En esta entrevista, se analiza cómo la democratización de la vivienda en República Dominicana impacta directamente la calidad de vida de las personas y el desarrollo social del país. Desde la experiencia de décadas en el sector construcción, el enfoque se centra en la vivienda no solo como un activo económico, sino como un elemento esencial para la estabilidad familiar y la cohesión social.
“Lo importante no es solamente el dinero que uno se gana. Es lo felices que se sienten esas personas al tener un techo propio”, afirma, subrayando que la vivienda no es un privilegio, sino una necesidad básica. Tener un hogar, explica, une a la familia y da sentido de pertenencia, incluso cuando implica grandes sacrificios económicos.
La vivienda como prioridad social
Para las familias de escasos recursos, el pago de una vivienda suele estar por encima de cualquier otro gasto. “El pobre no deja de pagar su vivienda, deja de comer y paga su vivienda”, señala. Por eso, el acceso a tasas de financiamiento adecuadas resulta determinante: una cuota elevada puede poner en riesgo la estabilidad de toda la familia y terminar en la pérdida del inmueble.
En este contexto, el rol de los promotores inmobiliarios es clave. Existen proyectos bien concebidos que contribuyen a reducir, aunque sea parcialmente, el déficit habitacional, un problema estructural que sigue siendo muy grande en el país.
Uno de los factores que agrava la presión sobre las ciudades es el éxodo del campo hacia los centros urbanos. Este desplazamiento, explica, genera asentamientos informales y sobrecarga infraestructuras que no fueron diseñadas para ese nivel de densidad.
La propuesta pasa por desarrollar pequeñas ciudades en zonas rurales, dotadas de escuelas, acueductos, calles, seguridad y espacios de recreación. “No se trata solo de trabajar, sino de vivir bien”, enfatiza, destacando que la calidad de vida debe extenderse más allá de las grandes urbes.
Crecimiento vertical y límites de la ciudad
La experiencia en sectores tradicionales como Naco ilustra los retos de un crecimiento urbano poco planificado. Calles estrechas y servicios limitados conviven hoy con torres de alta densidad que sustituyeron antiguas viviendas unifamiliares. “Eso no estaba diseñado para tener diez torres lado a lado”, advierte.
Aunque reconoce la dificultad de frenar este proceso, insiste en que el desarrollo futuro debe orientarse hacia las afueras de la ciudad, con infraestructura adecuada desde el inicio: avenidas amplias, acueductos, plantas de tratamiento, seguridad y planificación a largo plazo.
Pensar la vivienda a largo plazo
Proyectos desarrollados hace décadas demuestran que la vivienda necesita mantenimiento continuo, al igual que cualquier activo. Pero más allá de la infraestructura, hay un valor intangible: la memoria, el trabajo colectivo y la continuidad generacional.
“No soy Superman. Todo lo que he hecho ha sido con un equipo humano”, afirma, destacando la participación de hijos y nietos, ya en la tercera generación, como parte de un legado que combina experiencia, vocación y compromiso.
La reflexión final es clara: amar el trabajo y entender la vivienda como un bien social es clave para construir ciudades más humanas, inclusivas y sostenibles en República Dominicana.
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