Gianni Infantino: el arquitecto de un fútbol globalizado - Revista Mercado
Publicado junio 8, 2026

Gianni Infantino: el arquitecto de un fútbol globalizado
Cuando Gianni Infantino asumió la presidencia de la FIFA en febrero de 2016, el fútbol mundial estaba sumido en una tormenta de credibilidad. Los escándalos de corrupción que habían derrumbado la era de Joseph Blatter habían dejado a la institución al borde del colapso. Infantino, un abogado ítalo-suizo que hasta entonces se desempeñaba como secretario general de la UEFA, emergió como un candidato de consenso, alguien capaz de ofrecer reformas, transparencia y un nuevo rumbo. Diez años después, su figura se ha convertido en sinónimo de expansión, espectáculo y controversia. Su gestión ha marcado el rumbo del fútbol mundial, conjugando intereses deportivos, económicos y políticos, y culmina con la celebración del Mundial más grande de la historia en Estados Unidos, México y Canadá en 2026.

Infantino se presentó desde el inicio como un dirigente pragmático, con un discurso que apelaba a la unidad: “hemos devuelto el fútbol a la FIFA y la FIFA al fútbol”. Esa frase, repetida en múltiples foros, resume su estrategia de legitimación. Pero detrás de la retórica se esconde un estilo que combina al tecnócrata obsesionado con la gobernanza y el showman que entiende el fútbol como espectáculo global. En Davos, por ejemplo, lanzó el balón oficial del Mundial a los asistentes y bromeó con que 104 partidos en un mes serían “104 Super Bowls”. Ese lenguaje, a medio camino entre el deporte y los negocios, refleja su capacidad para vender el fútbol como producto universal.

La noción expansiva del fútbol es el eje de su mandato
Bajo su liderazgo, la FIFA multiplicó por siete la financiación directa a las federaciones miembro a través del Programa Forward, con más de 5.000 millones de dólares invertidos en proyectos de desarrollo. Se crearon programas específicos para el talento juvenil, el liderazgo femenino y la profesionalización administrativa. Infantino entendió que para consolidar su poder debía democratizar el acceso a los recursos, y así lo hizo: las 211 federaciones miembro recibieron fondos inéditos, con libertad para decidir cómo invertirlos en sus territorios. Esa política le garantizó apoyos en votaciones clave y cimentó su imagen de presidente que “devuelve” el fútbol a sus bases.

El Mundial como espectáculo corporativo
En el terreno deportivo, su decisión más trascendental fue la ampliación de la Copa del Mundo a 48 selecciones. Con ello, abrió la puerta a países que nunca habían soñado con disputar el torneo, como Uzbekistán, Cabo Verde o Curazao. La medida fue criticada por sindicatos de jugadores, que denunciaron la sobrecarga de partidos, pero para Infantino era la manera de democratizar el sueño mundialista.

El Mundial de 2026, con 104 partidos en un mes, es la culminación de esa visión. El Mundial 2026 será el primero organizado por tres países —Estados Unidos, México y Canadá— y también el más grande de la historia. La FIFA adoptó este modelo para repartir costos, aprovechar infraestructura ya existente y potenciar el alcance comercial y geopolítico del torneo en toda Norteamérica. La decisión responde además a la visión expansiva de Gianni Infantino: convertir la Copa del Mundo en un megaevento continental, capaz de integrar mercados, audiencias y economías bajo una misma plataforma global de entretenimiento y negocios.

La demanda récord de 500 millones de solicitudes de entradas en apenas cuatro semanas, frente a los 7 millones disponibles, demuestra el apetito global por el espectáculo. Infantino lo presenta como “una gran celebración de humanidad”, capaz de unir a un mundo dividido.

El fútbol femenino también fue protagonista de su agenda
Bajo su mandato, el Mundial femenino pasó de 24 a 32 equipos en 2023 y se ampliará a 48 en 2031. Se han puesto en marcha más de 1.700 proyectos de desarrollo en 204 federaciones miembro, y se han creado nuevas competiciones como la Copa Mundial Sub-15, concebida como un festival abierto a todas las federaciones. Infatino entendió que el crecimiento del fútbol femenino no solo respondía a una demanda social, sino que tmabién era un mercado emergente con potencial de audicencias y patrocinadores.

Tecnología, transparencia y espectáculo
La introducción del VAR en 2018 simbolizó su apuesta por la tecnología como herramienta de imparcialidad. Hoy está presente en más de 80 federaciones, y la FIFA ha desarrollado versiones simplificadas para democratizar su uso. Al mismo tiempo, la organización adoptó una postura global contra el racismo y reforzó la transparencia financiera con auditorías y estándares internacionales. Infantino se presenta como el arquitecto de una FIFA moderna, fuerte y confiable, “el aglutinante que mantiene unido al ecosistema del fútbol”.

La alianza con Trump: política y negocio
Uno de los aspectos más controvertidos de su mandato ha sido su estrecha relación con Donald Trump. Desde el primer encuentro en la Casa Blanca en 2018, cuando Infantino regaló un balón y una camiseta personalizada, hasta la entrega del Premio de la Paz de la FIFA en 2026, la alianza ha sido evidente. Infantino acompañó a Trump en actos oficiales, defendió sus políticas en foros internacionales y permitió que Ivanka Trump participara en proyectos educativos de la FIFA. Incluso la sede de la organización alquiló oficinas en la Torre Trump.

Esta cercanía generó críticas por violar los estatutos de neutralidad política de la FIFA. Organizaciones como Human Rights Watch cuestionaron la transparencia del Premio de la Paz, y analistas advirtieron que el Mundial 2026 podría ser el más politizado de la historia. Para Infantino, sin embargo, la relación con Trump fue estratégica: garantizó apoyo político y logístico para el Mundial en Estados Unidos, y permitió que el fútbol penetrara en territorios dominados por la NFL, la NBA y el béisbol.

El Mundial 2026: cifras que marean
El impacto económico del Mundial 2026 es monumental. Infantino anunció que el torneo aportaría 8.000 millones de dólares a la economía estadounidense y generaría 824.000 empleos a tiempo completo. Las cifras de retransmisión también son récord: los derechos televisivos superan los 15.000 millones de dólares, con audiencias estimadas en más de 5.000 millones de espectadores acumulados a lo largo del torneo. Para Infantino, el balón es “mágico”, un instrumento capaz de hacer olvidar los problemas y generar felicidad. Ese discurso, que mezcla emoción deportiva con cifras corporativas, es su sello personal.

El Mundial de Clubes 2025 en Estados Unidos fue otro hito de su mandato. Con 2,5 millones de asistentes y una media de casi 40.000 espectadores por partido, el torneo demostró que el fútbol podía competir con otros espectáculos globales. La creación de nuevas competiciones —Copa Intercontinental, Copa de Campeones Femenina— refleja su visión de un fútbol omnipresente, capaz de generar ingresos y audiencias en cualquier rincón del planeta. Infantino convirtió a la FIFA en una máquina de producir eventos, con un calendario cada vez más cargado, lo que generó críticas por la sobreexplotación de jugadores.

Patrocinadores, derechos y plataformas digitales
El Mundial 2026 no solo será un espectáculo deportivo, sino también un coloso corporativo. Los principales patrocinadores globales de la FIFA —Coca-Cola, Adidas, Visa, Hyundai, Qatar Airways y Wanda Group— han renovado contratos que superan los 2.000 millones de dólares en conjunto. A ellos se suman nuevos actores tecnológicos como Amazon, Apple y Google, que buscan posicionarse en el mercado de retransmisión digital.

Los derechos televisivos y de streaming alcanzan cifras históricas: más de 15.000 millones de dólares en contratos, con acuerdos que incluyen la transmisión en plataformas digitales como YouTube, Amazon Prime y Apple TV. La FIFA estima que más de 5.000 millones de espectadores seguirán el torneo en algún momento, con un promedio de 350 millones por partido en las fases decisivas. El impacto en redes sociales será igualmente masivo: se esperan más de 50.000 millones de interacciones en plataformas como TikTok, Instagram y X, consolidando al Mundial como el evento más seguido de la historia.

El merchandising también juega un papel clave. Se calcula que la venta de camisetas, balones oficiales y productos licenciados generará más de 3.000 millones de dólares, con Adidas y Nike disputando el liderazgo en un mercado que se expande a través de canales digitales y tiendas físicas en los tres países anfitriones.

Infantino ha logrado que el fútbol se sitúe en el mismo nivel que la industria del cine, la música y los videojuegos. El Mundial 2026 será un festival de entretenimiento total, con conciertos, espectáculos de medio tiempo y experiencias digitales inmersivas. Se espera que más de 1.000 millones de personas participen en contenidos interactivos de realidad aumentada y realidad virtual, impulsados por acuerdos con Meta y Microsoft.

La publicidad también alcanza cifras récord: las marcas invertirán más de 10.000 millones de dólares en campañas vinculadas al Mundial, desde spots televisivos hasta activaciones digitales en redes sociales. El fútbol se convierte así en el escaparate más codiciado para las grandes corporaciones, superando incluso a los Juegos Olímpicos en volumen de inversión.

Luces y sombras de un legado
Gianni Infantino entendió muy temprano que el fútbol nunca fue solamente un juego. Hijo de inmigrantes italianos en la pequeña ciudad suiza de Brig, creció entre idiomas, fronteras y culturas distintas, en una Europa donde el deporte ya comenzaba a convertirse en un lenguaje universal y en una poderosa herramienta de identidad colectiva.

Estudió Derecho en la Universidad de Friburgo, pero su verdadera especialización terminaría siendo otra: comprender cómo el fútbol podía transformarse en poder, diplomacia, negocio y narrativa global al mismo tiempo. Su capacidad para moverse entre distintos mundos —el político, el financiero, el deportivo y el mediático— comenzó a perfilar desde temprano a un dirigente distinto, más cercano al estratega que al simple administrador.

Antes de ocupar el centro del escenario, aprendió el funcionamiento silencioso de las instituciones. En la UEFA encontró el laboratorio perfecto para moldear esa visión. Allí, primero como jurista y luego como secretario general, participó en la reinvención económica del fútbol europeo: impulsó el Fair Play Financiero, fortaleció el músculo comercial de la Champions League y ayudó a convertir las grandes competiciones continentales en productos capaces de competir con cualquier industria global del entretenimiento. Mientras otros dirigentes administraban torneos, Infantino parecía pensar en arquitecturas de poder, entendiendo que el futuro del fútbol no estaría únicamente en el césped, sino también en las audiencias globales, los contratos audiovisuales y la expansión de nuevos mercados.

Cuando llegó a la FIFA en 2016, el organismo atravesaba una crisis moral e institucional que amenazaba con fracturar su legitimidad histórica. Infantino apareció entonces como una figura casi providencial: el tecnócrata capaz de ordenar el caos y, al mismo tiempo, el estratega dispuesto a llevar el fútbol hacia una nueva escala de influencia planetaria. Su gestión expandió el Mundial a 48 selecciones, multiplicó los ingresos comerciales, fortaleció la financiación de federaciones emergentes y convirtió torneos, patrocinios y derechos audiovisuales en una maquinaria económica de dimensiones inéditas. El Mundial de 2026, compartido entre Estados Unidos, México y Canadá, sintetiza mejor que ningún otro proyecto esa visión expansiva: más equipos, más partidos, más mercados, más espectáculo y una industria global funcionando alrededor del balón.

Infantino no administró el fútbol: lo empujó hasta sus últimas consecuencias
Pero toda expansión tiene un precio. Bajo su liderazgo, el fútbol alcanzó niveles de espectáculo y alcance global jamás vistos, aunque también quedó más expuesto a la lógica corporativa, a la presión política y a una agenda donde el negocio muchas veces avanza más rápido que el juego. La cercanía con líderes mundiales, la sobrecarga de partidos y la transformación del calendario en una operación permanente alimentaron críticas hacia una FIFA cada vez más poderosa y omnipresente.

Y, sin embargo, allí reside precisamente la dimensión de su figura. Infantino no administró el fútbol: lo empujó hasta sus últimas consecuencias. Entendió antes que muchos que el balón ya no orbitaba solamente alrededor del deporte, sino de la economía, la geopolítica, la tecnología y la cultura de masas. Con luces y sombras, terminó encarnando al gran gestor total del fútbol contemporáneo: el hombre que convirtió a la FIFA en un actor global.

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