y, todavía hoy, siguen produciendo esa sensación. Incluso rodeada de estaciones de tren, puentes e infraestructura moderna, la catedral sigue pareciéndole desproporcionadamente grande frente al resto de la ciudad.
El proyecto, sin embargo, atravesó siglos enteros de interrupciones. Las obras quedaron detenidas durante largos periodos y no fue hasta el siglo XIX, en medio del resurgimiento europeo de la arquitectura medieval y de la identidad cultural alemana, cuando la construcción retomó con seriedad su curso y se completó en 1880.
Siglos distintos de construcción quedaron visibles en la propia fachada de la catedral. Mientras más cerca se está, más difícil resulta procesar la cantidad de detalles que abarcan prácticamente toda la estructura. Esculturas, relieves, figuras religiosas, vitrales y elementos góticos se acumulan en una composición tan compleja que la mirada nunca termina de quedarse quieta en un solo punto.
Dentro de la catedral, las bóvedas altísimas, las columnas estrechas y la luz que atraviesa los vitrales hacen que el espacio parezca mucho más grande de lo que se percibe desde afuera. Incluso llena de visitantes, la estructura sigue transmitiendo una sensación de inmensidad difícil de ignorar.
Lo impresionante es pensar que toda esa estructura fue levantada en una época en la que la arquitectura dependía por completo del trabajo artesanal. Y aun así, la catedral consiguió algo que todavía pocas construcciones logran: imponer su presencia sobre toda la ciudad, incluso después de más de siete siglos.

Catedral de Rouen — Rouen, Francia
Rouen no domina el horizonte con tanta agresividad como Colonia ni produce el impacto visual casi irreal de la Sagrada Família. Su presencia funciona de otra manera. Aquí, gran parte de lo que vuelve memorable el edificio se revela cuando cambia la luz.
La construcción comenzó en la Edad Media, cuando Rouen era una de las ciudades más importantes de Normandía gracias al comercio fluvial y a su cercanía al Sena. Durante siglos, la ciudad acumuló riqueza, influencia política y actividad religiosa, y el edificio terminó creciendo al mismo ritmo que su importancia económica.
Incendios, guerras y reconstrucciones fueron modificando partes importantes de la estructura a lo largo de los siglos. Por eso, mezcla arquitectura gótica medieval con intervenciones posteriores, incluida la aguja metálica que terminaría por cambiar por completo la silueta de la iglesia a finales del siglo XIX.
Claude Monet quedó tan impactado por la manera en que la luz transformaba la fachada que pasó años pintándola repetidamente a lo largo del día. Hay horas en las que la piedra se percibe gris y pesada; en otras, la luz hace que toda la estructura parezca mucho más cálida y ligera.
La aguja metálica convirtió brevemente a Rouen en el edificio más alto del mundo en un momento en que Europa empezaba a transformarse rápidamente por la industrialización. Las grandes ciudades comenzaban a llenarse de estaciones ferroviarias, fábricas, puentes metálicos y nuevas técnicas de construcción que terminarían por cambiar por completo la relación entre la arquitectura y el poder económico.
Hasta entonces, las catedrales habían sido una de las principales formas de proyectar riqueza, influencia y permanencia en el paisaje urbano. Pero a finales del siglo XIX, ese protagonismo empezaba a desplazarse hacia otro tipo de estructuras: edificios comerciales, infraestructura industrial y, pocos años después, los primeros rascacielos modernos.
Durante siglos, la grandeza de muchas ciudades europeas no se medía por sus distritos financieros ni por la altura de sus edificios corporativos. Se medía por la capacidad de construir iglesias capaces de dominar el horizonte y permanecer ahí durante generaciones enteras.

Estas iglesias terminaron por convertirse en mucho más que estructuras religiosas o hitos turísticos. Cada una refleja el momento histórico, la ambición política, la capacidad económica y la visión arquitectónica de las ciudades que las levantaron.
Incluso hoy, rodeadas de skylines modernos, estaciones ferroviarias, autopistas y torres corporativas, siguen siendo una presencia difícil de ignorar. Tal vez porque fueron construidas en una época en la que la arquitectura aún buscaba transmitir permanencia. No para acompañar el ritmo acelerado de una ciudad, sino para imponerse a él y permanecer ahí durante generaciones enteras.
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